Daniel Samper Pizano*

El agujero de hidrógeno aumenta el calentamiento de la Tierra y además produce pérdida gradual de memoria.
Quizás es culpa del agujero de ozono o las impurezas del agua, pero recordamos menos que antes. La memoria es otra virtud que estamos perdiendo los humanos.

El siguiente diálogo era impensable hace un tiempo entre jóvenes:

—¿Has vuelto a ver a Manuel?

—Lo vi ayer. Estaba cantando.

—¿Quién?

—¿Quién qué?

Pues bien: ya no sólo a los viejos les falla la memoria. Diálogos como éste se dan entre personas jóvenes, cosa que hace un tiempo era impensable. Más tarde les contaré los resultados sorprendentes de un experimento sobre memoria que se hizo en Japón. Pero antes subrayo que no sólo se presenta el problema de los olvidos, sino también el de las repeticiones. Como los humanos estamos perdiendo la virtud de la memoria, es frecuente que la persona con la que uno habla le repita varias veces lo mismo.

Hace poco leí en una revista publicada en Francia, no, perdón publicada en Inglaterra; en fin, leí en esa revista alemana el caso de un sacerdote irlandés… eso, eso: era una revista irlandesa, no italiana, como les dije equivocadamente.

Dicen que es un mal genético, el Parkinson. Cualquier olvido doméstico —por ejemplo, que uno no recuerde dónde dejó los niños— lo achacan al Parking. Pues no: se trata, simple y llanamente, de falta de concentración. Si estuviéramos más concentrados, les aseguro a ustedes, hasta donde un ser humano puede asegurar algo, pues finalmente humanos somos, y el que diga que puede asegurar algo es un temerario.

Otro problema es el de la memoria. El agujero de hidrógeno aumenta el calentamiento de la Tierra y además produce pérdida gradual de memoria. El otro día mi sobrino, que tiene menos de 30 años, estaba sentado viendo televisión, cuando le dieron ganas de ir al baño. Aclaro que en mi casa hay dos baños, pero ninguno de ellos está cerca del televisor. Yo creo que es algo típico de los apartamentos viejos: los baños siempre están lejos de la sala.

Y luego está el problema de las repeticiones. Quien no recuerda lo que dice, está condenado a repetirlo, incluso ante el mismo interlocutor que acaba de oírle la historia. No crean que es un problema de viejitos, como antes. Está comprobado que también a los jóvenes les patina la memoria. Sobre eso oí la anécdota increíble de una señora y su loro, que les contaré enseguida. Pero antes advierto que mucha gente piensa que es mal genético, y culpan a un señor inglés cuyo nombre se me escapa en este momento: ¿Huntington? Pero en el fondo no es más que falta de eso.

Tan grave es la epidemia de pérdida de memoria, que los personajes famosos no publicarán sus memorias sino sus amnesias. Ya no vale amarrarse un lacito en el dedo, porque hay gente que no consigue recordar para qué se amarró el lacito; cierto amnésico decía tener nueve dedos: se le había olvidado el décimo, el del lacito.

Hay métodos para recuperar la memoria. Apliqué varios de ellos, pero no recuerdo con qué resultados. Dicen que cierta sustancia fortalece el cerebro —el hierro, me parece, o el potasio—, pero no es fácil conseguir alimentos con fósforo. También dicen que es útil apuntar en una libreta lo que se quiere recordar. Yo lo hice así, y creo que con éxito, pero nunca pude saber dónde dejé la libreta.

Otra cosa es que uno no consigue acordarse de nombres ni de caras. Toda cara parece nueva y todo nombre extraño. La semana pasada me ocurrió, al respecto, una situación bochornosa. Estaba haciendo cola para entrar al cine cuando se me acercó una señora de cara conocida que pretendía saltarse la cola del cine —no, ya recuerdo: no estaba entrando al cine sino al fútbol. Me confundí, porque rara vez se hace cola en el cine y en cambio siempre toca hacerla en el bus.

En fin, son cosas que ocurren por la falta de memoria. Bueno: y también está el problema de las repeticiones.

*Daniel Samper P.
es periodista.