La niña de Warisata III

Gonzalo Chávez A.*
Querida Marlene: En octubre del 2003 te escribí una carta desde un sueño. Copia de la misiva se encuentra en mi blog http://chavezbol.blogspot.com/. En ella manifestaba mi esperanza de que los bolivianos(as) superaríamos nuestros problemas y honraríamos tu memoria con un gran pacto social. Hoy, domingo 14 de septiembre, casi seis años después de tu partida, debo confesar, avergonzado, que tu muerte en Warisata fue inútil y estúpida. Las élites políticas, económicas, sindicales y académicas, viejas y nuevas, te fallamos. Seguimos caminando, de manera irresponsable, rumbo a un profundo laberinto de odio e intolerancia. En realidad, les fallamos a todos los que dieron y siguen dando su vida por un país más próspero, justo y equitativo. Uso el plural porque me siento responsable de no haber convencido a más gente de que el único camino sensato para logar menos pobreza y más desarrollo es la recuperación de la solidaridad en la política pública. Por no haber militado con más fuerza y empeño en los mensajes de paz y reconciliación. Por no haber hecho mejores esfuerzos de comprender las ideas de los otros. Por no haber ayudado con más determinación en la construcción de puentes intelectuales entre las dos visiones de Bolivia, que son perfectamente compatibles. Te fallamos Marlene.
Además, fracasamos porque no pudimos reenamorarnos conjuntamente de Bolivia. La Asamblea Constituyente, que en teoría era el espacio político para el reencuentro, sólo sirvió para resaltar nuestras diferencias, revivir rencores del pasado y cultivar el veneno de la intolerancia. La Asamblea Constituyente, que debería ser el templo de la política, del arte del acuerdo, se convirtió en el coliseo de la diatriba, la maniobra y el ataque. No fuimos capaces de encontrar un norte común para el país, una visión de desarrollo compartida a base de solidaridad y competitividad. Una vez más, nos equivocamos.
No obstante que la gente apostó por resolver los problemas de la democracia con más democracia, nuestros líderes no entendieron los mensajes; nadie respetó las reglas de juego de nuestra Constitución.
Entre todos dinamitamos la institucionalidad, y la ley se convirtió en una opinión. No fuimos capaces de armar un gobierno que convocara a los mejores y más representativos hombres y mujeres del país.
Vanos fueron los intentos de neutralizar a los extremos. La derecha sanguinaria se repuso y la ultraizquierda anárquica siguió vivita y coleando. Ambas se levantaron de su ch'akisangre listas para el próximo combate. Se habló mucho de diálogo pero, en la práctica, se prepararon para la guerra. Nunca se pudo construir un gran pacto social donde participaran las nuevas generaciones de militantes de los partidos políticos, los empresarios, las regiones, los trabajadores y los movimientos sociales. Ni se nos pasó por la cabeza la constitución de un gobierno de unidad nacional. Los partidos políticos siguieron con viejas prácticas en el Parlamento y no contribuyeron a la gobernabilidad política. La tregua social duró sólo algunos meses y volvimos a la espiral de ingobernabilidad. Como verás, querida Marlene, hicimos muy poco para honrar tu memoria.
Hasta ahora, no entendemos que las heridas más profundas de Bolivia son la pobreza y la exclusión, tanto social como étnica, y que si no hacemos algo radical, seguiremos desangrándonos. No fuimos capaces de colocar la política social en el centro de la política pública. Tampoco entendimos que los desafíos, tanto de la productividad como del empleo, están a nivel local; que el desarrollo regional se debe basar en una mayor participación de la sociedad civil, tanto en la búsqueda de los objetivos como en su implementación. Lamentablemente, la idea de la autonomía se extravió en una maraña de intereses particulares. Somos duros de la cabeza, Marlene.
Asimismo, perdimos la posibilidad de que Bolivia se convierta en una potencia gasífera y, además, nuestra política energética se extravió en los discursos e intereses. Las rentas del gas natural aumentaron gracias a los mejores precios del energético y la nacionalización, pero esto nos dividió más y comenzamos una feroz batalla por la plata. La bendición de la Pachamama se convirtió en maldición. Se habló mucho de pacto fiscal, pero en los hechos fue sustituido por un cachakscan aritmético de nunca acabar. Gobierno y prefectos, con sus medias verdades, convertidas en dogmas, no se dieron tregua.
Ahora, la res pública se nos muere, la cosa pública no motiva a nadie. La cosa pública se convirtió en un botín de los carteles de la política y las mafias corporativas de toda índole. Las cosas que nos dividen son mayores a las que nos unen. Nadie se mira en el espejo del interés común. Estamos frente a la agonía de la res pública. Te fallamos, querida Marlene.
Probablemente muy pocos se acuerden de ti, mi niña de Warisata. Fuiste una de las primeras víctimas de la violencia política de inicios del siglo XXI. Con profunda congoja te escribo nuevamente, porque siguen muriendo bolivianos(as) y ya no puedo decirles que el futuro se reinventará, que su sangre derramada no será en vano. Perdona esta carta triste. Espero que mañana, lunes, recupere la esperanza.
Una vez más me has permitido hablarte, me escuchaste, que es algo que todos deberíamos hacer. Puede ser una manera de recomenzar.
Democracia, Equidad y Desarrollo


















