Publicada por: La Razón (La Paz - Bolivia)

Alemania se clasifica a las semifinales con una goleada al equipo de Maradona

Alemania entró como una aplanadora en semifinales del Mundial de Sudáfrica, con autoridad y contundencia ofensiva, al hundir ayer a Argentina con una goleada histórica de 4-0 y mandarla a casa, tras poner al desnudo sus carencias.

Los alemanes protagonizaron una fiesta de goles y el principal actor fue Miroslav Klose, quien marcó dos y ayudó a hacer añicos a la Argentina de Diego Maradona y Lionel Messi.

La historia del Mundial de Alemania 2006 volvió a escribirse en tierra africana, al ser eliminada Argentina por la 'Mannschaft', una máquina aceitada que retrocede en bloque para recuperar el balón y ataca como un tanque.

El primer gol fue de Thomas Müller, en frío, a los tres minutos, fruto de una típica jugada preparada con pelota detenida en un tiro libre en diagonal al arco de Bastian Schweinsteiger, con el balón que se cerró sobre el primer poste para localizar la cabeza de Müller, ante una defensa argentina adormecida.

El segundo tanto cayó de maduro cuando Argentina cesó sus ráfagas de jugadas individuales, a puro coraje y entereza espiritual, y Lucas Podolski le sirvió un centro a Miroslav Klose, en la boca del arco, a los 68.
El tercero, cuando los sudamericanos bajaban los brazos, fue obra de otro desborde por los flancos de Schweinsteiger quien cedió a Arne Friedrich, a los 74.

Otra vez solo frente al arco marcó Klose, a los 89, mientras la albiceleste jugó largos pasajes a ritmo de tango, salvo cuando el balón caía en los pies de Leo Messi que le imprimía vértigo a los avances, pero sin hallar una compañía con quien orquestar una maniobra asociada.

Les costó a los argentinos unos 20 minutos meterse en un partido cuya hegemonía la ejercía Philipp Lahm, con la capacidad de un pulpo para atrapar balones e ir al ataque como aplanadora que no dejaba títere con cabeza. Lukas Podolski se asociaba con Klose con pases rápidos y precisos, mientras que Schweinsteiger, figura del partido para la FIFA, quebraba la trinchera sudamericana por la banda que custodiaban con ingenuidad de principiantes Nicolás Otamendi y Martín Demichelis.

Cada avance germano era una amenaza de gol, como si Argentina fuera un boxeador aturdido y tambaleante tras recibir un golpe tremendo luego de sonar el gong de comienzo del combate.

Pero Argentina volvió a carecer de conductor, de un volante creativo que pudiese darle a Messi la libertad de jugar más adelantado y no tener que bajar 20 ó 30 metros en la cancha. La clave del triunfo de los europeos fue la presión sobre la zona de salida y gestación, donde ganaban todos los mano a mano.

Gonzalo Higuaín libraba una pelea personal, solitaria, contra dos zagueros como Per Mertesacker y Friedrich, un blindaje inoxidable para proteger al arquero Manuel Neuer. El guardameta albiceleste Sergio Romero transmitía inseguridad y Argentina toda era una estructura desbalanceada.

Argentina oscilaba al borde del abismo, entre la fogosidad de Gabriel Heinze y Tévez para pelear cada bola y la tibieza de Ángel Di María para imponer su calidad técnica, aunque sus tiros de media distancia llevaban pólvora pero sin puntería.

No había ni sombra de genio o inspiración en Argentina frente a un equipo compacto que defendía en bloque y atacaba en forma frontal y rudimentaria. Los argentinos empujaban a puro corazón de Tévez, a pura velocidad indescifrable de Messi, pero sin encontrar un hueco en la muralla teutona.

Este equipo mostró voluntad de campeón. Un resultado así era inimaginable antes del partido. Lo amordazamos (a Messi) perfectamente.
Joachim Low, DT de Alemania

A mis 50 años esto es lo más duro que me tocó vivir. Estar al frente de tantos buenos jugadores, (perder) es una trompada de Mohamed Alí.
Diego Maradona, DT de Argentina

Los alemanes celebran la goleada

De norte a sur
Desde el norte del país, en las islas del mar, a la región de Baviera, toda Alemania festejó la victoria sobre Argentina. Un enorme clamor, gritos, tambores, bocinas y vuvuzelas se escuchaban en todo el país.

Un DT incrédulo
"Nunca hubiera creído que pudiéramos derrotar 4-0 a uno de los favoritos. Este equipo tiene hambre en cada partido en cómo trabaja, ¡es fascinante!", dijo Phillip Lahm.

Que sea España

"Espero que nuestro adversario sea España en semifinales. Soy honesto, quiero enfrentar al más fuerte, España", dijo el centrocampista del Bayern, Bastian Schweinsteiger.

Messi se fue con llanto y sin anotar un solo gol

Maradona había previsto que el del 2010 fuera un Mundial como el de 1986. Y en el papel de Maradona había puesto a Lionel Messi, el hombre determinante, el que debía aupar a Argentina a su tercera Copa, el que debía desatascar el juego albiceleste cuando las cosas se complicaran.

Pero el de Rosario no apareció el día más importante, cuando su equipo escalaba la montaña más difícil, cuando hacía su presencia. Messi dejó huérfana a Argentina y Alemania le humilló.

Sus lágrimas en el césped al término del partido, siendo consolado por el propio Maradona, mostraban la decepción que sentía en su corazón, en el Mundial en el que debía eclosionar como jugador planetario.

El barcelonista deja el Mundial sin anotar. Lo intentó todo en los cuatro primeros partidos, regaló tantos a sus compañeros, abrió defensas adversas, el más brillante. Pero no marcó.

En el quinto fue menos determinante. Estuvo perdido, gozó de menos espacios, vigilado por un dispositivo táctico.
Ante Alemania apenas apareció. Algún que otro fogonazo, descosido, pero sin peligro, sin el calor de otros días que, cuando se ataba la pelota al pie, rugían los estadios y se sentía el olor a gol.

Julio Peñaloza Bretel
La máquina germana

Los goles tempraneros impactan a los más guapos. El cabezazo de Müller que abrió el marcador fue determinante para que el juego que Argentina había planeado se modificara radicalmente para terminar vulnerado por fisuras no cerradas que recuerdan al histórico 1- 6 con que se fue apaleada de La Paz.

Y en un día de inspiración, Alemania, a la altura de los desafíos gigantescos, jugó su mejor partido frente a un rival que en los papeles era temible por su potencia ofensiva. Schwensteiger dirigió y Müller-Ozil horadaron a una Argentina despojada sistemáticamente de la posesión de la pelota, y sin ella, con la descoordinación permanente entre líneas, la muy floja actuación de Otamendi por la banda derecha, y solamente con Di María como brújula  -digamos de paso, fue el que más veces intentó de media distancia- el equipo de Diego fue superado en todos los órdenes, con el lapso inicial de la segunda etapa para intentar el empate, pero sin quien la pisara y la repartiera (¿habría sido distinto con Verón?) y sin la explosión, la astucia para sorprender y la velocidad  que facilitara ganarles las espaldas a los alemanes. Ayer era imposible porque la máquina de jugar que aceiteó Low, combinando la veteranía (Klose) con la sangre nueva (otra vez Müller, Ozil) fue aplastante.

En la ocupación de todos los espacios estratégicos ganaron los alemanes. En el oficio para saber qué y cómo hacer con la tenencia del balón ganaron los alemanes. En la anticipación para romper cualquier posibilidad de articulación entre la línea de fondo y el medio argentino ganaron los alemanes, lo mismo que para meterles el pressing necesario a un Higuaín solitario, un Tévez dos tiempos adelantado en casi todas sus intervenciones y Messi que ayer insinuó otra vez que cuando hay que remontar, se invisibiliza y desnuda el pecho frío.

Alemania aplicó todos los conceptos del buen fútbol, y aquí en Buenos Aires, con 10 millones de especialistas en la materia, se reconoce más allá del fanatismo, que la exhibición alemana fue una cátedra en lo técnico, en lo táctico, en lo físico, pero para comenzar en la fortaleza emocional, en la claridad mental para saltar al campo.

Argentina no tuvo el equilibrio de líneas con el que se manejó Brasil e insinuaba ser imbatible. Dunga armó su propuesta de atrás para adelante, Maradona y su gente se jugaron a la opción contraria. Y esa fragilidad atenuada por la liviandad de los rivales anteriores, fue notablemente exhibida ayer cuando entre Demichelis y Otamendi el desencuentro fue permanente, y Mascherano necesitaba otro complemento para hacer bisagra en la salida argentina. Diego, como siempre, sabedor como pocos de los códigos de vestuario, fue a abrazar a sus derrotados jugadores. Murió con las botas puestas fiel a un ideario, a una forma de entender la vida. 

Julio Peñaloza Bretel
es periodista.

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