La “moral revolucionaria”

Carlos D. Mesa Gisbert*
El país se está preguntando: ¿Qué entiende el Gobierno por comportamiento ético? En lo particular me pregunto: ¿Qué ha pasado con la cantidad de personas respetables que estuvieron siempre en la izquierda, cuya honestidad intelectual y moral está fuera de duda, que defienden hoy a capa y espada las arbitrariedades que este Gobierno comete y que antes criticaban con igual vigor a quienes las cometían en los gobiernos “derechistas y neoliberales” de la democracia del 82?
¿Es mala conciencia heredada? ¿Es el gusto de disfrutar una revancha histórica? ¿Es ingenuidad? O, algo peor: ¿Es que de nuevo afloró la acción instrumental de la democracia, donde la justicia y la institucionalidad sólo son válidas cuando se es víctima del poder, pero no cuando se lo ejercita o se comparten sus ideas? Asumo que esas personas intachables no suscribirán la pueril argumentación de que el orden democrático “liberal” impuesto por Occidente es una coartada de la burguesía reaccionaria (ya las masacres de Mao, Stalin y Pol Pot despejaron cualquier duda a propósito de la democracia popular y el sistema legal del socialismo real). En consecuencia, me parece lícito preguntarles a quienes desde hace muchos años iniciaron una lucha franca contra la corrupción, por la institucionalización del Estado, por la de los medios de comunicación del Estado para que sean medios públicos y no instrumentos de propaganda, por los derechos humanos y por el respeto a la ley en defensa del pueblo. Deben decir su palabra hoy. Una palabra que no se embarga a la “derecha” por criticar sin matices la arbitrariedad, la humillación del prójimo, la vulneración de derechos humanos, la destrucción de la independencia de poderes y el avasallamiento del Poder Judicial. Es entendible que en la euforia de una discusión de café se apele —para justificar la actual situación— a recordar las barbaridades de los dictadores, de los ex dictadores convertidos a la democracia a la hora nona y de la actual oposición y sus métodos violentos, ilegales y desestabilizadores. Pero no es el tiempo de las charlas de café, es el tiempo de la interpelación al poder. Una interpelación que no puede justificar a título de cambio, a título de “revolución” y a título de “inclusión”, que el Presidente descabece el Tribunal Constitucional, que la Corte Suprema sea amedrentada a ritmo de juicios de responsabilidades contra sus miembros, que un prefecto esté ilegalmente preso, que se hagan detenciones que vulneran los métodos que la ley establece para hacerlas y que el Poder Ejecutivo se convierta en acusador, fiscal y juez sumariante, que el Presidente insulte, advierta, acuse sin pruebas y amenace en sus discursos a quien le parezca, que humille a algunos de sus compatriotas con un despotismo y una soberbia inaceptables en el primer ciudadano de Bolivia (que además hace bandera de la inclusión y la igualdad), que considere que lo que él exigía desde el llano no debe hacerlo desde el poder. Es insólito que el canal del Estado y las radios “comunitarias” copadas por la radio Patria Nueva, sean instrumentos desembozados del MAS y no órganos públicos de todos. Las defensoras a ultranza del feminismo han pasado un piadoso manto de silencio en torno a los chistes groseros y de mal gusto sobre las mujeres, que ha lanzado el mandatario en más de un discurso, o su deseo de retirarse a su chaco de coca con una quinceañera cuando deje de ser Presidente (habría que recordarle que eso en el Código Penal se tipifica como estupro). Los defensores a ultranza de la vida y acusadores sin matices de la violación a los derechos humanos y garantías ciudadanas cometidas en el gobierno del ex presidente Sánchez de Lozada no han dicho una palabra de los casi cincuenta muertos que tiene esta gestión en menos de tres años y de los por lo menos quince fallecidos víctimas de acción directa de la represión gubernamental de la actual administración y de otros casi veinte como producto de la omisión de la acción gubernamental. Sólo hemos escuchado sus acusaciones implacables (justas pero insuficientes) con relación a los abusos racistas contra indígenas en Sucre, en Santa Cruz y los dieciséis muertos indígenas en Cobija. ¿Por qué la diferencia? ¿Por qué hay unos muertos de primera y otros de segunda a la hora de juzgar las acciones contra la vida? ¿Cómo es posible que los adalides de la ética en tantos casos de corrupción sean mudos, ciegos y sordos, o tibios y cautos analistas más o menos preocupados en el caso del ministro Quintana? ¿Qué pasó? ¿También la corrupción es parte “comprensible” del proceso de cambio revolucionario y el precio que hay que pagar por éste? Y, ojo. No sé, ni puedo afirmar porque no tengo elementos, ni me corresponde, si el Ministro de la Presidencia es culpable o inocente. Pero sí puedo recordar a Evo Morales opositor exigiendo en el peor de los tonos la renuncia de ministros y funcionarios acusados de corrupción con menos pruebas en su contra que su actual colaborador. Yo mismo soy sujeto de enjuiciamientos injustos, uno de ellos que el Presidente me abrió cuando estaba en la oposición y me presento ante el fiscal cada vez que éste me convoca. El mismo Presidente que ahora califica unas acusaciones de revolucionarias y otras de reaccionarias. ¿Y los cheques venezolanos repartidos como confetis sin aprobación congresal e inscripción en el presupuesto? ¿Se olvidan nuestros amigos revolucionarios de los juicios abiertos contra José M. Bakovic, cuya gerente administrativa era Patricia Ballivián, hoy directora de la ABC? ¿Cabe en el sentido común suponer que puedes acusar al director de una entidad de actos de corrupción y no acusar a la vez a quien manejaba la administración de esa entidad? Incurrir en actos incorrectos no es ni revolucionario ni reaccionario, es incurrir en actos incorrectos y lo que valió para los ministros que el actual Jefe de Estado acusó, vale para su ministro: la renuncia al cargo y el sometimiento a una investigación. Así de simple. Hay límites para el cambio y la revolución. Los límites los marca la acción ética. No habrá revolución y cambio exitoso bajo la conducción de cúpulas con doble moral o sin ella.
Democracia, Equidad y Desarrollo


















