Por: Pedro Shimose *

El viernes 17 celebramos precisamente el centenario del nacimiento de una boliviana universal, la escultora Marina Núñez del Prado (La Paz, 17/10/1908; Lima, 05/09/1995). Pablo Picasso, Constantín Brancusi, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Rafael Alberti y Oswaldo Guayasamín fueron sus amigos y admiradores. Cuando ella pasaba por París, Picasso y Brancusi la recibían en sus talleres. La Mistral escribió un bello retrato literario de Marina, cuyo texto es bastante conocido; Neruda y Alberti le dedicaron panegíricos en verso y Guayasamín la retrató en un cuadro al óleo que ella lucía con orgullo en su casa paceña de la calle Ecuador —en el barrio de Sopocachi— convertida, por voluntad de la artista, en museo y sede de la Fundación creada en su honor y presidida, con toda justicia, por el pintor Gil Imaná.

En esa casa se realizaban, en los años 60, las tertulias sabatinas convocadas por las hermanas Núñez del Prado: Marina, la escultora, y Nilda, la orfebre. A ella acudían sus amigos más íntimos y alguno que otro invitado eventual. Debo reconocer que a mí, a mi mujer Rosario y a mis hijos Pedro Antonio y Pablo Javier nos dispensaron un trato tan especial, tan distinguido que sus invitaciones consistían en comer a manteles, es decir, con regalo incluido. Mi mujer no ha olvidado, a pesar de los años, los detalles exquisitos que Marina y Nilda tuvieron con ella y con nuestros hijos. Una vez, era una joya labrada por Nilda; otra, una escultura pequeña de Marina o un frasco de Vent vert, perfume que, desde entonces, usa Rosario. O una flor o un libro de poesía o un cuaderno plegable importado de Japón.

Desde niña luchó por ser ella misma. Sus padres, aficionados a la música le habían asignado el papel de violinista o pianista, pero el azar quiso que cayera en sus manos un libro sobre Miguel Ángel. Desde aquel instante, Marina supo que su destino era ser escultora. Y lo fue contra viento y marea, porque “no todo fue fácil para ella. Marina es un ejemplo de lucha, de trabajo constante y de superación… supo de la mezquindad y la envidia, pero salió adelante demostrando que su talento creador era superior a la mediocridad del medio ambiente?”, escribe Gil Imaná. La deslealtad de un operario aprendiz picapedrero que ella protegía, seguida de una campaña insidiosa, le partió el corazón. Ella que había defendido a los indígenas, no comprendió jamás la actitud de los indigenistas.

Pero hay algo más que debemos recordar en esta fecha: su contribución al cine boliviano. A los 15 años de edad fue ayudante de dirección en la primera película argumental muda realizada en Bolivia, La profecía del lago (1925), dirigida por José María Velasco Maidana. Tres años después, colaboró como escenógrafa y actriz secundaria en el film Wara wara (1930), primera superproducción muda, dirigida también por Velasco Maidana.

Un dato más: en tiempos de pongos y gamonales, apoyó a los indios en su derecho a ser ciudadanos bolivianos. Firmó manifiestos inflamados de pasión por la justicia, recorrió pacíficamente las calles de La Paz en defensa del proyecto educativo Warisata y —lo más imperecedero— talló en piedra el alma de esa “raza de bronce” que, a fin de cuentas, le pagó mal. La acusaron, ¡a ella!, de explotar a los indios. Con el corazón herido y el alma hecha jirones se marchó a Lima, donde murió añorando sus montañas.

En estos días de homenaje, una selección de su obra en piedra (basalto, granito y ónix) y en madera (quebracho y guayacán) se exhibe en dos museos de La Paz. Esas esculturas deberían mostrarse también en Santa Cruz. Sería una forma de conocernos mejor.

* Escritor

apoyomails@gmail