Agustín Echalar Ascarrunz*

Que Chávez le diga demonio a Bush, que declare que éste huele a azufre, es hasta folklórico, e inclusive se le puede acompañar con una sonrisa, sobre todo porque como los gringos lo ven con una condescendencia que hasta insulta, las consecuencias de esos exabruptos son irrelevantes. Que arme quilombo con Zapatero, que insulte a Aznar hasta enojar al Rey de España, es, realmente, para anécdota.

Pero lo que ha sucedido en las últimas dos semanas no tiene disculpa. La comunidad sudamericana tiene que estar indignada con un irresponsable que ha puesto a la región en vilo. Un desgraciado, un maldito, en el verdadero sentido de la palabra, que ha estado a punto de iniciar una guerra que pudo haber ensangrentado al continente.

Vayamos por pasos. Independientemente de que Colombia ha violado la frontera con el Ecuador, lo cierto es que no atacó a ese país y no le melló la soberanía en nada; si hay alguien que está mellando la soberanía ecuatoriana, esos son los comandos de las FARC que, por su sola presencia, están cometiendo un delito en ese país. Colombia se ha disculpado desde el primer momento por haber cometido un abuso que sólo era formal, ante una amenaza que es real.

Chávez, por su parte, ha movilizado tropas para amedrentar a Colombia. Si el Mandatario colombiano fuese del mismo calibre que su par venezolano, se hubiera dado una guerra, como muchas de las que se dieron cuando el mundo era menos civilizado y estaba gobernado por caudillos tan bárbaros, aunque eventualmente menos parlanchines que el llanero.

Alguien podría decir que la movilización de las tropas venezolanas sólo fue de mentiritas; y puede que sea verdad. Al fin de cuentas, Colombia no cambió su discurso, se disculpó como el primer día y no pasó nada. Pero eso, precisamente, demuestra la mentalidad terrorista, la mentalidad desestabilizadora de este personaje que tiene más poder que el que conviene a la patria grande latinoamericana, como la llama un tanto ingenuamente doña Cristina Fernández. Jugar con la idea de una guerra, movilizar tropas, es jugar con vidas humanas; y, en el caso de Chávez, pone en evidencia la peor parte de su amaestramiento como militar. Chávez es un problema, no para los EEUU sino para Latinoamérica, por ser esa combinación de líder mesiánico, ególatra angurriento de poder y para colmo milico. Y casi puedo vaticinar que su actuación, y las desgracias que traerá a la región, terminarán reivindicando hasta a los que pretendieron sacarlo del poder hace siete años. Tal vez se los recuerde de la misma manera como se recuerda hoy al grupo de personas que atentó contra la vida de otro personaje, nacionalista y socialista, que hablaba sin parar y que pensó que su reino duraría mil años.

*Agustín Echalar
es periodista independiente.