“Seguimos viviendo persecuciones, pero no tengo miedo a morir…”
Publicado por: La Prensa (La Paz - Bolivia)

Jhenieffer Wissemberg, esposa de César López
"No han entrado una sola vez a nuestra casa (...) tenían el poder de violentar nuestras vidas".
Jhenieffer Wissemberg, esposa del ex presidente de la Aduana Nacional César López, perdió un ojo luego de que un grupo de desconocidos irrumpiera en su domicilio y la atacara violentamente. Su marido destapó el caso de los 33 camiones que habrían salido del departamento de Pando con mercadería de contrabando en 2008. El ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, se vio involucrado en el escándalo. La Prensa obtuvo una entrevista exclusiva con la víctima, quien relata lo sucedido en el ataque que sufrió el 9 de agosto del año pasado.
-Usted ha sido víctima de varios atentados. ¿Podemos hablar y recordar esos difíciles momentos?
-En principio debo decirle que me considero una persona fuerte, que durante mi vida he pasado muchos momentos difíciles que he superado por mi convicción de que la vida no nos prueba con situaciones más fuertes que nuestra propia capacidad de superarlas.
Con relación a lo sucedido, vivimos y seguimos viviendo persecuciones, llamadas telefónicas, correos anónimos, autos y personas persiguiéndonos, amenazas y amedrentamientos, los que, sin restarles importancia, nos hicieron más fuertes, unidos y cuidadosos. Creímos que eran sólo amenazas, la forma usual en que los poderosos corruptos utilizan para callar a los que ponen en riesgo sus intereses. Las cosas que se estaban haciendo en la Aduana iban por buen camino, porque de no ser así, ¿quién se habría tomado la molestia de tratar de mantenernos bajo tanta presión?
-¿Después de las amenazas sucedió el incidente del 9 de agosto?
-Las cosas se complicaron cada vez más, y de hecho, mi esposo llegó al punto de denunciar ante el Viceministerio de Lucha Contra la Corrupción supuestos hechos de corrupción que habían detectado en una regional de la Aduana que supuestamente recolectaba fondos para personas influyentes del Ejecutivo. La Aduana, por orden del general César López, abrió en ese entonces un proceso de investigación y le hizo conocer los supuestos hechos al Presidente de la República. La Unidad de Lucha Contra la Corrupción de la misma Aduana empezó un proceso legal ante el fiscal pertinente. El caso fue parado directa e inmediatamente por un ministro de Estado.
Las investigaciones siguieron y se hicieron complejas cada vez más, hasta que la noche del 9 de agosto de 2008, la noche previa al referéndum, bajé a despedir a una amiga que se encontraba en nuestra casa, la vi salir y cerré la puerta. Regresaba a nuestro dormitorio cuando de forma abrupta recibí un golpe seco, fuerte, duro que me hizo rodar al piso y golpear mi cabeza contra una mesa. La persona o personas salieron corriendo hacia la calle mientras yo llamaba a mi esposo pidiendo auxilio.
Mi cara estaba completamente ensangrentada y el dolor era muy fuerte. Instintivamente llevé mis manos a la cara y, en medio de la sangre, mi ojo derecho completo cayó entre mis manos. Fue algo horrible, impresionante, sangraba copiosamente, mientras buscábamos un recipiente para poner el ojo derecho e ir inmediatamente al médico. Aún me duele la angustia de mi esposo tratando de recoger del piso del baño el ojo que en mi desesperación por cambiarme de ropa rápidamente hice caer al suelo. El doctor Monasterios, un brillante oftalmólogo boliviano, nos atendió en principio en su consultorio en (la zona de) San Miguel, pero al ver la gravedad del caso nos pidió que nos trasladáramos a su clínica que se encuentra en Sopocachi. Me operó inmediatamente, y al concluir, me advirtió de que habíamos salvado el ojo, pero no la vista.
-¿Su familia sufrió otro atentado?
-Un segundo atentado se dio la noche del 1 de octubre, eran casi las nueve de la noche y mi esposo seguía con varias personas en su oficina, en la Aduana. Yo sentía mucho dolor y cansancio. Para no interrumpir sus reuniones llamé al capitán Saavedra, seguridad y ayudante de César, y le pedí que, por favor, le informara que estaba bajando a casa en taxi. El guardia me acompañó al taxi, tomó la placa del mismo y me fui. Al llegar, toqué el timbre y esperé que mi hijo, que era la única persona que se encontraba en casa, me abriera la puerta. Mientras esperaba, dos personas se acercaron, uno me puso un cuchillo en el cuello y el otro me hizo más de 30 cortes de navaja entre el muslo y la pierna y el brazo derechos. Uno de esos hombres me advirtió: "Dile al cojudo de tu marido que se calle, que no joda más, que si no, éste será sólo el principio". No pude responder nada, lo único que hice mientras esto pasaba fue rogar a Dios que mi hijo se tardara en abrir la puerta de entrada, que me dañaran a mí como era su intención, pero que a él no le hicieran ningún daño.
Un tercer atentado se dio en el domicilio de mi suegra en la ciudad de Cochabamba, una señora de 90 años de edad que nada tiene que ver con las acciones delictivas que se investigaban.
En la puerta de su casa dejaron, una tarde de la última semana de octubre, una bolsa con cargas de dinamita y sus guías, así como cartuchos de diferentes calibres, que tuvieron que ser recogidos por los bomberos de la Policía Nacional en presencia de algunos medios de comunicación. En el momento de los atentados no sentí miedo, los enfrenté como vinieron, actúe rápido para mi curación y seguí viviendo la vida con la misma intensidad con que la he vivido siempre, con las complicaciones propias de reaprender a hacer las cosas intuyendo los espacios y los objetos, cayéndome y levantándome, pero en fin, siguiendo adelante sin temor.
-Se supo que volvieron a irrumpir nuevamente en su domicilio, ¿es cierto?
-No han entrado una sola vez en nuestro domicilio, algunas fueron más obvias que otras. La vez a la que usted se refiere y que se hizo público a través de los medios de comunicación y con la presencia de las autoridades de la FELCC de la Policía Nacional fue en octubre, una semana después del último atentado. No había nadie en casa y cuando regresamos del trabajo, más o menos a las nueve y media de la noche, encontramos los muebles de una sala de estar frente a nuestro dormitorio completamente destruidos con cortes realizados con navajas, dejando las mismas marcas que hicieron en mi cuerpo. No robaron nada. No era ése el propósito, sólo querían que supiéramos que podrían entrar cuando quisieran, que tenían el poder de violentar nuestra intimidad y nuestras vidas cuando lo quisieran.
Recuerdo que, esa noche, llegó la Policía, tomó huellas y mientras los integrantes de la patrulla hacían el trabajo, el oficial a cargo le pidió a mi esposo hablar en privado. Entraron en nuestro dormitorio donde yo me encontraba, el oficial le dijo a mi esposo: "General... usted tiene problemas con..." (Se pidió mantener en reserva esta parte de la conversación).
-¿Usted dice que los atentados contra su vida y la de su familia tienen relación con las denuncias de su esposo?
-Sí, obviamente. Los hechos no sólo coinciden, sino que están plenamente sincronizados con la dinámica sociopolítica del país. Esta serie de atentados pudo constatar que nuestra relación familiar es muy fuerte y está fundada en amor, en respeto, en lealtad y en una necesidad compartida de vivir la vida para servir -desde nuestras potencialidades y limitaciones- al verdadero proceso de cambio en el que creemos. Por supuesto que somos tal vez más cuidadosos, tomamos más precauciones, pero éstas no han cambiado nuestra forma de ser y la dinámica de nuestra vida. No tengo miedo a morir. Morir es la parte más natural de vivir. Cuando hablo de tener más precauciones me refiero a las que tenemos con nuestros hijos o con nuestra familia, procurando que el peso del odio se limite a nosotros y no a ellos.
http://www.laprensa.com.bo/noticias/17-05-09/17_05_09_segu3.php
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