Intransigencia política
el 24 sep En: POLITICA Y DEMOCRACIA - sin comentarios
Por: José Guillermo Tórrez G. O. *
Al intelectual lo entiendo como aquel que utiliza su cerebro, como medio de su actividad, en contraposición a los que usan el esfuerzo físico u operan mentalmente de manera mecánica. Este intelectual en nuestro país, que invade a nombre de la cultura, el campo de la política, considera como patrón genérico de actitud y de conducta, lo que ocurre en nuestro medio como algo atrasado, violento.
Este intelectual tiene sus ubicaciones desde aquel que simplemente no opina por comodidad, por falta de curiosidad o por simple desdén, hasta aquel que por ser “hombre de izquierda” debe ser como se presenta actualmente, objetivo y práctico en el momento del cambio que se plantea. En medio existe otro contemporizador que se ufana de ser el nexo viviente, pero que pierde la objetividad crítica, que es circunstancial para el uso racional de este compromiso.
El Gobierno frecuentemente —salvo casos difíciles de catalogar, en que se torna visceral y patológico— se basa en la extendida opinión de todo un estamento indigenista, segregado, pueblos originarios y otros, negando los avances que tiene sobre este tema tan controvertido.
Para intentar aproximarnos a tan compleja como inalcanzable forma de interpretar esta realidad, voy a referirme al conflicto y al consenso de las clases instaladas en el poder, y el agudo sentido y actitud críticos de los progresista, que más o menos viene del viejo cuento y hasta teológico enfrentamiento entre Dios y el diablo, entre el bien y el mal, entre izquierda y derecha y así sucesivamente.
Debemos reconocer que después de este pasanaku democrático de 20 años, también denominado democracia pactada, un principio progresista culto sostiene que la sociedad y el sistema que la sustenta estaban prostituidos y caducos, por ello es necesario un cambio radical en el Estado y la sociedad sin exclusiones de ningún tipo y donde todos tengan los mismos derechos y obligaciones. Por otro lado, estos criterios conservadores clásicos sostienen que los valores que mantienen a nuestro sistema siguen siendo válidos para cualquier tiempo y lugar. Hay que evitar riesgos inútiles que alteren la estabilidad social.
Ante estos proyectos renovadores y que se apuntan casi siempre en dirección de la historia, reacciona la tendencia conservadora . El propio vocablo “reacción” ha sido acuñado como expresión que globaliza notables proyecciones peyorativas. Como analogía, en la física y en el cosmos, la reacción es respuesta a la acción y por tanto necesaria para que subsista el sistema. La característica de la reacción, para que sea efectiva, es que adquiera o alcance valores similares a los de la acción y, en consecuencia, la reacción de la tendencia o sector conservador será más acuñada, en la medida en que los reformistas o revolucionarios adopten posiciones más violentas. Todo esto lo sabe muy bien el Vicepresidente porque también es físico y muchas otras personas del Gobierno.
El cambio que se propone en consecuencia debe encontrar un equilibrio conceptual y operativo precisamente en la armonía que encierra la doctrina nacional, la circunstancia histórica boliviana, que no podrá importarse de ningún país. Por estos antecedentes debemos ser objetivos que este proceso de cambio está dentro de un sistema liberador democrático y no de radicalismos. Lo más importante de buscar por todos los medios en el conflicto es la necesidad del consenso si queremos todos, mayorías y minorías, que este tiempo tan propicio sea el que pase a la historia con letras grandes, sin odios ni resentimientos.
Sin embargo, después de los últimos acontecimientos políticos, se ve nítidamente que ése no es el camino que quiere el Gobierno, y aquí se aplica el adagio del presidente Abraham Lincoln: “Se puede engañar a todos algún tiempo, a algunos todo el tiempo, pero no a todos todo el tiempo”.
*Es Ingeniero Geólogo y Administrador de Empresas.
Democracia, Equidad y Desarrollo


















Escribe un comentario