Por: Claudia Benavente *

Un número gordo de factores intervendrá en acortar o ampliar las diferencias entre un sector poblacional y otro.

Uno de los debates inconclusos e imprescindibles en toda sociedad democrática es aquel que busca el origen y la salida a las crecientes desigualdades que no hacen sino plantear permanentemente interrogantes sobre la justicia social. La lucha contra las desigualdades, además de ser una consigna de campaña política, podría estar más presente en la discusión académica y mediática.

Estudios realizados en sociedades industrializadas han lanzado cifras que respaldan, en principio, la disminución de estas desigualdades. Todo bajo el criterio de medición y comparación de los ingresos de los ricos y de los pobres y bajo el criterio de la elevación del nivel de vida de un mayor espectro poblacional. Sin embargo, numerosos analistas afirman que las distancias vuelven a tomar forma en gran parte del mundo, que las mutaciones económicas generan nuevas formas de desigualdad y que éstas se multiplican con otros nombres.

Está claro que las olas económicas van a golpear con intensidad diferenciada al norte alemán que al sur boliviano. Lo que sí puede, de todas maneras, ser tomado en cuenta de forma universal es el lente nuevo con el que hay que percibir e interpretar el concepto de desigualdad. Ese lente hoy en día tiene que tener las dioptrías suficientes para verificar el peso, en la investigación, de las desigualdades escolares, las de género, las de salud, las etarias, por citar apenas algunas. Sólo este gran abanico de consideraciones puede identificar las brechas en una sociedad en la que todos visten jean tapando, a primera vista, lo que a todas luces muestra una foto de inicio del siglo XX: sombreros y zapatos que indican quién es el obrero y quién es el burgués.

Salir del ángulo meramente económico en el análisis hace la tarea menos fácil pero más rica en sus resultados. Abre la posibilidad de cruzar varios ejes clave en la lectura: las distancias que se plantean en función de si la persona es varón o mujer; distancias en las posibilidades laborales para un joven o para una persona de la tercera edad; diferencias originadas en la ubicación geográfica. Al final, un número gordo de factores intervendrá en acortar o ampliar las diferencias entre un sector poblacional y otro, entre una familia y otra, entre una persona y otra. Importa el salario, el número de diplomas, la edad, pero también el apellido, el clima o la posibilidad de estar en contacto con el sol (por las consecuencias en la salud y por ende en las oportunidades de producción). En países como Bolivia tendrá una carga definitiva la pertenencia a una etnia o la vinculación a ciertas familias, el caso es que la desigualdad es el resultado de una red más compleja que la intersección del salario con la clase social.

A los criterios precedentes hay que añadir además una dimensión que no intervino sino hasta estos últimos años: las representaciones que los actores sociales involucrados tienen de las desigualdades. Con todo, la pluralidad de perspectivas garantizará un acercamiento más certero, si creemos, como Pierre Rosanvallon y Michel Fitoussi, en Le Nouvel Age des inégalités, que describir las desigualdades es describir el cambio social.

* Comunicadora

lapinbenavente@hotmail.co