Bolivia, país

Por: Erick Torrico Villanueva *
Lo necesario ahora es avanzar de modo que sea factible concretar el pacto social democrático que ha estado ausente.
Dicen que Bolivia nunca fue un país, que será dos países, que otros países la quieren para sí o que más bien la detestan (basta acordarse del xenófobo e ignorante argentino recientemente “ofendido” porque un par suyo le dijo “boliviano”). Pero también dicen que es varios países o que tal vez ahora sí pueda ser uno.
Lo cierto es que Bolivia está hoy, y desde hace varios años, atravesando una fase de probable reorganización que por supuesto tendrá consecuencias en su identidad y en la de sus habitantes. Y en ello se tiene, en el centro, la confrontación entre un gobierno que no es de un partido sino de un movimiento —hecho de otros movimientos (“sociales”)— y una oposición que carece igualmente de partido y está conformada por otros movimientos (“cívicos”, o sea “no sociales” en el lenguaje oficial).
Sin embargo, esa es apenas la cara externa de una pugna de fondo, y por tanto de contenido y alcance históricos, que implica al menos cuatro tipos de propósitos duales: la búsqueda de cambios en la estructura social o lo contrario, la consecución de un nuevo consenso político o la salvaguarda de lo que queda del viejo, el establecimiento de una nueva correlación de fuerzas o la reconstrucción de la antigua y la posible implantación de otra forma de ejercer el poder y de relacionarse con él o el bloqueo de estas opciones.
El problema, entonces, va mucho más allá de que unos quieran recuperar el impuesto sobre hidrocarburos para sus prefecturas y de que otros inviten a votar por la kantuta y el patujú al mismo tiempo. Esas son prácticamente banalidades. De lo que aquí se trata es de que está en juego otro rediseño del país que sí existe. En ese proceso, los actores visibilizados como principales retrotraen fenómenos que tuvieron lugar hace tiempo en América Latina: terratenientes sin partido —pero esta vez con una paradójica ideología modernizadora— contra organizaciones sociales no clasistas a las que algunos atribuyen no sólo la presunta pureza de las colectividades precoloniales sino además el carácter de síntesis de la nación heredada de los libertadores decimonónicos.
Tal vez convendría que los directamente implicados esclarecieran los términos del debate, más que del diálogo, sobre todo si se aspira a que la democracia subsista previa recomposición de sus principios ordenadores.
La creciente exigencia del reconocimiento y la participación interculturales así como de que sean redistribuidas las bases de la riqueza y las de su correspondiente gestión emerge como la razón de las resistencias y los contraataques. No obstante, los protagonistas del choque en curso no parecen percatarse de que no se puede volver al pasado, ni al idílico de las culturas originarias que habrían permanecido intactas en 500 años ni al de las nunca
realizadas promesas (neo)liberales del progreso vía racionalidad del mercado autónomo. Lo necesario ahora es avanzar de modo que sea factible concretar el pacto social democrático que ha estado ausente todos estos años de vida republicana, un pacto constitutivo en serio que sea capaz de recuperar y aprovechar sinérgicamente lo mejor de la acumulación histórica nacional.
Lo que puede ser duradero en política es la hegemonía; las supremacías, aunque se pinten en el largo plazo, terminan invariablemente erosionadas. Nadie podrá hacerse de la dirección del proceso si persiste en el empecinamiento de que los otros están equivocados. Bolivia, país, se mantiene en espera.
* Comunicador
Democracia, Equidad y Desarrollo


















