
Gonzalo Chávez A.*
América Latina en general y Bolivia en particular atraviesan por un proceso de cambios políticos complejos que han generado amplias expectativas y una enorme esperanza en la gente, especialmente entre los más pobres. En este contexto, la lucha contra la corrupción es una bandera central de la propuesta de cambio en Bolivia, que lamentablemente, ahora, hace aguas por los varios escandaletes en curso. La corrupción no sólo hiere la moral del país, sino que es la causa de graves problemas económicos.
Estudios internacionales muestran que la corrupción le serrucha sistemáticamente el piso al crecimiento económico de un país y desmoraliza la nación, independientemente del modelo de desarrollo. Si un país como Bangladesh redujera sus niveles de robo en el sector público a los índices de Singapur (país con elevados niveles de transparencia), la tasa de crecimiento del producto per cápita del primer país mencionado subiría en un 50 por ciento. No es difícil imaginarse cuánto más podría desarrollarse la economía boliviana si no tuviéramos, aún, el problema de la corrupción tan profundamente arraigado en el Estado.
La corrupción, en una definición bastante general, es el uso del sector público para obtener beneficios privados. En buen español, eso significa convertir al Estado en la cueva de Alí Babá y sus ciertamente más de cuarenta compañeritos, que a través de diferentes prácticas debilitan las posibilidades de crecimiento y desarrollo de un país. Veamos estos mecanismos más en detalle.
"Meter la cuchara al dulce", como se dice popularmente a la corrupción, reduce los niveles de inversión doméstica y extranjera. Obviamente que esto significa que los empresarios honestos prefieren no abrir empresas para no verse sometidos a extorsiones o coimas. Otros deben pagar coimas del 10 ó 15 por ciento para hacer negocios con el Estado. Además, cabe recordar que algunos países con elevados niveles de corrupción tienden a atraer a inversionistas de dudosa reputación. Así es que nuestras economías en vías de desarrollo se convierten en tierra de piratas.
La corrupción también distorsiona y muchas veces fomenta el desarrollo de la economía informal, restándole recursos al Estado y provocando la muerte lenta de centenares de pequeños empresarios que actúan en un mundo de negocios sin reglas de juego claras y a merced del peculado y la extorsión.
Por otra parte, la corrupción sobredimensiona los gastos y las inversiones públicas. Los hombres o mujeres más poderosos son los jefes de almacén o encargados de compras, obviamente con la bendición del mandamás de la empresa o de la repartición pública.
La triste historia de las coimisiones infla el costo de las carreteras, las plantas separadoras de YPFB y otras obras públicas, provocando ineficiencias en nuestros sistemas económicos.
En pocas palabras, por diversos caminos, los corruptos le roban el futuro a nuestros hijos e hijas, cierran la posibilidad de superar la pobreza de miles de bolivianos. Lamentablemente, y más allá de los discursos oficiales y oficiosos revolucionarios, el esquema de meterle la cuchara al dulce sigue intacto. Para muestra, dos botones: el caso de los 33 camiones de Pando y el escándalo de YPFB.
La izquierda siempre ha levantado la bandera de la ética en la política. En los años ochenta, el MIR, en Bolivia, nos habló de la revolución del comportamiento y sabemos dónde terminaron. De igual manera el MAS se decía el dueño de la ética. ¿Y ahora, compañeros? Con qué cara enfrentamos el futuro.
¿Qué es lo que lleva a algunos jerarcas de la izquierda, comprometidos con una revolución moral, a caer en un esquema de corrupción? Tengo varias hipótesis. Los partidos o movimientos políticos están conformados por personas de carne y hueso. Todos tienen su precio, originarios o no; de lo que se trata es de hacer la oferta correcta. La carne es débil y la parrilla del infierno siempre está encendida. Conclusión: el poder corrompe, independientemente de la ideología y del ama sua.
Las poses revolucionarias están bien para la foto y los discursos.
Los partidos de la izquierda tradicional creen que, además de ser dueños de la ética, la historia también les pertenece. Se apegan al viejo dictado maquiavélico, "el fin justifica los medios". Para llegar al poder, se abraza un pragmatismo extremo.
Se pueden practicar ciertas acciones ambiguas, inclusive desde el ámbito moral porque, después, la historia dará la razón. Ya decía Lenin: "La revolución no es tan lineal como la avenida Nevski". Los intereses supremos del proletariado, las masas oprimidas o de los movimientos sociales están más allá de cualquier ética pequeño burguesa. No se mete la cuchara al dulce por ambición, sino por convicción.
Para variar, el Gobierno actual hace muy poco o casi nada para combatir y controlar, de manera sistemática, la corrupción. Es hora de que desde la sociedad civil surja una resistencia pacífica contra ella.
Para que la bronca no se quede en su garganta, adopte un corrupto para decirle que repudia y no envidia su comportamiento. Toda vez que lo vea, hágale el gesto más obsceno que pueda, y, si opta por un camino menos agresivo, por lo menos sáquele la lengua. Si lo encuentran en una fiesta o aptapi, promueva una retirada en masa del evento. No se haga sacar fotos con ellos. En la calle, voltéele la cara. Si abre un negocio, no le compre nada. Adopte un corrupto para perseguirlo.
Conviértase en su sombra social.
El repudio y el control social puede ayudar, aunque no es la solución; pero sobre todo le garantizo que lo hará sentir mucho mejor. No dormirá con la rabia de que un grupo muy pequeño lo está lactando y encima le quiere dar lecciones de moral desde el púlpito del poder.
*Gonzalo Chávez A.
es economista.
Democracia, Equidad y Desarrollo


















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