Jugar a ganador
el 4 oct En: POLITICA Y DEMOCRACIA - sin comentarios

Juan L. Cariaga*
Lo hemos dicho tantas veces a través de esta columna. El Movimiento al Socialismo (MAS) pudo haber logrado un gran gobierno, sobre todo, un gran gobierno de unidad nacional. Contaba con el apoyo de la clase media, cansada de la corrupción y del mal manejo de los políticos; gozaba de la simpatía internacional, incluyendo la de los Estados Unidos de Norteamérica; recibió una economía saneada, después de 22 años de estabilidad; se benefició de la favorable coyuntura internacional que le produjo importantes ingresos y superávits a las finanzas públicas del país; y, lo más importante, había generado una gran expectativa entre los bolivianos por lograr días mejores para Bolivia.
Sin embargo, a pesar de estas inmejorables condiciones de gobernabilidad, el gobierno del MAS hizo todo lo posible por alienarse y enemistarse con todos los sectores, los agentes económicos, los países amigos y sus instituciones que, sin lugar a dudas, habrían contribuido a conformar ese gran gobierno de unidad nacional.
En primer lugar, inició una ridícula política de nacionalización que, con muchos ruidos y pocas nueces, lo único que consiguió fue atemorizar a los inversionistas nacionales y extranjeros, y privar al país de importantes recursos de capital y de mercados de exportación. Lo más grave de todo es que, además, sacrificó insulsamente los pocos recursos que Bolivia había ganado gracias a la coyuntura internacional, para comprar empresas del sector privado, que ya cumplían el propósito productivo para el cual fueron establecidas, en vez de utilizarlos en la reactivación del sector productivo de la economía.
En segundo lugar, inició un duro ataque a la clase media, poniendo en tela de juicio la propiedad privada, particularmente la propiedad de la tierra. Se enfrentó a las regiones, que legítimamente habían ganado el referéndum sobre la autonomía departamental. Intentó vanamente “chicanearles” las regalías que por ley les correspondía. Abrió una lucha frontal contra todos los prefectos que no respondían a su línea partidaria. Por último, se ensañó con la prensa y los medios de comunicación, acusándolos de no acompañar el cambio, cuando nadie está obligado a hacerlo, a no ser de que éste sea aprobado por dos tercios de la Asamblea Constituyente.
No contento con esto, se enfrentó a la Corte Suprema de Justicia, al Tribunal Constitucional, al sistema regulatorio y a todas las instituciones que defienden la democracia. Lo hizo también con la Iglesia y las universidades, intentando poner en práctica una nueva reforma educativa de corte laico y con sesgos de tipo sectario, en un país donde el 80 por ciento de la población profesa la religión católica y respeta la tradición de sus enseñanzas desde hace muchísimos años.
Paralelamente, buscó como aliada a la República Bolivariana de Venezuela, el Gobierno más corrupto en América Latina, según Transparency International, al que sólo le siguen en este dudoso mérito, el Gobierno de Bolivia y el de la República Argentina. Para rematarla, con bombos y platillos, también ha establecido una nueva relación con Irán, el país más repudiado internacionalmente por sus amenazas en el uso de armas de destrucción masiva y su falta de respeto a las normas más elementales de la democracia.
Por último, aunque no menos importante, el gobierno del MAS ha incrementado significativamente las exportaciones de coca de Bolivia que, según Naciones Unidas, representan la tercera exportación más importante del mundo en este rubro y que, además, como se sabe, se utiliza casi en su totalidad para producción de cocaína. No cabe duda que estas acciones, junto a la alianzas conformadas con Irán y Venezuela, le restarán al gobierno del MAS toda la simpatía mundial que hasta el momento ha recogido y que lamentablemente la podría perder. Al parecer, lo que está haciendo el gobierno del MAS es jugar a perdedor, cuando este movimiento y el propio país, podrían haber ganado tanto de todos los vientos favorables que soplaron a su favor.
*Juan L. Cariaga
es economista y escritor.
Democracia, Equidad y Desarrollo


















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