El declive del imperio

Gonzalo Chávez A.*
El día de ayer, 15 de noviembre, se ha iniciado la cumbre de los G-20 para discutir el futuro de la economía mundial. A este encuentro se lo ha denominado como el segundo Bretton Woods. El primero se realizó en la ciudad del mismo nombre, en New Hampshire, Estados Unidos. En esta conferencia se reunieron 44 naciones y diseñaron tanto la arquitectura comercial como financiera que ahora gobierna el mundo. En efecto, en 1944 se creó el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM). Los acuerdos de Bretton Woods reflejaban la distribución del poder político y económico después de la II Guerra Mundial. Esta arquitectura financiera nació a la imagen y semejanza de los vencedores de la contienda bélica internacional, en especial de los estadounidenses.
La reunión en Washington de este fin de semana busca encontrar soluciones a la grave crisis que se originó en Estado Unidos. Hay quienes creen que estamos frente a una erosión irreversible de la hegemonía estadounidense, que duró más de 50 años. El desmoronamiento de Wall Street sería apenas la punta del iceberg de la decadencia del capitalismo del norte. Serán tiempos de cambios estructurales. A finales de los años 80, el historiador Paul Kennedy publicó un interesante libro titulado La ascensión y caída de las grandes potencias. Tomando el período histórico que va de 1500 a 2000, el profesor de la Universidad de Yale muestra cómo diferentes poderes hegemónicos e imperios, como la China de los Ming, el dominio de los Hansburgos, el predominio francés y el imperio británico entraron en decadencia debido al elevado costo que implica mantener la supremacía militar y estratégica como potencia.
Con el transcurso del tiempo mantenerse en el zenit del poder mundial tiende a deteriorar las bases económicas del país poderoso. Las grandes potencias, para mantenerse en la cima del sistema internacional, deben gastar mucho dinero en defensa propia, protección de aliados y expansión estratégica; de esta manera, inician un proceso de debilitamiento porque desvían recursos valiosos, que deberían ir a nuevas inversiones, desarrollo productivo y cambio tecnológico. Este fue el caso de todos los ejemplos arriba mencionados, y sería el camino que también está recorriendo Estados Unidos en nuestros tiempos.
Argumento parecido desarrolla Emy Chua, quien en su libro Day of Empire. How Hyperpowers Rise to Global Dominance and Why They Fall, muestra cómo, a lo largo de la historia, las superpotencias nacen, alcanzan la cima y caen. Ella retrocede mucho más que Kennedy y habla del imperio persa, romano y también del chino, mongol, holandés y británico. La investigadora argumenta que, en un primer momento, todas estas potencias que dominaban el mundo eran extraordinariamente tolerantes en el sentido que permitían la coexistencia de diferentes grupos religiosos, étnicos, lingüísticos y de otra índole, que ayudaban a que la sociedad avance. Esta tolerancia no implicaba que no hubiera violencia, pero sí dinamismo económico y social. Entretanto, al momento de la caída, estas sociedades multiculturales iniciaban un proceso de intolerancia, xenofobia e intenso conflicto. En las palabras de Chua: “Al mismo tiempo, la tolerancia era la semilla del declive”, porque en la búsqueda del poder total cierto grupo quería imponerse sobre el otro. Al igual que Kennedy, Chua sostiene que Estados Unidos estaría en proceso de pérdida de hegemonía debido a sus problemas internos.
Una línea parecida de raciocinio también la realiza Joseph Nye, investigador de la Universidad de Harvard, quien reconoce que la hegemonía de Estados Unidos está en erosión no tanto por el debilitamiento del país, sino más bien debido al crecimiento de las demás naciones. Además, cree que el poder mundial siempre depende del contexto y que en realidad, desde hace mucho tiempo, el sistema internacional se asemeja a un complejo juego de ajedrez multilateral. En el tablero de arriba, el poder estratégico militar es unipolar. En esta instancia, Estados Unidos es y seguirá siendo potencia de primer nivel, sin competencia. En el tablero del medio, que representa el nivel económico, ya se ha producido una fragmentación del poder. El juego ya es, y será más aún, multipolar, con actores importantes como Europa, Japón, China y otras economías que van cobrando paulatina importancia. En el tablero de abajo, las relaciones transnacionales cruzan fronteras al margen del control de los estados. Incluye banqueros inescrupulosos, terroristas, contrabandistas, narcotraficantes y hackers. En este nivel, el poder sería muy disperso y habría muy poco control de parte de los gobiernos. Este lado oscuro de las relaciones internacionales podría interferir mucho en los otros dos juegos de ajedrez.
Si uno cree en estas lecturas más estructurales de las tendencias del mundo, la reunión de Washington debe ser un primer paso para diseñar una nueva arquitectura de múltiples actores y un sistema mundial mucho más democrático, donde Estados Unidos ya no sea tan preponderante. Esto también implica que la democratización del poder económico mundial tendrá su costo. China, Japón, los países árabes que han acumulado gigantescas reservas internacionales, si quieren jugar en el tablero de ajedrez del medio, tendrán que pagar su derecho de piso ayudando financieramente a salir de esta crisis, por ejemplo. No hay duda de que la caída de Wall Street marcará la inflexión en la forma que se administra el poder mundial. Los líderes del mundo tienen un trabajo titánico. Los cambios en la arquitectura mundial deben reflejar no solamente ajustes en la arquitectura financiera internacional. Al corregir el déficit de regulación prudencial que caracteriza a los mercados financieros mundiales, mejorar la supervisión bancaria, poner límites a la especulación financiera y darle un nuevo rol al FMI, es posible que estén creando un mundo donde la hegemonía estadounidense será menor. Las predicciones de Kennedy, Chua y Nye podrían hacerse realidad antes de lo pensado.
*Gonzalo Chávez A.
es economista
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