Marcelo Varnoux Garay *

La candidatura de Evo Morales ni siquiera tiene necesidad de presentar un programa. Es tal la identificación de un grueso sector de la población con el cocalero...

Tal y como están las cosas, el escenario político nacional de cara a las elecciones de diciembre de 2009 está escindido entre un sólido bloque oficialista que se aglutina en torno a Evo Morales y un bloque opositor "gelatinoso" en el que nada está claro por el momento.

Ahora bien, Evo Morales es el MAS y el "instrumento político" sobrevive gracias al caudillo; por lo tanto, el acompañante de fórmula no tiene ninguna relevancia. Pudo haber sido la "Chilindrina" o Álvaro García y el resultado sería el mismo. Las bases más duras y leales votarán por Evo. El discurso del "cambio", la "revolución democrática cultural" es sólo eso: discurso intrascendente para justificar el desmantelamiento de la República y la construcción del Estado plurinacional. Naturalmente, el tránsito de una situación a otra será muy difícil -cuando no imposible-, ya que dadas las incoherencias que presenta la Constitución Política vigente, incluso la nueva institucionalidad puede naufragar en el "faccionalismo" de las autonomías indígenas y una serie de contradicciones insalvables que cursan en el texto constitucional.

El gran problema es que Evo Morales, a pesar del abrumador respaldo que tiene en el área rural y el occidente del país, es un candidato que "divide". Si triunfa en diciembre, nada hace suponer que modificará su actitud, porque siempre existirán "enemigos", internos o externos, a los que se debe perseguir o aplastar, una y otra vez si esto fuera necesario tal y como rabiosamente enfatizó el Vicepresidente el 6 de agosto pasado.

La oposición, en cambio, no puede todavía unir fuerzas y pasa el tiempo contemplándose el ombligo. Todos saben que participando por separado no podrán contra la maquinaria electoral del MAS, pero insisten en mantener posiciones individualistas en la ingenua idea de que el resto se sumará finalmente a su propuesta electoral.

Pero esto no termina ahí. Las candidaturas de oposición deben presentar planes y programas de gobierno atractivos, cuando menos para un sector de la población boliviana, que prometan resolver el problema del desempleo, la pobreza y la carencia de ideas en la gestión pública. Por supuesto, siempre queda el argumento sencillo pero bastante efectivo de plantear la lucha entre la democracia, encarnada en las propuestas alternativas al oficialismo, y el autoritarismo, que expresa Evo Morales. "Democracia vs. autoritarismo" podría ser la idea fuerza que predomine en la campaña y argumentos no le faltarían para demostrar que estos cuatro años de gobierno masista han representado uno de los retrocesos más brutales, en todos los ámbitos de la institucionalidad democrática, que el país ha experimentado desde 1982.

La candidatura de Evo Morales ni siquiera tiene necesidad de presentar un programa. Es tal la identificación de un grueso sector de la población con el dirigente cocalero que de todas formas le apoyarán; así como refrendaron sin leer, y menos entender, el grosero documento que ahora es la Constitución Política vigente. Por supuesto, se destacarán los pretendidos logros de su gestión y los enormes beneficios que supondrá para el país la reelección del Presidente.

El panorama es sombrío; no existe lugar para el optimismo, especialmente si de verdad se cree en los principios y valores de la democracia. Probablemente, al pueblo boliviano le faltaba experimentar una etapa, como la actual, de alta polarización social, política, regional y étnica, para valorar lo que está perdiendo en el denominado proceso de "cambio".

* Politólogo y catedrático

marcevxg@yahoo.es