Xavier Albó *
En vísperas de la nueva Constitución, unos piden treinta y tantas lenguas oficiales, otros siguen aferrándose a sólo el castellano. Bailan las cifras, distorsionadas a veces en busca de titulares sensacionalistas a favor de una u otra causa.
Comparemos ante todo cuántos, según el censo del 2001, dicen hablar una determinada lengua (dato que se preguntó a todos), y cuántos dicen pertenecer a cada pueblo (dato que, lamentablemente, sólo se preguntó a los mayores de 15 años). Ver cuadro.
Primera consecuencia: la tendencia es que todos, sean o no originarios, vayan sabiendo castellano.
Segunda: la lengua no es lo que define si alguien se siente o no miembro de un pueblo, sobre todo en muchos pueblos minoritarios de tierras bajas y en generaciones jóvenes urbanas. Es un indicador importante entre quechuas y aymaras, es menos definitorio entre los guaraníes y varía mucho de uno a otro pueblo minoritario de las tierras bajas. Por ejemplo, la hablan el 100% de los ayoreos y weenhayek, pero sólo el 6% de los moxeños y el 2,4% de los chiquitanos. Y, por otra parte, el 21% de los que dicen no pertenecer a ningún pueblo originario saben hablar su lengua. Yo soy uno de éstos, lo que me permite comunicarme con muchos más bolivianos.
¿Qué entonces de las lenguas oficiales? Para responder, debemos recordar que una lengua cumple siempre dos funciones: Primera: la expresiva, es decir, la propia lengua es fundamental para poder expresar bien lo que sentimos y llevamos dentro. Por ello, es también uno de los símbolos más poderosos para expresar la identidad de un grupo. Segunda: la capacidad de comunicarnos con otros de manera eficiente. Por su primera función, es indispensable que nadie ni ningún pueblo quede discriminado por la lengua en que nació, vive y mejor se expresa. Por la segunda, es necesario que seamos capaces de comunicarnos en alguna lengua común. Por eso también queremos aprender inglés, sin que por ello seamos ni queramos ser ingleses.
El carácter de lengua oficial (o no) tenemos que verlo también de acuerdo a esas dos funciones, de lo que surgen tres propuestas:
1) El castellano debe ser oficial en todo el país por ser la lengua principal en que se expresan buena parte de los bolivianos y por ser además la lengua que permite comunicarnos más eficientemente entre todos dentro y hasta fuera del país. Por eso, aun siendo una lengua traída por la Colonia, los mismos pueblos originarios exigen que se la enseñe a sus hijos y protestarían si se les negara tal derecho.
2) Los idiomas originarios deben ser también oficiales en aquellos ámbitos, grandes o chicos, en que más se hablan. Allí cumplen mejor la función expresiva sea por ser la lengua que allí más se habla o también (siquiera) porque les da un poderoso símbolo propio. Me impresionó cómo, durante la Reforma Educativa, en una Gran Asamblea de los Pueblos Indígenas del Oriente hasta el pueblo más minúsculo reclamó que se declarara “oficiales” a sus alfabetos. Para varios de ellos, que ya poco hablan su lengua, ese reclamo se refería a esa función expresiva, manifestada siquiera en el manejo de ciertas expresiones de la lengua ancestral casi perdida. En muchos de ellos, es probable que cumplan además mejor también la función comunicativa.
3) Pero el quechua y aymara deben ser oficiales también a nivel nacional, por ser la lengua de al menos 5% de la población en el 90% de los municipios (en los nueve departamentos).
¿Implica escribir ya todo documento oficial en todas las lenguas? No. Pero sí, iniciar un proceso para que, de forma creciente, cada pueblo y lengua tenga los oficiales públicos necesarios para que la gente se pueda expresar y comunicarse en ella.
*Xavier Albó
es antropólogo lingüista y jesuita.