Por: Roberto Ruíz Bass Werner *

Los acontecimientos que hoy ocupan la atención mundial tienen entonces larga data y son una herencia macabra.

Agosto de 2008, a las puertas de Gori, ciudad georgiana que viera nacer un 21 de diciembre de 1879 a Iossif Vissariónovich Dzhugashvili (Stalin), el ejército ruso acaba de desatar un nuevo infierno. Sus misiles, luego de destrozar cinco enormes casonas ubicadas a la entrada de la ciudad, dañan severamente el mercado y el estadio pero, irónicamente, en la plaza sobrevive, impertérrita, una estatua de bronce del “padrecito” a quien muchos de los aterrorizados ciudadanos todavía veneran y a quien, paradójicamente, le deben buena parte de este conflicto nacional no resuelto.

Mientras estudiaba en el seminario teológico de Tbilisi, Stalin se unió a una organización secreta llamada Messame Dassy, que luchaba por la independencia. Años más tarde, por estos antecedentes —unidos al hecho de pertenecer a un grupo nacional minoritario y haber escrito sobre los problemas de la gran población no rusa—, Lenin lo nombraría Comisario de Nacionalidades. Este cargo le dio enorme poder sobre los casi 65 millones de ucranianos, georgianos, finlandeses y otros.

La política impulsada por los bolcheviques otorgaba el derecho a la autodeterminación a todas las nacionalidades dentro de Rusia. El 16 de noviembre de 1917, Stalin declaraba en Helsinki que el gobierno soviético otorgaría … completa libertad al pueblo finlandés y a otros pueblos de Rusia, para organizar plenamente su propia vida política (¡!).

Esta plataforma les dio enorme popularidad y contribuyó al triunfo y consolidación de la revolución de octubre. Pero apoyados en ella se formaron nuevos gobiernos, sostenidos a su vez en las demandas nacionales y en el malestar generado por el centralismo despótico del zarismo; algunos de ellos hostiles al bolchevismo.

Stalin revisó entonces su posición para decir que la autodeterminación debe entenderse no como la autodeterminación de la burguesía, sino como la de los trabajadores. En otras palabras, a menos que estos nuevos gobiernos sean dependientes y subordinados al poder central estalinista, no se les concedería forma alguna de autodeterminación.

Escribe Trotsky: … la población de Georgia, casi enteramente campesina o pequeñoburguesa, se resistió vigorosamente a la sovietización de su país. El 11 de febrero de 1921, destacamentos del Ejército Rojo invadieron Georgia por órdenes de Stalin, quien parecía haber olvidado que el 7 de mayo de 1920 Lenin y los bolcheviques habían reconocido la independencia de Georgia y concertado con ella un tratado. Sigue Trotsky: … contra la voluntad de Lenin, por su propia iniciativa, Stalin realizó la stalinización de su país natal… organizó la expedición a Georgia desde Moscú, y desde allí mismo la dirigió. A mediados de julio de 1921 entró personalmente en Tbilisi, como conquistador. Más de 300.000 georgianos fueron asesinados en este proceso sangriento.

Los acontecimientos que hoy ocupan la atención mundial tienen entonces larga data y son una herencia macabra del centralismo autoritario. Los georgianos sufrieron el despotismo irresponsable de la burocracia estalinista que, en su afán de resolver brutalmente la cuestión nacional, no tuvo empacho alguno en “anexar” a Georgia a los Osettos del Sur y a los Abjasos, quienes hoy reclaman su propia autonomía. Cualquier similitud con las proclamas del estalinismo criollo sobre el derecho de autodeterminación para nuestras “36 naciones” y la historia de violencia separatista que nos espera si no cumplimos… no es pura coincidencia (¡!).

* Senador por Podemos

rrbw2005@gmail.com