Los olvidos de la historia
el 11 dic En: POLITICA Y DEMOCRACIA HISTORIA - sin comentarios

Salvador Romero Pittari*
La historia constituye una mirada privilegiada de la sociedad porque a través de ella se transmite no sólo la génesis de las instituciones sino también los valores, los anhelos, los conflictos en los cuales se enraizaron aquéllas. Particularmente en el momento actual, en que la política se ha penetrado de historia, sus interpretaciones apoyan o desbaratan, en parte, las opciones que están en juego. Sin echarle la culpa de todo lo que ocurre, ni de lejos. Ella se ha renovado profundamente en sus temas, sus maneras de investigar y una cantidad de estudios novedosos salen a luz. Sin embargo, en sus presentaciones usuales la historia nacional es una historia de primeras figuras individuales o colectivas que suele olvidar a los personajes de segunda línea, que también pueden ser organizaciones o grupos sociales.
A propósito de esta consideración, vi hace unos días en el cable Vacaciones, una comedia americana agradable, sin otras pretensiones, una de cuyas escenas me produjo estas reflexiones. El filme cuenta la historia de dos muchachas que pasan por un momento de desazón, una inglesa y otra norteamericana que intercambian sus departamentos, en la campiña inglesa el primero y en Hollywood, el segundo.
La joven inglesa conoce ahí a un viejo y famoso guionista de cine, sabio y perspicaz, que capta pronto el estado de ánimo de la muchacha y le dice: En el cine hay dos tipos de mujeres, las que tienen el papel protagónico, las estrellas, y las figurantes de relleno que pronto se olvidan o se pierden en la masa del resto del elenco; tú eres una primera actriz, no lo olvides. Quizá el consejo fue oportuno en la ocasión, aunque ella alcanzó la felicidad cuando se comprendió como una chica corriente que ama a un hombre común.
En la historia del país sucede algo parecido. Se la narra casi siempre en función de los actores principales, de las figuras epónimas ya sean éstos individuos o pueblos, etnias, clases o minorías víctimas de las injusticias, borrando al resto de los participantes o, en el mejor de los casos, convirtiéndolos en una anécdota irrelevante, a pesar de que sin ellos el drama no se hubiese realizado o su desarrollo hubiese sido distinto.
La historia pierde así densidad, profundidad e inclusive contribuye, involuntariamente, a proponer modelos de actuación que favorecen los estilos de gobernar caudillistas, personales, dominantes, que devalúan la democracia, el régimen de derecho.
En el cine, los actores de carácter, como se llama a los segundones, ponen su sello a la película, si bien la inmensa mayoría del público recordará únicamente a los que encabezaban la cartelera. A éstos se consagran biografías, álbumes fotográficos; a los otros, nada. Qué importa, a diferencia de la historia, el filme testimoniará su desempeño para quien lo busque.
La historia aquí se hace de presidentes, organizaciones sindicales poderosas, de movimientos de mujeres, de levantamientos y marchas de pueblos, obscureciendo, a veces para siempre, a ministros, a políticos de talla en su momento, a artistas, escritores o gremios como el de los veleros que un día iluminaron las ciudades. Ni qué decir de altos funcionarios, diplomáticos o catedráticos; ¿quién los recuerda? Tal vez su familia. Se celebran los aniversarios de clubes de la Liga, pero nadie menciona a Ferroviario que un año fue campeón paceño, jugando seguramente en alguna división prescindible. El procedimiento es injusto, simplificador y aun dañino para la institucionalidad.
Esa historia de grandes figuras, personas o movimientos colectivos, con razón criticada teórica y metodológicamente, aún mantiene vigencia. Sería desatinado intentar una discusión sobre el sujeto de la historia o la delimitación de su campo, pero no será difícil admitir que ahí radica un soporte del personalismo autoritario, mal endémico del continente. Igual tendencia expresa el culto de las masas populares.
La revolución y los actores populares que la producen ha ejercido una fascinación que data de los años 20 y continúa, entre intelectuales, políticos, sindicalistas del país, en despecho de que en su realización ha solido traicionar los ideales que la inspiraron, desembocando en regímenes despóticos manejados por pocos, comenzando por la Revolución Francesa que llevó a la dictadura de Robespierre, expresión cruel de una revuelta que postulaba la igualdad y la libertad, con la que se inauguró la sociedad moderna. Desde entonces, la violencia de las masas y la dictadura de los conductores se justifican por sus promesas, no por sus logros. Muchos hacen su apología y las aceptan como una necesidad de la historia. La Revolución Rusa añadió al mito el papel central e ineludible del proletariado, capaz de liberar al hombre de sus alienaciones y servidumbres que sirvió como base para levantar el poder ilimitado de hombres como Lenin y Stalin, a quienes no les tembló la mano para enviar a la muerte a millones de compatriotas que no entendieron que se estaba haciendo un cambio radical en su provecho.
El fascismo menos universal que el comunismo, como señaló F. Furet, pues no se erigió en representante de la humanidad, sólo habló en nombre de un segmento de ella: la nación y la raza; creó, entre otros, a Mussolini y Hitler.
En Bolivia, el entusiasmo por la revolución ha hecho que la democracia se desconsidere, vista sólo como una etapa pasajera destinada a ser superada por la llegada de los tiempos nuevos, que excusa las violaciones de las normas y abusos de quienes la invocan.
En el cine y en la realidad, las visiones construidas alrededor de las grandes estrellas conllevan el riesgo de alentar la veneración de las personas, sus actos y sus desmanes; y en política, las dictaduras y los autoritarismos de quienes se creen con capacidad de leer y descifrar el sentido de la historia. Mostrar una trama compleja, más aleatoria, quizá pueda contribuir, en alguna medida, así sea pequeña —no se debe pecar de ingenuos, hay otros elementos— a aminorar esas tentaciones antidemocráticas, a comprender que lo que sucede es responsabilidad de todos.
*Salvador Romero P.
es sociólogo.
Democracia, Equidad y Desarrollo


















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