Gonzalo Chávez A.*
En este domingo de inflación elevada, en lo que va del año ya estamos en 7,49 por ciento, me tomo la libertad de abrir los laberintos del alma de un economista, aunque muchos creen que nosotros en vez de espíritu tenemos una ecuación matemática o un ajayu pavimentado de insensibilidad. Falso de toda falsedad.

En realidad, los economistas somos muy poco comprendidos en este valle de lágrimas en que se ha convertido el mundo y, en particular, Bolivia. Somos objeto de incomprensiones ponzoñosas y viles indiferencias. Se nos atribuye frialdad y racionalidad tanto en nuestros análisis como decisiones. Mujeres y hombres sin músculos en la cara, dicen algunos, y los más radicales nos llaman cara de kullos. Pero se equivocan redondamente. Podemos ser seres tiernos, sensibles e inclusive románticos. ¿Quiere despertar el espíritu afectivo de un economista? Pues, le debe hablar en su lenguaje, sintonizarse con su karma cósmico o con su línea ideológica. Veamos algunos piropos que pueden doblegar hasta a los más duros, inclusive si son neoliberales. “A pesar de más de dos años de inflación, aún continúo en tu curva de oferta”; o podría decirle: “Ud. elevó mi tasa de interés sin que esto signifique una reducción en el entusiasmo de mi consumo”. ¿Le apetece algo más picante?: “Tus manos invisibles equilibran mi oferta y demanda”. O, algo dulcemente keynesiano para la medianoche de un viernes de debate: “Tú despiertas el espíritu animal que vive en mí”. Suena algo cursi, pero es eficiente. Los economistas neopopulistas, ahora en el árbol del poder, son más blandengues a los halagos. Se les chorrean las medias si se les dice: “No sabe el estado en que me ha dejado tu estado”. Se les infla sus pechos de bronce como humintas recién horneadas frente a un: “Si cocinas como gastas, ¡qué barbaridad!”. Algo más contundente para un economista en trance revolucionario es: “Tu inflación me es diferente, seguí gastando nomás tu platita venezolana, a ver si doblegan mis curvas”.

A pesar del cariño que uno puede recibir de la gente, no es fácil ser un economista, especialmente si está en función de gobierno. Imagínese pasarse la vida entera haciendo suposiciones sobre casi todo. Supongamos que la inflación está bajo control, conjeturemos que el crecimiento económico está aumentando, presumamos que el Gobierno entiende cómo resolver los temas de empleo. O haciendo previsiones que tienen que revisar a cada rato. Poniendo una cara sobria, firme y tiernamente revolucionaria, necesaria para tener la cre-di-bi-li-dad; “este año la inflación no pasará del 6%, sin duda alguna. Si no me cree, escúpame la cara!”. Unos días después, con la misma cara y sin ponerse rojo, enfrentando un collar de micrófonos y con aire de calvo solemne, dice: “Con seguridad este mes la inflación no llegará al 1%, porque vencimos a los oligarcas de la papa”, y así sucesivamente. O lo que es peor, anunciando medidas que sólo hacen crecer las propagandas oficiales: la deuda pública está bajando, cuando en realidad ocurre lo contrario. La inversión en el sector hidrocarburos está garantizada, cuando en realidad faltará energía y cada vez le vendemos menos gas a Argentina. Los economistas, en el árbol del poder, son los reyes de las predicciones chutas; compiten con los meteorologistas. Inclusive cuando proporcionan un número de teléfono dan una estimativa.

Ahora, hay que reconocer que, en general, los economistas nos ganamos la vida poniendo el sentido común de las personas en funciones matemáticas. Sofisticando, muchas veces artificialmente, el cotidiano de compras y negocios de la gente. El soltar algunos latinajos, como ceteris paribus, y hablar en difícil: el crecimiento estacionario depende de la productividad de los factores, son signos de estatus y/o una confesión velada de lo poco que entendemos la compleja realidad social y económica que nos rodea. Cargamos la pesada cruz de creernos dueños de la verdad, especialmente aquellos que están en el comando del Estado. Por algo se dice que donde hay dos economistas existen tres opiniones. Todo para confundir al enemigo.

Para terminar una historia, se cuenta que cuando Albert Einstein murió, se encontró en la cola del cielo, ante las puertas de San Pedro, con tres personas. Para pasar el tiempo, preguntó cuáles eran sus coeficientes de inteligencia. El primero dijo 190. “Maravilloso, podremos discutir la contribución de Niels Böhr a la estructura del átomo y los efectos gravitatorios a nivel cuántico”. El segundo respondió 150. “Podremos hablar del calentamiento del planeta y de la legislación necesaria para evitar el deterioro de la capa de ozono”. La tercera persona balbució despacito 50. Einstein dudó un momento y luego añadió: “Bien, señor ministro: ¿cuál es su previsión para el déficit presupuestario del año que viene?”. ¡Qué ingratitud!, esto sí hiere la sensible y delicada alma de un economista.

*Gonzalo Chávez A.
es economista.