(Si nos extraviamos en la historia  - buscando enemigos - acabaremos perdiendo la perspectiva de un futuro mejor)

 Por Eduardo Campos V. (*)

 Este año (el 2009), se han iniciado una serie de recordaciones de sucesos históricos acaecidos en nuestro continente hace 200 años atrás. Los bicentenarios que recuerdan las luchas independentistas de América, además de las celebraciones que generan, también han provocado debates en torno, no sólo a la primigenitud  de los hechos, sino a la pertinencia de celebrarlos.

 Algunos muy comprometidos con la "descolonización", como es el caso del cura Albo, señalan que no hay mucho que celebrar y que en todo caso, se estaría festejando "el primer grito libertario de una sector minoritario de criollos y mestizos, descendientes de los antiguos conquistadores que se revelaron contra sus parientes españoles". Es más, Xavier Albo, sospecha que muchos equiparan el bicentenario con el quinto centenario de la llegada de sus tatarabuelos y confunden el 25 de mayo y el 16 de julio, con el 12 de octubre que sus antepasados bautizaron como el día de la raza (de su raza). Como verán, desde esa perspectiva, es muy poco lo que se puede encontrar en la historia, que no sea rencor y odio.

 Otros debates sobre los sucesos independentistas, centran su atención en identificar al primer grito libertario, reivindicando para sus regiones y héroes la primacía de los sucesos. En ese sentido, por ejemplo, varios historiadores paceños pretenden demostrar que el primer grito se produjo el 16 de julio de 1809 en La Paz y no el 25  de mayo, del mismo año en Sucre; algo por demás inverosímil, sobre todo asumiendo que en el calendario mayo está antes de julio.

 A esta discusión, se suman también otras investigaciones históricas que se esfuerzan en probar que el primer grito libertario de América se produjo muchos años antes de 1809. Así se señala el alzamiento de Alejo Calatayud en Cochabamba en 1730; el "Manifiesto de Agravios" de Juan Vélez de Córdoba en 1739, en Oruro; los sucesos encabezados entre 1742 - 1752 por Juan Santos Atahualpa, en Huánuco y Junín; la rebelión de Huarochirí en 1750; la de Farfán de los Godos en el Cuzco; la de Túpac Amaru II en 1780 -81;  la revolución del 10 de febrero de 1781 encabezada por Sebastián Pagador en Oruro. Todos estos alzamientos, con un franco carácter separatistas, un alto sentido de autogobierno e ideas de patria y alianza social.

A los que denostan las celebraciones, habrá que recordarles que la historia del hombre (como especie, como sociedad, como individuo), es el resultado de un sin fin de factores contradictorios, dramáticos y violentos (diríamos de facto) que acaban configurando lo que finalmente somos. Así hemos transitado desde las cavernas, hasta estos días del siglo XXI; así hemos aprendido a convivir entre todos, desde aquellos tiempos en los que - literalmente - nos mordíamos. La historia, como ciencia, como un instrumento de análisis del pasado, es apenas un espejo retrovisor que nos permite mirar atrás, no tanto para buscar a los enemigos, sino para no volver a cometer los mismos errores.

 Estas "visiones descolonizadoras", más interesadas en justificar sus acciones del presente, olvidan que la historia de las sociedades, es una construcción colectiva en la que es muy difícil identificar a los buenos y los malos y en la que los sucesos están relacionados a un sin fin de factores, muchos de ellos, inexplicables. Solo como ejemplo sería bueno que recuerden que fueron los Quillacas (pueblo indígena aymara) quienes facilitaron la conquista de las tierras del sur por Almagro (desde Paria hasta Santiago de Chile) a cambio de un pacto que les permitió mantener algunos privilegios o; el rol que cumplieron los Charcas (pueblo indígena del Norte Potosí) colaborando con los españoles en el enganche de indígenas de la región para las minas del Cerro Rico.

 En cuanto a los historiadores que pretenden reivindicar para sus regiones o héroes, la primacía del primer grito libertario, también sería bueno que tomen con mayor cuidado, las condiciones del contexto en el que se desarrollaron los hechos. Ignorar o subestimar (por ejemplo) el contexto económico comercial de la región a mediados del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, puede provocar lecturas erróneas respecto a los alzamientos y movilizaciones que concluyeron con la liberación de América.

 En aquellos años el imperio inglés buscaba expandirse, abriendo nuevos mercados para su pujante industria, que en términos generales se trataba de la que mayores adelantos había alcanzado a nivel mundial. En ese contexto para Inglaterra, era fundamental controlar el comercio de América y expandirse a China, situación que no era posible por el monopolio comercial que España tenía en la región. Diríamos que los ingleses, tenía buenos motivos para favorecer la independencia de América y - como se sabe - jugaron un rol determinante para que eso suceda. Por otra parte, las reformas político administrativas y económicas llevadas a cabo por la dinastía borbónica en España, sobre todo las de 1776 - 1778 (cancelación definitiva del monopolio comercial) significaron un golpe mortal para la clase económica dominante de las colonias y también para otros estratos sociales subalternos, vinculados principalmente al comercio como eran los mestizos y algunos grupos de indígenas que gozaban de privilegios en el control del trafico de mercancías.

 Al destruirse el circuito comercial que vinculaba la costa peruana (puertos del pacífico), el altiplano boliviano (con sus riquezas) y las pampas argentinas con los puesto sobre el atlántico; el eje económico de acumulación de riquezas (Lima - Potosí - Buenos Aires)  provoco perjuicios no sólo a las elites dominantes (criollos), sino a un sin fin de actores económicos encadenados a esas dinámicas (mestizos e indígenas). La separación del Alto Perú, del virreinato de Lima, para integrarlo al virreinato del Río de La Plata, fue sin duda el acontecimiento socioeconómico y político más importante que se constituyo en el mejor caldo de cultivo para la emergencia de las alianzas entre criollos, mestizos e indígenas, quienes partiendo de reivindicaciones económicas comerciales, acabaron pergeñando las ideas de patria y liberación.

 Indudablemente seria injusto desconocer el papel heroico de tantos hombres como Pedro Domingo Murillo y otros, pero siempre será bueno advertir en las historia, aquellos factores que condicionaron determinantemente para que se produzcan los sucesos. Cuando miramos el pasado - que siempre es bueno hacerlo - debemos intentar tener la mayor objetividad posible; de lo contrario, lo que encontraremos en la retrospectiva, no serán "lecciones", sino  "fantasmas" que muy difícilmente nos acercaran a un futuro mejor.

(*) Director de A. C. Cramer

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