La brújula
el 21 dic En: POLITICA Y DEMOCRACIA EDUCACIÓN NUEVA CONSTITUCION - sin comentarios

Por: Guillermo Mariaca Iturri *
Mal de muchos, ya se sabe, puede ser tonto consuelo —o un problema digno de pensarse. ¿Habrá algo de lo que hoy pueda debatirse sin abismarse en posiciones antagónicas? Corruptelas, abusos de poder, linchamientos, muertos y más muertos, nueva Constitución, gasolina, inflación, centralidad indígena, exclusión mestiza, improductividad, pobreza y más pobreza, y un larguísimo etc. que obliga al antagonismo. La mitad contra la otra mitad sin la posibilidad del equilibrio, sin el cuidado de los matices, sin el detalle de la diversidad democrática, sin pesos ni contrapesos.
Hace unas semanas leí la opinión que una mujer argentina envió a un importante periodista también argentino. Charito, 59 años, decía: “Sé que hace rato no caminamos por las mismas sendas. Yo también fui ‘compañera’ (perseguida, exiliada, etcétera). Tengo seguramente muchas observaciones que hacer a este Gobierno, y las hago porque sigo trabajando en un barrio humilde con una biblioteca, pero estoy convencida de que hacerlas hoy, con el ataque masivo de la nueva derecha, de la clase media mezquina que nunca quiso compartir ni un céntimo, cuando veo que en la plaza de mi ciudad cacerolean las señoras de estancieros y militares (entre las que se halla la del militar que estamos juzgando por delitos aberrantes de lesa humanidad, entre cuyas víctimas se encuentra mi hermano), me inclino definitivamente por este lado, por este Gobierno acompañado de miles de compañeros. Sabemos que no son ‘prolijos’, es un movimiento un poco despelotado, no se puede ‘clasificar’ todo lo que pasa, no responde estrictamente a la lucha de clases según manuales, pero es lo único que hay”.
Qué simplicidad abrumadora. Al mismo tiempo, eso de que los enemigos de mis enemigos deben ser mis amigos no hace más que alimentar el absurdo: apoyar, digamos, a los talibanes contra Bush. Hoy nuestras fronteras políticas son, al mismo tiempo, definitivas y ambivalentes. Necesitamos con desesperación más redistribución y más productividad, menos Estado pero más Estado, menos sociedad pero más autonomías, más visión compartida pero más libertad de elección, más institucionalidad pero menos “poder”. Queremos creer, pero no como ciegos desesperados de luz. Queremos creer como visionarios, trabajando por un horizonte construido en libertad y no desde un dogma esclavizante. Necesitamos confiar en que vale la pena, vale el sudor, vale la apuesta, vale tirarse de espaldas al abismo porque al fondo, muy al fondo, nos recibirán los brazos agradecidos de nuestros hijos y de nuestro pueblo.
Desgraciadamente las posiciones están atrincheradas, y parecen profundas, absolutas, actitudes puritanas de sangre y fe. Hubiera sido lindo, aun si suena intencionalmente ingenuo, que hubiese un buen plan. Pero, sobre todo, que podamos confiar, que podamos creer, que nos podamos abrazar entre todas las sangres. Sabiendo que no habrá el puñal en la espalda. Así tendríamos una brújula que fluya con el viento del futuro, no una brújula que nos devuelva a los museos, a los mesianismos, a las inquisiciones, a la fealdad más fea. Así, entonces, sabríamos —más allá de libertarias historias personales y más acá de necesidades afectivas— para qué fue la pelea y si juntos fuimos mucho más que dos. O apenas, una vez más, menos de uno.
* Especialista en educación
Democracia, Equidad y Desarrollo


















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