La lógica del desastre

Por: Renzo Abruzzese *
Todos pueden acosar al Estado y hasta ponerlo en crisis, pues ya no se necesitan multitudes para paralizar la ciudad.
Es posible que una sociedad posea una clase dirigente con una visión tan pobre de la historia que finalmente nunca pueda reconocer el límite entre la normalidad y el abismo, quiere decir esto que sus horizontes son ahora milimétricos. Es también posible que un Gobierno sea tan pequeño frente a los desafíos de la historia que termine —aún sin una clara conciencia de ello—complotando contra sí mismo. Cuando sucede esto, se alcanza un punto en que todos los actos estatales no logran otra cosa que sea un círculo vicioso; todo lo que se hace para restituir el orden genera mayor desorden.
Para entonces, todo encuentra un punto de no retorno, de manera que las acciones pueden ejecutarse independientemente de su naturaleza, pues ya no interesa si son buenas o malas, si benefician o perjudican, si enmiendan o agravan, simplemente ya no son útiles y se han desligado de la imagen societal que se posee sobre el proceso mismo, por esta vía, todos los discursos entran en desuso, se han transformado en expresiones huecas que giran sobre sí mismas invirtiendo su significado: si se dice que esto es blanco, todos entenderán que es negro; si en los procesos de concertación se firma un convenio, se habrá consumado su rechazo; si se pretende avanzar, el resultado será un inminente retroceso; en suma, la realidad ha colapsado sobre el eje implacable de los contrarios, una suerte de dialéctica global cuyo resultado es siempre inverso.
¿Cómo pudo llegarse a este extremo? ¿Qué ha sido tan poderosamente dañado como para invertir los significados, revertir el orden, trastocar los discursos y desterrar las razones? Esto solamente es posible cuando, desmoronado el Estado, se alzan victoriosas las voluntades individuales, de suerte que los acontecimientos no obedecen a una lógica de Estado, sino al estallido de la subjetividad individual.
En esas condiciones, todos pueden acosar al Estado y hasta ponerlo en crisis, pues ya no se necesitan multitudes, bastan 12 ciudadanos para paralizar la ciudad, una mujer en huelga de hambre, un anciano desesperado, un estudiante en crisis; cualquiera tiene capacidad para detener una estrategia estatal o movilizar todo el aparato de Gobierno; ministros, viceministros, directores, mediadores, instituciones, sacerdotes, voluntarios, etc. Todo se altera porque, instalada la protesta, no tiene opción de retroceso y, por tanto, independientemente de sus propios resultados; la acción está condenada a avanzar; cuando al fin se detiene, el orden se ha alterado de tal manera que las consecuencias ya son irreversibles.
Es posible, por tanto, que un país como el nuestro
—cuyo principio de funcionamiento es siempre la tensión— instaure procesos circulares. Quizá éste sea el modo en que la sociedad boliviana reformuló el espíritu altoperuano e instaló en el núcleo mismo de la historia nacional la lógica del desastre.
* Sociólogo y profesor universitario
Democracia, Equidad y Desarrollo


















