Tregua y retorno

Fernando Mayorga*
No acostumbro a escribir sobre el mismo tema después de transcurridos quince días, quizás porque el almanaque se ha inventado para hacernos creer que los días pasan y las cosas cambian. Tampoco me gusta ejercer de escribidor monotemático, eso que le llaman analista con complejo de forense de nuestros males políticos. Debe ser por el ch’aqui de Carnaval, por estética o, simplemente, por darles un respiro a los lectores (que a veces se enojan con cierta razón, sobre todo cuando escribo sobre Julio Iglesias). Pero resulta que anoche crucé palabras con un amigo de pseudónimo literario y me quedé pensando en las vicisitudes de nuestra democracia. Sus vicisitudes y aquellos tenues cambios que hacen suponer que no todo está perdido.
No todo está perdido. Unos días antes de la renovación de la presidencia del Comité Pro Santa Cruz y la cantada victoria de Marinkovic, salió humo blanco de la Asamblea Constituyente, como señal de pacificación y establecimiento de una tregua ante la polarización que cimbró el país en las últimas semanas. Signo urgente y necesario, porque el fracaso en torno al Reglamento de Debates no solamente significaba el naufragio de esa institución sino el fracaso de la política por el riesgo de que las disputas en torno a las autonomías —el quid del asunto— se diriman en las calles. La renovación de la directiva cívica cruceña no implicaba, per se, la adopción de una posición más beligerante pero, como estamos sumidos en este juego de espejos teñidos de identidades que exacerban la desconfianza a límites inauditos (camba-colla-croata-k’ara, indio y, en estos lares, otra distinción: k’ochala), las cosas se dirigían a reforzar los prejuicios y detrás de los prejuicios vienen los gritos de combate. Así, pues, hemos retornado a las palabras y, esperemos, a los juicios.
El proceso constituyente ha vuelto a su origen, así sea por unos días. Ha retornado a la búsqueda de un acuerdo mediante la discusión de propuestas, aunque todo parece indicar que la posibilidad de un pacto sustantivo —que todos salgan victoriosos— está cada vez más lejos y debemos contentarnos con el establecimiento de un acuerdo instrumental —que nadie se sienta perdedor—. No está mal para empezar, aunque se hayan consumido más de seis meses en ese innecesario juego que, a ojo de buen cubero, iba a conducir a todos los actores estratégicos hacia el “centro” si primaba la racionalidad. Ocurrió así, más por inercia que por voluntad; pero no está mal, insisto, en que nos hayamos atado (como Ulises) a un mástil (la Asamblea Constituyente) para llegar a buen puerto sabiendo los peligros que acechan y los cantos de sirena que se profieren de uno y otro lado.
Y si el tiempo es y será un factor que constriñe, considero que la dilucidación de un tema —las autonomías departamentales— allanará el camino, aunque el nombre que designa el espacio para ese debate no hace presagiar sino enredos: “Autonomías departamentales, provinciales, municipales e indígenas, descentra- lización y organización territorial”. Sin embargo, son palabras y de las palabras nunca nos cansamos, ni nos cansaremos.
*Fernando Mayorga
es sociólogo.
Democracia, Equidad y Desarrollo


















