(La fiesta – a diferencia del poder – es de todos; en ella se funden las expresiones más contradictorias y se construye una identidad colectiva)

Por: Eduardo Campos V. (*)

Es frecuente referirse a la fiesta como una actividad banal, poco seria incluso perjudicial. Se dice que es una manera de perder el tiempo y postergar los asuntos importantes. Esos criterios - aparentemente “responsables y serios” - olvidan que la conducta humana esta llena de misterios y contradicciones. A pesar de las dificultades de la vida, la mayoría de las personas no dejan de confiar en un futuro de felicidad. Y es que el hombre (como especie) asume su existencia en un plano corto, el cotidiano, el del sacrificio, de la entrega, la dedicación y, otro largo, uno estratégico, el de la realización, del éxito, de felicidad. La fiesta, es el puente entre un escenario y otro, es lo que le permite “esperar” que las cosas no sean siempre como son, sino mejores. La fiesta es la expresión de esa ilusión de confiar en la bondad de la vida.

Es en la fiesta que la vida cotidiana, se reconcilia con la esperanza de un futuro mejor. Festejar es la expresión de que nunca se pierde por completo la felicidad. Vivimos tiempos difíciles, no hay duda; sin embargo, todas las generaciones siempre han creído que sus tiempos son los peores. Antes y ahora, es una pesadumbre no saber que pasará mañana. La fiesta rompe esa monotonía de todos los días, esa carga que nos hace responsables de nosotros y de los nuestros, esa incertidumbre del futuro.

Pero si en el plano psicológico, la fiesta nos aporta ese entusiasmo existencial de vivir; en el plano social, nos encuentra con los otros, con los distintos. La fiesta permite reconciliarnos con nosotros mismos, a la vez que nos acerca a los demás. La fiesta a diferencia del poder, nos acerca y es de todos. Mientras cotidianamente nos disputamos el poder, en todas sus formas y con todo lo que ello representa; en la fiesta nos encontramos, nos complementamos. Por ello las disputas y enemistades son ajenas a la fiesta o por lo menos, no tiene posibilidad de inundarla.

La música, la danza, la alegría, la amistad, la ropa especial (el disfraz, la careta) se complementan para expresar un discurso de amabilidad, una predisposición de agradar, de invitar a la celebración, de incluir. No hay nada más renovador para el ser humano que la fiesta. Diríamos que es pedagógica, porque esa ilusión, que supone celebrar un futro de felicidad, de dar una bienvenida a la vida que nos espera, debiera enseñarnos también a enfrentar la vida cotidiana.

Celebrar es la capacidad de distinguir entre la realidad y los sueños. Una casi siempre pesada y agobiante y la otra, llega de esperanza. Sin los sueños, sin la esperanza, la vida fuera casi un castigo. Es la fantasía creadora de los sueños del hombre que le abre una ventana distinta a la realidad, haciendo sostenible el futuro.

La fiesta por lo tanto, así como nos redime en el plano individual, lo hace también en el plano social y cultural. Es en ella que se encuentran las expresiones más contradictorias y construyen una identidad colectiva. Lo estrictamente estético, la danza, la música, las caretas y los trajes, son la construcción colectiva que expresa la identidad de todos. En ellas se funden valores, hábitos, costumbres, culturas, expresiones que difícilmente podemos identificar de donde provienen. El antruejo es el producto del encuentro, al que todos llegan movidos por su voluntad de integrarse y del que salen mezclados en una identidad común.

Los soportes del acontecimiento, el patronazgo religioso o las visiones mitológicas que convocan a la fiesta, por más relevantes que sean, casi siempre pasan a un segundo plano. Es el espíritu, el alma de los seres que se internan en la fiesta, lo que acaba entremezclando lo pagano y lo religioso, haciendo de sus contradicciones más profundas, elementos de encuentro, de complementación, de otredad, de buenos deseos.

Esa es la fiesta, por ello nuestra fiesta - la gran entrada de carnaval de Oruro - la que ayer fue una celebración de unos cuantos (recorriendo las calles marginales de la ciudad) hoy es Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Ella nos recuerda que hay siempre una reserva emocional que nos permite mirar con optimismo el futuro. Bienvenido el carnaval.

*) Director A. C. Cramer
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