Luz Aparicio de Fuentes (*)

Cuando rendimos culto a la Patria, por las heroicidades de sus hijos en la guerra, surgen nombres de guerrilleros ilustres que se enfrentaron al enemigo y les dieron muerte o murieron.

Los sobrevivientes tarijeños fueron pocos; uno ellos don Pedro Antonio Flores que honró con su sangre las batallas del sur. Terminó sus días trabajando como funcionario de correos en nuestra capital; pobre, viejo y solitario, y con una temible frustración humana porque los arribistas del Gobierno le negaron una decorosa pensión. Este no es un caso aislado. Algo semejante sucedió en la ciudad de los cuatro nombres. La Capital de la República, negó a los amigos de Juana Azurduy de Padilla incluso que una banda de música despidiera sus restos mortales, la Varona: vencedora de batallas memorables como Tocobamba, Quilaquila, Potolo, riberas del río Grande, los Guayabos, a las que siguieron Pocota, Tarvita, Las Carreras, Laguna y otras tantas, tuvo que ganarse la vida- lograda ya la Patria con su espada- como portera de una escuela chuquisaqueña. ¡Ah injusticia que desvaloriza la grande humana!

En Tarija, se recuerda algunas pocas veces- y de paso- a María Salomé Ibárbol, la zagala que acompañó un tiempo a nuestro guerrillero mayor Eustaquio Méndez Arenas y, a Maria Estefanía Rojas que vivió el horror de las contiendas como segunda esposa del hombre de Chocloca, El Campanario, Salta, Tucumán, de Pilaya, Guerrahuayco, La Tablada…

Sería una estulticia de baja estopa creer que las esposas del guerrillero no tuvieron el alma en vilo y sufrieron persecución por los realistas, mientras El Manco infinito, se jugaba la vida por la Patria.

Pocas veces se habla de doña Tuna Valverde, heroica mujer de Tarija que se enfrentaba a los godos para hacerles sentir el peso de su coraje.

Realmente, hiere nuestra sensibilidad, el olvido de tantas heroínas y sacrificadas mujeres de la historia de los 15 años de lucha contra los invasores. Por ejemplo ¿Quién era y cómo fue la vida de la esposa de Manuel Rojas? ¿Cuánto tuvo ella que soportar la pérdida del esposo en la batalla de Las Barrancas, a manos de las tropas del General Olañeta? ¡Oh terrible día ese que expusieron en la Plaza de Armas el cadáver de su marido durante muchos días! ¿Qué fue de las madres, esposos e hijas de los guerrilleros cuyas cabezas fueron cercenadas por los invasores? Lavín y sus huestes malvadas las arrastraron por las calles de Tarija, -amarradas a las monturas de los corceles “moros”.

¡Cuanta crueldad la de los españoles quienes hicieron trotar desnuda, por las calles de La Paz, a Simona Josefa Manzaneda, luego de hacerla flagelar por los soldados del Rey…

Lucía Ascuy vio decapitada a toda su familia. Así la enfrentaron a la muerte para que vea que “españoles son invencibles”… Es de no acabar tanto amor a la Patria, tanto sufrimiento por ella y luego, tanta ingratitud en su olvido.

¡Que importante sería que algún tarijeño o tarijeña se ponga en la tarea de conocer referencias de tanto dolor, sufrimiento e ignominia sufrida por las madres, las esposas y las hijas de Manuel y Francisco de Uriondo, de María Avilés, de Ramón y Manuel Rojas, de Antonio Flores, de Ignasio Mendieta, del os hermanos Clodomiro, Mariano y Saturnino León, de Matías Garay, de Francisco Guerrero, de Manuel Sánchez y de otros. ¿Qué destino tuvieron después del sacrificio de sus hombres? ¿Hubo alguien que las ayudó en su soledad o en la viudez de las conyugues de los conyugues de los caídos? Quizá les ocurrió algo similar al caso de doña Juana Azurduy, la cual vivió, sus últimos años en la indigencia. ¡Nada que las socorra en su abandono! (Cuando Juana murió solo la acompañaron al cementerio cuatro indios que cargaban su caja mortuoria. En tanto los libertos estaban festejando las glorias de la historia del 25 de mayo de 1809…

-¡Por las calles desiertas de la ciudad, pasó el séquito, apenas con un manojo de claveles sobre la madera sin lustre!

Este 15 de abril que recuerda su par del 15 de abril de 1817, tengo algo que decir transcrito de un libro de mi autoría (**)

“Estas tierras son gajos de un mismo tronco. Se hermanaron en el Kollasuyo, sufrieron un solo dolor en el Coloniaje. Si todo nos une, ¿Por qué separarnos ahora? ¿No luchamos junto a los Padilla, a los hermanos Lanza, a las mujeres de Cochabamba, a Rojas y Uriondo? ¡Caso no nos dolió, por igual, la horca ignominiosa o no sangramos con los degüellos bárbaros de nuestros coterráneos?”

Ha llegado el tiempo de reparar injusticias con nuestros héroes y heroínas y, para ello, se hace irrecusable investigar seriamente nuestro pasado Saquemos, pues del olvido, las imágenes señeras de quienes murieron para que nosotros seamos libres.

De no ser así, no merecemos ser hijos de los Guerrilleros de la Independencia de la Patria.

(*) La autora es profesora y escritora.

(**) Ob. Cit. “La Eternidad Doliente” Primer Premio del Concurso Nacional de homenaje al Bicentenario del Nacimiento de Don Eustaquio Méndez Arenas, efectuado en Tarija, en 1984. Edit. CODETAR-UNICEF