(Solo tendrá sentido el “dialogo” - si además de abordar la crisis política - resuelve la inflación, la desagregación social y la des-institucionalización; factores que combinados, están impidiendo enfrentar con posibilidades de éxito, los problemas estructurales de la sociedad boliviana)

Por: Eduardo Campos V. (*)

En enero del 2006, cuando Evo Morales asumía el gobierno, era impensable suponer que la sociedad boliviana – en estos 2 años y algo más - acabaría como está. En aquellos días se hablaba de cambio, de superación de las prácticas políticas del pasado, del inicio de un nuevo ciclo. Sin embargo, lo que se ha venido haciendo en el transcurso de este tiempo, ha sido precisamente lo contrario. Se comenzó por exacerbar las contradicciones sociales, étnicas y regionales, agudizando la división y los niveles de desagregación social. Al mismo tiempo se impulsó una arremetida contra la institucionalidad a título de la “descolonización del estado” desestabilizando a las principales instituciones, como el Tribunal Constitucional, el Poder Judicial, el Congreso, la Corte Nacional Electoral e incrementándose el manoseo y manipulación de instituciones como la Policía Nacional y el Ejército.

Paralelamente - utilizando el escenario de la constituyente - el gobierno ha intentado imponer una constitución sesgada por una visión excesivamente etnicista que pretende consolidar un estado centralista, de economía endógena, con un alto control presidencialista. Claramente se trata de una “visión de país” revanchista, excluyente y anacrónica (de espaldas al siglo XXI), contraria a las tendencias democrática actuales, de mayores niveles de descentralización del estado. Esta visión, al no alcanzar el consenso necesario (los dos tercios) recurrió de manera flagrante a la utilización de métodos y medios arbitrarios e ilegales que han acabado aprobando de una manera atropellada, lo que se conoce como la constitución del MAS.

Por si fuera poco, desde el ejercicio del gobierno (las políticas públicas), se han generado un conjunto de condiciones que han abierto las puertas a un proceso inflacionario que amenaza por desmoronar la estabilidad económica que hemos gozado por más de 20 años. Al respeto, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) a febrero de este año (según el informe del INE), señala que se ha alcanzado el 3.74% (la mitad del porcentaje estimado por el gobierno para toda la gestión) y, que la inflación acumulado a doce meses (de febrero del 2007, a febrero del 2008) es de 13.32%. Claramente se trata de un proceso inflacionario que tiene como sus causas fundamentales, un aumento de la sobre oferta monetario por el excesivo gasto corriente, el incremento de remesas de exterior y el resurgimiento del narcotráfico. Sin embargo, el gobierno - como en otros temas – prefiere recurrir a explicaciones de conveniencia; es así que según ellos, la inflación se debe a los efectos de la dinámica económica mundial, los impactos de los fenómenos climatológicos e incluso, la especulación de empresarios cruceños.

Ese es el estado de situación que ahora merece soluciones y no se trata, como algunos jerarcas del gobierno sostienen, que el dialogo debe limitarse a superar uno u otro factor de la crisis por separado. Es la combinación explosiva de todos estos factores, la que peligrosamente no pone al borde del abismo. No se trata de superar la crisis política, “compatibilizando” el proyecto de constitución del MAS y los estatutos autonómicos de la regiones; no se trata de enfrentar la inflación, mejorando el control de precios con medidas policiacas; no se trata de “declaraciones” de buena voluntad que bajen el animo de convulsión social. De lo que se trata es de enfrentar el conjunto de problemas de la coyuntura que nos impiden abordar eficientemente la resolución de los problemas estructurales de la sociedad boliviana.

Bolivia, como sociedad, tiene problemas estructurales no resueltos, que combinados con los coyunturales, complican aun mas la situación. Como lo vienen repitiendo todos lo informes referidos a la realidad del país, Bolivia tiene en la pobreza, la desigualdad, la baja producción y productividad y, una precaria inserción a los circuitos económicos mundiales, sus principales retos que debe superar para aproximarse al desarrollo.

Como están las cosas, el “dialogo” se constituye en una de las últimas esperanzas por superar ordenadamente los factores que nos impiden enfrentar el futuro y el inevitable fracaso de la gestión del gobierno de Evo Morales. Solo tendrá sentido el dialogo - si además de abordar la crisis política - resuelve la inflación, la desagregación social y la des-institucionalización; mismos que combinados, están impidiendo enfrentar con posibilidades de éxito, los problemas estructurales de la sociedad boliviana. Como dice el refrán: “a grandes males, grandes soluciones”

*) Director A. C. Cramer
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