Por: Roberto Ruiz Bass Werner *

Por supuesto que estamos mal, aunque no somos los únicos donde el régimen parlamentario parece estar en crisis.

Terminó esta semana, en Montevideo, el IV Seminario del Foro Parlamentario Interamericano de Gestión para Resultados en el Desarrollo. Una de las coincidencias fue el reconocimiento del debilitamiento del papel del Parlamento en la gestión estratégica del desarrollo.

“Más vale un centímetro de poder en el Ejecutivo… que un kilómetro en el Parlamento” (¡!), declara un parlamentario de Colombia; “la culpa la tiene el excesivo ‘presidencialismo’ que caracteriza a los sistemas políticos en América Latina”, nos plantea un venezolano; “existe poca o ninguna integración con las iniciativas del Poder Ejecutivo y esto hace que los parlamentarios del oficialismo se comporten como meros levantamanos y los de la oposición como bloqueadores de oficio”, reclama un dominicano; “la culpa es de la excesiva politización de los temas, y de la inestabilidad política que nos impide pensar en el largo plazo y nos mantiene presos de la coyuntura”, insiste un argentino.

Algunos (Chile, Brasil) exponen los avances y beneficios en la gestión del presupuesto por resultados, los presupuestos plurianuales y los mecanismos de evaluación sistemática de los resultados con base en indicadores sencillos pero poderosos; otros (Bolivia, Haití, Paraguay) no podemos explicar el rezago de nuestros mecanismos de control y fiscalización; unos explican las poderosas motivaciones para mejorar e innovar que provienen de una opinión pública que paga sus impuestos y que exige un manejo cada vez mas transparente y eficaz de recursos que considera, justamente, como propios; otros tenemos que esforzarnos en explicar cómo en nuestras sociedades rentistas, clientelares y patrimonialistas las presiones, en todo caso, se expresan en “bonos” y prebendas de todo tipo: golpeemos a las petroleras… regalemos el Bono Juancito Pinto para los niños (¿quién podría oponerse a fin tan noble?); destruyamos a las autonomías… regalemos (con plata de los departamentos) la Renta Dignidad a los abuelitos; le toca el turno a los malditos partidos de la oposición… regalemos el financiamiento estatal de las agrupaciones ciudadanas a los discapacitados, etc.

Por supuesto que estamos mal, aunque no somos los únicos donde el régimen parlamentario parece estar en crisis: un reflexivo ex parlamentario francés se pregunta si esta situación no se debe a que los tiempos perentorios del mercado (del Poder Ejecutivo) no son similares a los tiempos de la reflexión y el debate (Poder Legislativo). Las decisiones en uno y otro ámbito son distintas y responden a distintas consideraciones y premuras…

La globalización, por otro lado, plantea problemas adicionales. ¡Qué decir de los conflictos emergentes cuando, en la formulación de los presupuestos, intervienen gobiernos subnacionales autónomos y, además, organizaciones de la sociedad civil!

Sumemos al debate de los temas del presupuesto los complejos y virulentos temas de la agenda nacional: autonomía vs. indigenismo; IDH vs. centralización; capital constitucional vs. capital política; soberanía y libertad vs. sometimiento a Venezuela; institucionalidad de las Fuerzas Armadas vs. terrorismo de Estado, etc., etc., y tendremos un cuadro aún más deprimente de las posibilidades reales que tiene nuestro Poder Legislativo para cumplir un papel central en la reconducción del proceso político.

Una suerte de cretinismo parlamentario de nuevo cuño, insospechado por Marx, parece ser el nuevo fantasma que recorre nuestras democracias.

* Senador por Podemos

rrbw2005@gmail.com