Constitución y consenso

Por: Guillermo Bedregal Gutiérrez *
El consenso, percudido por el manoseo procesal debería ser el verdadero final, no el comienzo de un gran debate constitucional que jamás se dio.
Desde la Bolivariana, las Constituciones (CPE), aún aquellas que se dictaron para encubrir dictaduras y atropellar el poder estatal, se inscriben en la Democracia Representativa. La CPE está dentro de lo Jurídico y lo Político. El país debe aprobar o rechazar un nuevo texto que lamentablemente responde sólo a una parcialidad circunstancial del espectro político nacional. La gran mayoría de las fuerzas democráticas, y también gruesos sectores de la opinión pública, rechazan este texto aprobado con violencias y quebrantos de los procedimientos. La Constituyente fue castrada y malbaratada por acciones de intimidación que convirtieron en basura su propio reglamento interno. Se hizo itinerante y sectaria primero en La Glorieta, fuera de su recinto legal; luego se marchó a Oruro, y finalmente llegó al local de la Lotería en La Paz, de cuyo recinto brotó otro texto diferente al conocido cuando se trabajó en Sucre.
El tema de los dos tercios fue y es el elemento clave para avanzar o estancar este tan esperado resultado. Prevalece la ilegitimidad y obviamente la ilegalidad ontológica y procesal. Se pretende construir consensos que jamás se alcanzarán porque no se puede consensuar el atropello voraz de la ley.
Jamás se logró debatir el proyecto de Oruro. Los de la temporal mayoría se ensoberbecieron y los otros (los minoritarios y plurales) están sumidos en aflicciones, sin sosiego, pero con la debida firmeza argumental. Este proyecto (aparentemente ya lo es, desde los afinamientos enumerativos de la cosmética de la Lotería) que no puede esconder sus procedimientos reprobables, el inaceptable conducto parlamentario y la ausencia de publicidad de los informes de las comisiones. El pueblo no ha conocido este trabajo; se estranguló toda vía de debate previo al aborto de la Lotería, punto aparentemente final del texto volador e itinerante.
El consenso, percudido por el manoseo procesal, debería ser el verdadero final, no el comienzo de un gran debate constitucional que jamás se dio. No consiste en eludir las cuestiones, en concretar o remitirlas a reuniones secretas, o lo más patético y torpe: cerrar toda discusión o “abrirla”, sólo para mirar lo de las autonomías. Las falencias de un texto inaplicable se esconden en abstracciones de pésima “poesía” que esconde perversidades totalitarias. Todo se queda en lo superficial, en la denuncia o en la injuria que no quiere el consenso. Hay frivolidad y superficialidad en el tratamiento del consenso. Y ni qué se diga en las “toneladas de mala fe”
El consenso es un concepto central, heredero moderno de la idea del contrato social, que explica la formación y el mantenimiento de las sociedades y, con tal objeto, de la dedicación de los estudiosos de la ciencia política, de la Filosofia del Derecho y del Estado. La historia del mundo moderno, en lo jurídico-político, es la historia de la superación de la explicación geocéntrica del mundo antiguo, medieval, colonial y prehispánico. Lo que se propone sería una justificación primitiva y absolutista. Lo protohistórico (usos y costumbres) es el “romántico” intento de mirar atrás y de allí inventar nociones subjetivas y pedestres que no puede sostener ningún consenso afirmado en el derecho público del siglo XXI. Lo otro es obstinación obscurantista y autoritaria. Lean el proyecto de la CPE y verán otras “lindezas” fantasiosas y malvadas.
* Ex dirigente, congresal y dirigente del MNR
Democracia, Equidad y Desarrollo



















yo mihma dijo
esto es una trakaaaa...!!
27 Enero 2009 | 08:29 PM