Alicia en Bolivia

Juan L. Cariaga*
Los bolivianos permanentemente vivimos lamentándonos sobre los abusos que cometen los sucesivos gobiernos y, sin embargo, nunca hacemos nada para contrarrestarlos. Y esto me hace recuerdo a un pasaje del pequeño libro Alicia en el país de las maravillas, que siempre conservo como mi libro de cabecera.
En este pasaje, luego de que Alicia ingresa por el pequeño agujero, persiguiendo al conejo que siempre está atrasado para una importante “cita”, llega al Jardín de las Maravillas, desde donde sale escapando, debido a los atroces abusos que comete la Reina de Corazones. A su salida, Alicia encuentra al gato socarrón que, entre contorsiones y sucesivas apariciones, le pregunta cómo le fue en la interesante aventura del Jardín de las Maravillas. A lo que Alicia responde que le fue imposible soportar los incontables abusos de la Reina: entre ellos, su tiranía, su autoritarismo, su desprecio por las leyes y las instituciones judiciales, su arbitrariedad, su crueldad, su permanente intolerancia y sus mentiras, sus voluntariosas decisiones de mandar a matar o encarcelar a sus súbditos, y, sobre todo, la falta de libertad de expresión y el absoluto sometimiento de éstos a sus más variados y exaltados caprichos. Luego de escuchar la respuesta de Alicia, de voltear sus achinados ojos celestes y mover su larga cola, el gato le dice a Alicia que la culpa no era precisamente de la Reina, sino de quienes complacientemente se dejan abusar por ésta. Y, lamentablemente, esto es lo que parece suceder siempre con la clase media en Bolivia. Y digo esto porque, cuando la clase media boliviana representaba alrededor del 40 por ciento de los ciudadanos registrados para emitir su voto y pudo elegir los mejores gobiernos posibles, fue absolutamente complaciente con la falta de justicia, la exclusión, la corrupción, el “cuoteo” y los gobiernos de “camarilla”, como lo sigue siendo en la actualidad. Buena para quejarse en los cócteles y en los cafecitos, y protestar porque los columnistas “no son lo suficientemente duros” como ellos lo hubiesen querido pero que, al final del día, no es otra cosa que una clase profundamente individualista, permisiva, indolente, asustada, acobardada y recelosa de que le envíen los inspectores del servicio de impuestos o que la pongan en evidencia pública por sus pecados del pasado. Pero que, al concluir su jornada, no hacen otra cosa que mirar cómodamente la realidad del país desde su televisor. Incapaz de unirse y de propugnar liderazgos, es una clase que carece de ideas y de iniciativas, sigue alineada con los desprestigiados partidos políticos del pasado y no es ni ha sido capaz de dedicarle un mínimo de su tiempo o de sus recursos a la defensa de los intereses de la comunidad y menos para preservar el Estado de Derecho en nuestra sociedad. A esto, lamentablemente, debe sumarse el débil sector empresarial de la clase media que, al igual que su genérico, siempre ha demostrado que es incapaz de defender sus propios intereses —generalmente a costa de los intereses individuales— debido a su gran “tacañería” no sólo financiera, sino también debido a su gran “tacañería” intelectual. Ojalá me equivoque al hacer estas reflexiones. Sin embargo, si estuviese tan equivocado, creo que los bolivianos, al igual que Alicia, le diríamos al conejo —que está siempre atrasado de su importante cita— que “después de tanto caminar (en tantos años de gobierno tras gobierno), lamentablemente, seguimos en el mismo lugar…”.
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