Maradona a la cochabambina
el 3 nov En: SOCIEDAD Y CULTURA - 5 comentarios

Por: Cecilia Lanza Lobo *
Pero, además de la maestría de sus pases generosamente precisos para hacerse gol, Baldivieso nos regaló también su resurrección.
Diego Armando Maradona me cae gordo. Mejor dicho, la imagen de Maradona. Porque en todo caso, considerando sus orígenes de cabecita negra en los suburbios bonaerenses de Villa Fiorito, sería más bien de los míos. Lo que me revienta más bien es esa tendencia idolatrera argentina que desde Eva Perón, Susana Giménez, el Potro Rodrigo o Luciana Salazar posa el fardo de sus complejos de tercer mundo —a pesar de sí mismos— y de sus delirios de parentesco divino, en las narices de Charly García o Diego Maradona, endiosándolos. Y ellos, claro, argentinos poseedores de sus propias idolatrías, se lo creen (¿existía alguien, o algo, o vida, antes de Maradona?). Y la idolatría fundada al amparo mediático parece ser la droga inicial. Luego vendrá ese orgasmo millonario en piscina de ron donde el ídolo se desplaza a mil por hora entre el sexo, las drogas, la gula y el alcohol. Flash. Tanto flash, tanto exceso, que un día de esos el cuerpo, cansado de sostenerse en el altar de los fetichismos mediáticos, se baja y va a hacer pis. Había sido mortal.
Ninguna conversación que se precie podrá evitar hoy hablar de Diego Armando Maradona como el nuevo DT de la selección argentina, provoca alguien. Llueven exclamaciones, aclamaciones y pasiones. En ese mismo momento el Aurora se juega la vida y entonces pienso en Julio César Baldivieso. Esa versión propia de un Maradona a la cochabambina.
Pelotas aparte, de Baldivieso sólo conozco su fama. Es decir, igual que Maradona, su afición por la vida puesta en el pie con el acelerador a fondo. Ese mismo pie que calzaba zapatillas rojas como lucecitas-mírenme en el verde pasto futbolero que en el Mundial del 94 fue para nosotros el único horizonte posible.
Baldivieso fue el Charly García del fútbol bolita. Ese genio que cuando le da la gana hace lo que mejor sabe. Cuando le da la gana y con pinta de estrella de rock/las zapatillas, ahora, doradas. (Al Diablo Etcheverry le faltó desdén). Querido y despreciado, ciertamente nunca idolatrado como García o Maradona, dada la estrechez del mercado bolita y el carácter timorato del ímpetu nacional, Baldivieso nos regaló varias páginas de diminuta farándula hollywoodense. Pero, además de la maestría de sus pases generosamente precisos para hacerse gol, Baldivieso nos regaló también su resurrección.
Y eso no es poca cosa. Pienso en Ramón Rocha Monrroy y su Certificado de Divorcio de la mujer más fiel que tuvo en 40 años de intensa vida sumergida en el calor del alcohol, como bolsita de té. La bebida, esa compañera de la que decidió separarse amorosamente para darse él la oportunidad de seguir volando tan intensamente como siempre pero con los ojos abiertos y sin alas ajenas. Pienso en Baldivieso y sus alas auroristas.
Cómo no escuchar a mi amigo Mayorga y calzarme la polera celeste que ha devuelto a Baldivieso lo mejor de sí mismo y sin pedestal. Cómo no desear que el cabecita negra de Villa Fiorito haga oídos sordos a las plegarias adoratrices que a rezo lento le fueron quitando la vida y el genio. Cómo no celebrar el triunfo del Aurora como si fuese nuestro y querer a Baldivieso sin la devoción idólatra del fútbol que vive hoy el milagro de la resurrección. No estaba muerto, andaba de parranda abrazado a una pelota, soñando que era grande. Gooooool.
* Comunicadora
Democracia, Equidad y Desarrollo


















Escribe un comentario