A sus órdenes, mi Acosador
Publicado por: Los Tiempos (Cochabamba - Bolivia)

"Sí, sabemos de esas cosas", dicen con reticencia. Las dos policías llevan más de tres años de servicio. Hablan de un tema al que se ha puesto desde hace mucho un velo de silencio no sólo en la Policía
Texto | Javier Méndez Vedia
Fotos | Ricardo Montero y Archivo
La Policía ya no quiere hablar en voz baja de acoso sexual. Es necesario, dicen los conocedores, que brinde confianza a la mujer | Se crearán oficinas de Derechos Humanos en cada departamento, para garantizar la igualdad y proteger a mujeres y hombres contra el acoso, la violencia y la discriminación, que van de la mano. En dos años se recogieron 75 denuncias por estos temas. El policía es considerado problemático en su familia
"Sí, sabemos de esas cosas", dicen con reticencia. Las dos policías llevan más de tres años de servicio. Hablan de un tema al que se ha puesto desde hace mucho un velo de silencio no sólo en la Policía; es el acoso sexual y los maltratos psicológicos que suelen existir en muchas instituciones bolivianas, afectadas de un crónico machismo. "A veces empieza como si fuera algo consentido, pero después ellas quieren denunciarlo", comenta una de las policías.
El silencio rompió los diques y llegó como un tsunami hasta el Parlamento. Las primeras señales de que algo empezaba a cambiar llegaron hace tres años, cuando una uniformada denunció a un ex comandante por maltratos físicos. A raíz de este problema se creó la Coordinadora contra la Violencia Física Psicológico-Sexual en la Policía. A finales de ese año ya había 46 denuncias, dice la diputada Elizabeth Salguero, quien preside la comisión de Derechos Humanos de la Cámara Baja. Esta comisión trabaja con la coordinadora policial, lo mismo que la Comisión de Política Social de la Cámara de Diputados.
De esas 46 denuncias, 16 eran agresiones físicas, cinco de discriminación, tres de acoso, tres de violación a los derechos humanos, siete por asistencia familiar, dos por abandono de mujer embarazada y diez de violencia familiar, según detalla a EXTRA la diputada.
Si se suman estas instancias de recepción de casos a la dirección de Derechos Humanos que funciona en la Policía se ve que, aparentemente, hay suficiente respaldo institucional para solucionar estos problemas. Además, en dos años de trabajo, esta coordinadora ha recibido 75 denuncias de acoso sexual, violencia física, psicológica y discriminación racial.
Pero no parece suficiente. Está fresco en la memoria de los uniformados de El Alto el caso de una subteniente que enamoraba con un policía de su mismo grado. Cuando ella fue destinada del centro a la ciudadela, se encontró con un jefe que comenzó a cortejarla, pese a que sabía de su relación con el subteniente. Según las investigaciones que llegaron a la Comisión de Política Social de Diputados, es posible que, ante la insistencia de su superior, la subteniente haya iniciado una relación con el comandante. Al poco tiempo se enteró su enamorado y también la esposa del superior, que la acusó de ser la que inició la relación sentimental. Según hace notar Guillermo Mendoza, diputado que preside la Comisión de Política Social, la joven policía había sentado una denuncia por acoso contra su superior. Poco después fue denunciada por la esposa del jefe y su novio la acusó de infidelidad. No es difícil imaginar el ambiente que se formó en su contra en medio de sus camaradas. Finalmente, ella se suicidó en las instalaciones de la Policía en El Alto.
"Cuando hay superiores involucrados, el caso se torna complejo. Nuestra recomendación es que las afectadas o afectados (porque también hay hombres acosados) se dirijan a las dos instancias, ya sea a Derechos Humanos o a la Dirección de Género", dice el congresista. Nelly tiene 33 años y trabaja en La Paz. Dos veces sufrió el acoso, pero prefirió callarse. "La primera vez fue cuando estaba en la academia, estudiando. Un profesor de laboratorio quiso sobrepasarse conmigo a cambio de mejorarme una nota. Después me enteré de que hizo lo mismo con varias compañeras. En otra ocasión fue un teniente, cuando estábamos haciendo ejercicios. Se me insinuó e incluso llegó a tocarme, y como yo lo rechacé, me tomó ojeriza y me hizo la vida imposible hasta el día que me gradué". El acercamiento de los superiores suele ser sutil, y hasta parece haber ventajas para ‘escalar' en la profesión. "Algunas lo hacen. No charlamos mucho de eso, pero sabemos que se forman algunas parejitas. Qué más les queda que aceptar", comenta Colque, un policía de las inmediaciones del mercado La Ramada, en Santa Cruz. Refuta Nelly: "Ya son 10 años que soy policía, y no es fácil. Desde ya, es una profesión difícil, pero ser mujer es más complicado. Yo no me quejé en ninguna de las ocasiones en las que me sentí abusada, porque no creo que sea algo que pueda resolverse. Eso lo hace una misma. Yo dejo las cosas claras y todos saben que tengo un carácter fuerte y que puedo defenderme".
Pero no todas tienen el carácter de Nelly para solucionar este problema. Según la experiencia de la Casa de la Mujer, el policía es un hombre especialmente problemático con su pareja. Los casos que han recibido indican que el marido suele ampararse en su uniforme, en el apoyo de sus camaradas, en el hecho de que conocen a tal o cual fiscal y, finalmente, en su arma. "Hacen juegos peligrosos con el arma y dicen a sus esposas que ellos son la ley. Cuando les pegan, lo hacen en lugares donde saben que no quedarán moretes, como en la espalda o en la cabeza", comenta la abogada Teresa Torrico. La psicóloga Inés Panozo afirma que en el caso de las policías, una denuncia puede significar dejar la profesión. "Las represalias pueden ser fuertes, por el desprestigio a la institución", acota. Ambas profesionales lamentan que las pocas denuncias que han recibido hace años (no suman cinco en total) quedaran truncas. A veces faltaba sólo una firma, y la acusadora desaparecía. "¿Las intimidan? ¿Arreglan todo con dinero? ¿Qué pasa?", se preguntan. Torrico conoció el caso de un oficial casado con una policía a la que impedía la reunión con sus colegas. "No podía salir a reunirse con sus amigas. No podía salir de su casa. Estaba controlada", comenta. Vuelven a preguntarse: "¿Cómo es posible que los policías, que están llamados a hacer respetar los derechos humanos, no los respeten?".
Curiosamente, un informe del Defensor del Pueblo emitido hace dos años señala a la Policía como una de las instituciones donde los bolivianos sienten la discriminación de sus compatriotas de uniforme. "Hay mujeres que se esfuerzan demasiado por cumplir con su trabajo. Son objeto de burla, de chistes, menosprecio y banalidad. Lo sabemos por las conversaciones que hemos sostenido. Hay un sentido de superioridad en los varones que les impide a ellas ejercer su libertad. Además, tenemos la disciplina vertical y la cadena de mando", comenta la Defensora, Sonia Soto. A esa defensoría han llegado también denuncias que se han diluido y finalmente quedaron en nada.
UN REGLAMENTO AVANZADO
Si bien funciona en La Paz una dirección de Género, en el comando departamental cruceño aún no hay nada parecido. El comandante Johnny Vargas Rivas asegura que la Policía no es una institución machista y que está cambiando. "En cada departamento o unidad hay entre seis y diez policías. Hay jefes, oficiales y clases. Se las reconoce de acuerdo con su capacidad", comenta. A su lado está la mayor Juana Quinteros, que dirige la Brigada de Protección a la Familia. Ella matiza la situación: "Yo, por ejemplo, estoy casada con un civil y mi esposo es comprensivo. Otra cosa es que haya mujeres que estén en otra situación... y que les guste (ser cortejadas). Eso escapa de nuestro control", sostiene.
Vargas insta a utilizar los ‘canales correspondientes' para denunciar este tipo de situaciones. Ante la ausencia de una representación de Género en Santa Cruz, está la Unidad de Responsabilidad Profesional. Hace unos años se llamaba Asuntos Internos, y es como la Policía dentro de la Policía. Se encarga de velar por el buen ejercicio de los uniformados, y su libro sagrado es el Reglamento de faltas disciplinarias y sus sanciones. En ese reglamento se establecen los comportamientos en los que no debe incurrir un uniformado: utilizar su arma sin seguir el procedimiento, beber cuando está vistiendo uniforme, no prestar auxilio aduciendo que no está de servicio y abusar de su autoridad, entre otras contravenciones. El mayor Francisco Vidaurre es el segundo al mando de la Unidad de Responsabilidad Profesional, que cuenta con investigadores a los que se asignan los diferentes casos.
Hojea rápidamente el reglamento y señala el inciso ‘c', en el que se prohíbe mantener relaciones amorosas extramaritales entre el personal de la Policía; también señala el numeral diez, que ningún funcionario policial puede acosar sexualmente a personal civil o uniformado. Es una norma avanzada, porque en el sistema penal boliviano, como hace notar la abogada Sonia Soto, el delito de acoso sexual no está tipificado. Hay un proyecto que está durmiendo desde 2001, por problemas en la definición de este delito.
Mientras tanto, según el diputado Ramiro Mendoza, sólo se pueden utilizar figuras penales que se ‘acomodan' al acoso, como abuso deshonesto o perversión de menores.
El problema con la oficina de Responsabilidad Profesional, según la Defensora del Pueblo, es que en el supuesto caso de que una víctima decida denunciar un acoso, debe aportar las pruebas. En reglamentos de otros países latinoamericanos hay definiciones claras de acoso, y no todas dejan huella. Por ejemplo, en Nicaragua se considera acoso una palabra con connotación sexual o algún contacto físico (tal vez una caricia en la mejilla) que tenga la misma connotación, siempre que sea indeseada por quien la recibe. Por supuesto, esas normas hablan también de palabras escritas y orales que resulten hostiles, humillantes u ofensivas para quien las reciba, o exigencia de una conducta que en forma explícita o implícita es una condición para conseguir ventajas en el trabajo o en los estudios, si el caso se da en un ambiente educativo. Nada de esto se describe en el reglamento de la Policía, pero lo importante es que la figura está presente.
Entre los 300 casos que investiga esta oficina actualmente, no hay ningún caso de acoso sexual.
CAMBIOS QUE VENDRÁN
Desde 1978, cuando egresaron las dos primeras policías, mucho ha cambiado en la institución. "Hace 20 años la mujer no era tan aceptada", comenta la mayor Juana Quinteros. La condición femenina era incluso subvalorada en el reglamento de la institución. Se establecía, recuerda Sonia Soto, como una falta grave el hecho de que la mujer policía quede embarazada sin estar casada. Ese avance en el papel aún debe llegar a la conciencia de quienes usan uniforme. Nelly cuenta que la discriminación se da cuando los colegas consideran que por ser mujer no tiene la misma capacidad para hacer el trabajo. "Creen que somos más débiles, pero el entrenamiento te permite hacer lo mismo que los varones, reducir delincuentes, manejar armas, etc. Sin embargo, a veces hasta los mismos instructores toman más tiempo con los varones", lamenta.
Recuerda que en una ocasión, un compañero le dijo ‘para qué gastar tanto tiempo, igualito te vas a embarazar'. "Todos piensan eso, que una sólo sirve para ser madre. Yo no tengo hijos ni quiero tenerlos, me apasiona mi trabajo, además ningún hombre con el que he estado acepta que yo sea policía y no me juntaría con otro policía, porque son hombres muy violentos en su mayoría", dice, corroborando las percepciones de la Casa de la Mujer.
En medio de este problema se pueden detectar avances. Hace dos semanas ha sido nombrado un nuevo responsable nacional de Derechos Humanos. Es el coronel Modesto Palacios, que está interiorizándose en los procedimientos. "Vamos a hacer un trabajo de puertas abiertas y a recibir todos los casos que se presenten. Tendremos un panorama completo de los casos denunciados", promete. Por instrucciones superiores, se nombrarán representantes de Derechos Humanos en todos los departamentos, así que es probable que Santa Cruz pronto tenga el suyo. Falta ver si, como expresa la Defensora del Pueblo, la Policía acepta que hay acoso, hostigamiento y chantaje tras sus muros, y otorga la confianza necesaria para que las mujeres se animen a hablar. Y no son pocas. De los 24.000 nombres registrados en la Policía Nacional, un 10% es mujer. Seguro que tienen mucho que contar.
En la política también ocurre
Otro de los ámbitos donde hay hostigamiento sexual es en la política.
La Comisión de Política Social de la Cámara de Diputados intenta hacer aprobar una ley contra la violencia política en razón de género. Está destinada a proteger a las mujeres que ejercen funciones públicas y que sufren el acoso dentro de los partidos políticos. "Varias concejalas de municipios han sido vejadas, golpeadas, violadas y acosadas sexualmente con la finalidad de no fiscalizar a los varones o sencillamente obligarlas a renunciar a sus puestos para que varones asuman esos lugares", denuncia el diputado Guillermo Mendoza, presidente de la mencionada comisión.
La mayoría de las denuncias se originaron en los sectores rurales y periurbanos, donde la justicia comunitaria se utiliza mal y se confunde con vejámenes a la mujer. "En algunos lugares es un tema casi natural golpear a una mujer que le coquetee al alcalde", cuenta. A la comisión que preside Mendoza llegan con frecuencia denuncias de acoso y violencia sexual y política a mujeres en cargos públicos. No son extrañas las presiones que reciben incluso de sus maridos, puesto que estas mujeres con aspiraciones políticas deben asistir a reuniones hasta altas horas de la noche. "Las relegan de sus cargos por aspectos como la maternidad y no poder asistir a estas reuniones", dice Mendoza, que reconoce que se trata de una ley polémica, pero que no va contra los varones porque sólo iguala las oportunidades políticas entre ambos géneros.
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