Amarrando identidades
el 20 jul En: SOCIEDAD Y CULTURA - sin comentarios
Carmen Beatriz Loza
En este mismo espacio, hace 15 días titulé un artículo “Anudando identidades”. El Gazapo, proverbial duende de los periódicos, cambió la d por una l y el artículo resultó llamándose “Anulando identidades”: exactamente lo opuesto a lo que yo decía en el texto. Aprovecho esa travesura del duende para retomar el tema de las identidades, que levanta tinta siempre, pero particularmente en estos tiempos en los que identificación étnica y política andan tan de la mano.
Franz Tamayo se decía indio, negando enfáticamente que fuera cholo. ¿En qué se basaba? ¿Esa autoidentificación era creíble para la sociedad de la época y para los círculos intelectuales en los que se movía el gigante Tamayo, que combinaba con exquisitez y extravagancia la estética andina con los valores de la cultura griega? Eran los mismos época, sociedad e intelectuales que abominaban de lo cholo, por considerarlo una mezcla infame de sangres (mestizaje), amalgama de malos hábitos, que reunía lo peor de blancos e indios. No había peor insulto que decir de alguien que tenía “un cholo proceder”. Cholo expresaba la denostación del mestizaje, pero en buenas cuentas es lo mismo.
En la colonia mestizaje se refería a mezcla de españoles con indios o negros. Ahora evoca el encuentro de lo diferente y produce algo distinto a su vez. Esta definición se hace cargo de lo que en asuntos étnico culturales ya es sabido: no hay pureza posible. Que los españoles se dijeran puros, hijos como son de siglos de mezclas por las buenas y por las malas, con fenicios, romanos, judíos y moros, por citar sólo unos cuantos… no pasa de ser un mal chiste. Así es que lo de la mezcla y mestizaje no es novedad ni descubrimiento.
Lo nuevo es que el mestizaje resulte paraguas amistoso y abarcador. ¿Qué ha pasado para que en 70 años transitemos de la denigración de lo cholo a la exaltación de lo indígena y al reclamo de lo mestizo? Quizá la clave esté en la explicación que da Xavier Albó, respaldado con los datos del censo del 2001, del estudio Seligson y la encuesta de Apostamos por Bolivia: “(…) no hay contradicción entre sentirse miembros de un pueblo originario y, a la vez, mestizos y blancos”. La identidad del mestizaje refiere a hibridez, “identidad comodín”, que engloba y no excluye. Por eso resulta cómoda, pero insuficiente.
Entonces ¿dónde está el miedo? En asuntos políticos y económicos, por supuesto. Se dice que los datos censales de autoidentificación son argumento de indígenas para las demandas de cuotas políticas, territoriales y de propiedad de recursos.
Mala noticia para quienes así lo creen, las identidades no son invento de antropólogos, son expresiones individuales y colectivas de reconocimiento y relación de las personas, con censo o sin él. La identidad es importante, y hasta resulta un adorno romántico (si no, pregúntenle a la chola paceña a la que quitaron el cetro por tener trenzas postizas), pero resulta amenazadora cuando va de la mano del reclamo. Las demandas de justicia histórica que, una vez más, estamos enfrentando en Bolivia, no se quedan en lo étnico porque eso está intrínsecamente atravesado por asuntos que expresan poder. Y esto no se resuelve con una declaración de mestizaje, ni de con copamientos étnicos, sino con la asociación de ciudadanos libres capaces de construir democráticamente un proyecto común que sea un pacto político sin exclusión de las diferencias.
*Carmen Beatriz Ruiz
es comunicadora social.
Democracia, Equidad y Desarrollo


















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