La inflación de lenguas
el 20 jul En: ECONOMIA Y SOCIEDAD - sin comentarios

Gonzalo Chávez A.*
Desde hace mucho tiempo que no se hablaba tanto sobre inflación. Si el río suena es porque piedras trae, dice un viejo dicho popular. Autoridades gubernamentales, economistas y opositores han esbozado varias explicaciones para justificar la subida de precios. Algunos cargando las tintas para ver el retorno del monstruo de la hiperinflación de los años ochentas, y otros minimizando el problema viendo tanto sólo inocentes movimientos de precios relativos. Pero sin duda, todos contribuyendo a avivar las expectativas inflacionarias en el país.
Las disquisiciones sobre el salto de precios son diversas. Por un lado están los choques de oferta, como el fenómeno de El Niño y/o los bloqueos de caminos que impidieron que algunos productos lleguen a los mercados, escaseen y, por lo tanto, suban de precio, coyunturalmente dice el Gobierno. También se ha mencionado que existe un componente importado en la inflación nacional, como es el caso del encarecimiento de la harina, ingrediente fundamental de nuestro pan de cada día. Por el lado de la demanda, se dijo que el crecimiento de las exportaciones y los mayores ingresos de remesas incrementaron, vía Bolsín, el circulante en bolivianos, hecho que también presiona los precios hacia arriba.
Los diagnósticos son correctos, pero incompletos. Falta decir que en las últimas semanas se produjo un rebrote de las expectativas inflacionarias, las ideas que tienen las personas sobre el futuro de los precios. Es la dimensión sicológica de la economía. Conceptos como confianza, credibilidad, miedo, reputación y expectativas se convierten en elementos centrales para quienes hacen negocios, gobiernan y consumen.
El avivamiento de las expectativas inflacionarias fue provocado, aunque no exclusivamente, por la locuacidad de ciertas autoridades gubernamentales. Salieron a justificar la inflación: el Ministro de Hacienda con su teoría de la yuca, el Ministro Planeamiento que decidió meterse con la canasta de las amas de casa, y un par de viceministros que se enredaron en tecnicismos. Hasta el Ministro de Gobierno hizo declaraciones buscando reprimir la subida de precios. No faltaron sendas declaraciones de senadores y diputados sobre el asunto. Sólo al final de la competencia de oratoria salió a la cancha el Banco Central (BC) que por ley está obligado a defender la estabilidad y es la institución que técnicamente conoce del asunto.
El Presidente también dijo lo suyo. Primero, estableciendo, desde una concentración política, una nueva meta de inflación: seis por ciento, y después volvió sobre sus pasos y dijo que no había inflación sino reajuste de algunos precios. Hasta ahora no entendí lo que quiso decir. Lejos de mi querer coartar la libertad de expresión, pero en un asunto tan delicado como la inflación, las declaraciones improvisadas, los dimes y diretes oficiales, sólo contribuyeron a colocar leña seca al fuego de las expectativas inflacionarias y de dejar medio abollada la credibilidad del manejo de la estabilidad por parte del BC.
Una verdadera inflación, pero de lenguas. También, la oposición perdió una gran oportunidad para quedarse callada. Buscó de manera bastante primitiva e irresponsable similitudes, del actual proceso inflacionario, con el periodo de Unidad Democrática y Popular (UDP).
Existen dos explicaciones sobre este fenómeno psicoeconómico. La teoría de las expectativas adaptativas y formación de las expectativas racionales. Las primeras se forman cuando las personas adivinan la inflación futura, mirando al pasado reciente. Por ejemplo, la inflación en los años 2005 y 2006 fue menor a cinco por ciento, por lo tanto, en el periodo que transcurre la subida de precios no debería pasar de este valor.
La teoría de las expectativas racionales supone que los actores económicos saben leer las señales que viene de la economía, de las políticas públicas y de las declaraciones del Gobierno. Es a partir de esta información que predicen cuál será la inflación venidera.
El Gobierno puede controlar las expectativas construyendo reputación, credibilidad y confianza a través de un Banco Central independiente y políticas predecibles sobre el manejo del tipo de cambio o estableciendo metas de inflación creíbles. En enero, la autoridad monetaria informaba: este año los precios subirán, en promedio, en un cinco por ciento. Con estas reglas de juego y objetivos, las personas confían en la palabra de la autoridad monetaria y realizarán negocios y contratos.
El reverdecer de las expectativas inflacionarias en Bolivia tiene algo de ambas teorías mencionadas. En la memoria larga de los bolivianos aún está presente el trauma de la hiperinflación que alimenta los miedos actuales. También se produjo una erosión parcial de la credibilidad de la actual administración en el manejo de la inflación debido a un manejo comunicacional poco cuidadoso y confuso. Además, la falta de liderazgo en el equipo económico, la amenaza de aumento de los precios del pan, el clima de enfrentamiento latente, la escasez de energía, la falta de claridad en la política económica, la intensificación de los conflictos sociales, la politización de los temas económicos también contribuyeron a alimentar el fuego de las expectativas.
La inflación es el impuesto más regresivo, no perdona a nadie y afecta a la gente más pobre. Existen causas reales que explican la subida de precios. Pero las autoridades gubernamentales deben ser más cuidadosas con el manejo de las expectativas de la gente, este campo es muy sensible y no funciona en base a las consignas, las explicaciones mal hechas, las acusaciones, las contradicciones o amenazas.
*Gonzalo Chávez
es economista
Democracia, Equidad y Desarrollo


















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