Por: Guillermo Mariaca Iturri *

"Los ojos de Marcos, 13 años, no tienen tiempo para ver el futuro. Están fijos en las pequeñas manos que arrancan sin parar la mayor cantidad posible de hojas de coca”. Así comienza el reportaje de investigación titulado: De la hoja al polvo, la conexión Bolivia Brasil escrito por los periodistas João Antonio Barros, Maria Mazzei y Nilton Claudino del periódico digital brasileño O Dia que ha ganado el premio 2008 de la Sociedad Interamericana de prensa. “Cuando sea grande, Joao será un asesino”. La primera oración de Favelas, tráfico de armas bolivianas a Brasil, expone la madurez del periodista Érick Ortega en su reportaje publicado hace dos semanas en La Prensa. Hace algo más de veinte años atrás, Samuel Doria Medina, entonces director de la Unidad de Análisis de Políticas Económicas si no recuerdo mal, escribió el primer trabajo sobre la economía informal en Bolivia estimando que ese ingreso equivalía más o menos al 10% del Producto Interno del país. Ambos reportajes contemporáneos y el trabajo de un economista entonces muy joven tienen en común mucho más que su objeto: revelan la sombra que nos acecha.

Brasil consume 50 toneladas de cocaína al año y paga 750 millones de dólares al año por ellas. Bolivia produce las mismas 50 toneladas. No toda la cocaína boliviana va al Brasil ni ellos sólo consumen lo que nosotros producimos, pero esa coincidencia va más allá de la anécdota. Porque comprueba que nuestra modesta costumbre democrática convive con esa persistente paciencia del otro país que nos acecha. Es el país del narcotráfico, el país cuyas sombras largas nos habitan más profundamente de lo peor de la globalización y develan más dolorosamente la miseria.

Nuestra democracia tiene dos enemigos: la pobreza y el racismo. Algunos dirían que son las dos caras de una misma moneda, pero aunque así fuera desde una perspectiva que intenta una mirada integral al conjunto del país, desde otros costados la cosa cambia. Según el Banco Mundial, la violencia delictiva le cuesta a América Latina más de 30.000 millones de dólares anuales; cifra con la que podríamos combatir sustancialmente a la pobreza. El Banco Interamericano de Desarrollo es aún más pesimista, según sus cálculos, el PIB per cápita de Centroamérica sería un 25% más alto si la tasa de criminalidad fuera similar a la media mundial. Una de las más peligrosas bandas de narcotraficantes hoy en México está integrada por ex comandos del ejército entrenados en la lucha antinarcóticos. Con los procesos democráticos se esperó que los Gobiernos elegidos restauraran el imperio de la ley, sin embargo, más de dos décadas después, la violencia que surge de una variedad de “actores armados” (milicias irregulares, mafias del narcotráfico, bandas urbanas y traficantes de armas y personas) sigue marcando la vida social y política de gran parte de la región. Es decir, no existe relación causal entre pobreza, delincuencia y estado de derecho.

Según Esteban Manrique, en los países latinoamericanos los problemas del narcotráfico tienen su origen en la ilegalidad que la droga tiene en el mercado: la condena de algunas sustancias, y no de otras, revela que en ese aspecto la moralidad parece ser sólo el prejuicio de la mayoría, o de los intereses de varios países del norte. Porque la calidad moral de las leyes no puede ser juzgada sólo por sus intenciones, sino, sobre todo, por sus efectos prácticos. Cuando las leyes que pretenden conservar valores morales generan mayores problemas de los que quieren remediar, es necesario reconsiderar sus fundamentos. Hasta que esta cuestión no se aborde sin prejuicios, el problema de la violencia delictiva en América Latina estará lejos de encontrar una solución.

* Especialista en Educación

guillermomariaca@gmail.com