Estafando de julio el gran día

Wilmer Urrelo*
La Paz no me gusta. No me gustan sus calles. No me gusta el sol de invierno. No me gusta el ruido que hacen las bocinas de los camiones repartidores de gas mientras escribo por las mañanas. No me gusta su alcalde, el cual a estas alturas ya debería ser llamado alcaide. No me gusta La Paz porque sus habitantes quieren parecerse a los argentinos. No me gusta La Paz por el Bolívar y el Strongest y el fútbol en general. No me gusta La Paz porque somos hipócritas, los más hipócritas del país junto a los de Chuquisaca (que ya es mucho decir, doña Sabina, usted lo sabe mejor que yo).
No me gusta La Paz por eso del bicentenario.
¿Por qué fregar la paciencia con eso? ¿No tenemos suficiente ya todos los días con las marchas y con los de Quirquiña gruñendo desde la radio para encima tener que renegar con eso más? No, no soy un buen paceño y no me importa. Prefiero decir lo que pienso antes que ilusionarme con una bobada de ese tamaño. Doscientos años no son nada. Los dinosaurios vivieron más y nadie les hace un homenaje. ¿Libertad? ¿Protomártires? ¿Héroes de nuestra revolución? ¿Grito libertario? Por mí que ahorquen de nuevo a Pedro Domingo Murillo. Díganme dónde venden las entradas, que quiero una VIP. Aunque lo más seguro es que alguien las revenda y que los promotores aparezcan en Unitel y regalen camisetas o pidan que los fanáticos de El Patillas (entiéndase: Murillo) vayan a los estudios disfrazados de él. ¿Historia? La historia es larga y contradictoria. Quién dice y dentro de doscientos años celebremos El Día En Que El Evo Dijo Algo Inteligente. Es absurdo y una pérdida enorme de plata (y lo que es peor: de nuestra plata) hacer tanto alboroto por el bicentenario. Tanto lío. ¿No era mejor hacer otra cosa? ¿O dejarlo pasar de largo y listo? Y cada quien a lo suyo. Pero no. A alguien se le ocurrió la idea. «Doscientos años celebraremos, hermanito». Y seguro que la mayor parte de la población no sabe muy bien de qué va la vaina. Eso es típico de la gente de acá: no saben nada y cuando saben se hacen a los giles. Eso sí, esto del bicentenario es una gran plataforma política para los que sabemos. Sin Miedo al bicentenario, ¿no ve? Y nos inundarán de obras, como si no fuese su obligación hacerlas. Nos darán tantas cosas que tendremos que decir «gracias joven». Y encima sonreír y quien diga «pero es su trabajo, ¿no los elegimos para eso?», ese pobre cuate podría hacerle compañía a Murillo. Murillo: encima un feo apellido que sólo rima con frenillo. ¿Murillo con frenillo? Mejor vamos por otro lado. Ahí está julio a la vuelta de la esquina. No, no digo Julio Mantilla, de ese compadre mejor ni hablamos. Digo de julio el gran día. Ya me imagino: las teas, los empleados públicos y el sucumbé en la plaza Villarroel. La falsa paceñidad. ¡Viva La Paz y nada más! Y al día siguiente vamos a seguir bloqueando y escupiendo en las aceras, pero eso sí: en Buenas noticias para La Paz todo será bonito. Jardines. Alcalde sonriente (¿frenillo para don Juan?). Un don Pedro, que antes me caía tan bien, también sonriente bajo la espesa barba. Las cebras de frac. Los frutillitas en sus motos para meter miedo a las caseras. Banderitas bicolores. Chalecos amarillo patito. Todo eso será el bicentenario: una gestión edilicia. Nada más. Porque el 201 (no la habitación, sino el próximo año) todo será igual. Murillo volverá a su tumba y lo recordaremos y eso que hizo menos que Michael Jackson (lo cual habla muy mal de cómo creamos los paceños a nuestras leyendas). Ya lo dije: soy un mal paceño y un mal boliviano y no me importa. Prefiero eso a la hipocresía. O mejor dicho: a la farsa. ¿Qué haré el día D? ¿El día del bicentenario? No sé. Leer, lo más seguro. O ver tele. Hay un libro gordo de Mailer que me espera. Trata de un cadáver que aparece flotando en un lago. ¿Y no hay nada bueno en esta ciudad? Claro que sí. Pocas, aunque hay. Ahí está la feria 16 de Julio, por ejemplo. O esas tucumanas grandotas que venden en esa calle cuyo nombre no
recuerdo. Eso, por ejemplo. Sin embargo, no el bicentenario. Es una fecha más. Un acto para llenar algún informe edilicio. Como el día en que uno se casa y luego lo recuerda con miedo. O los cumpleaños. Pobre don Murillo, de estar vivo ahora seguramente sería periodista o político. Bien merecido se lo tendría.
Eso. El bicentenario es una estafa. Una estafa patriótica y paceña. Y paceña.
*Wilmer Urrelo
es escritor.
http://www.la-razon.com/versiones/20090714_006788/nota_246_844616.htm
Democracia, Equidad y Desarrollo


















