Obama

Por: Guillermo Mariaca Iturri *
La historia de los Estados Unidos podría ser explicada como la historia de los relatos que ellos inventaron para hacer menos cruel el resultado de su conducta imperial: el genocidio de los pueblos indígenas, la esclavitud, las bombas atómicas, el sistema del estrellato en artes y deportes, las invasiones a tantos pueblos. Obviamente, EEUU no es sólo imperio, es también la extraordinaria musicalidad del jazz, la fuerza de su ciencia y de sus artes y de su cultura deportiva, la tan compleja vitalidad y diversidad de sus grandes ciudades, su culto tecnológico, la profunda institucionalidad democrática generada por su declaración de independencia, y todo esto también ha construido una narrativa: el melting pot de las libertades y el desarrollo humano. Claro, esa paradoja es exactamente lo mismo que decir esquizofrenia. Porque, ¿cómo podría alguien digerir en un mismo momento un discurso que proclama la expansión de los derechos y la recuperación de la política para los ciudadanos estadounidenses y que, simultáneamente, sin el menor pudor, también proclama la legitimidad y el derecho de ejercer imperio como destino manifiesto? ¿Cómo podría alguien sentirse y vivirse libre negando libertad al vecino con el argumento de que la libertad del vecino humillado /explotado /despreciado /oprimido /ignorado le perjudica? ¿Cómo podría alguien asumirse demócrata siendo apoyo militar, político y económico de tantos regímenes que han sido, son y serán la peor aberración democrática y, en demasiados casos, la más triste degradación humana?
Afirmar que los EEUU es un país esquizofrénico es la descripción de su naturaleza. Por consiguiente, concluir que su mejor representante sería aquel capaz de encarnar esa esquizofrenia en sus más altas y miserables consecuencias es apenas una conclusión inevitable. Hoy, Barack Obama revela esa tan específica cualidad de la política y de la vida estadounidense. Su campaña, sus discursos, su programa, su vida lo demuestran. De ahí su fuerza; de ahí, también, su abismo.
Al mismo tiempo, la política en los EEUU enfrenta una peculiaridad por primera vez en su historia. Un grupo humano enorme decidirá quién será el próximo Presidente. Los hispanos o latinos son 45 millones, lo que en ese país denominan la minoría poblacional más grande y con el mayor ritmo de crecimiento. “Afros” y asiáticos son también muchos, pero son y se sienten estadounidenses; por tanto su voto es disputado del mismo modo que el voto anglosajón: con gestos de egolatría, televisión, estrellatos y consignas que hacen de la banalidad la única cultura política viable y posible. Pero con el mundo latino eso no es suficiente. Es un mundo que todavía conserva algo de las lealtades colectivas, algo de certeza en las palabras que prometen. Y, encima, tiene un peso definitivo en cuatro estados tradicionalmente ambivalentes: Colorado, Nevada, Nuevo México y Florida, que suman 102 votos definitivos dentro de los 270 necesarios para ganar en ese tan poco democrático sistema de elección indirecta.
El mundo latino en los EEUU puede dar la victoria a Obama y Obama que lo sabe, lo corteja. Y le destina importantes recursos, visitas y sonrisas. Pero en el equipo de Obama América Latina no existe: ni siquiera asuntos urgentes para ellos, como la política migratoria o los tratados de comercio, ocupan un lugar. Claro, esa ausencia no se debe a ignorancia, obedece a la naturaleza esquizofrénica de la política gringa. Porque para ellos somos objeto de una conducta imperial, no sujetos de la expansión de derechos y libertades. Qué desgracia que así como Obama encarna lo mejor de esa fe estadounidense en los derechos y las libertades, al mismo tiempo revele lo peor de su soberbia imperial. Qué infamia que escuchemos jazz maravillados y nuestros oídos sean invadidos por el ruido nuclear de esa guardia pretoriana. Qué pena que ese hombre sea, finalmente, apenas un político estadounidense. No un profeta de nuestra América.
* Especialista en Educación
Democracia, Equidad y Desarrollo


















