Sistema político y partidos

Horst Grebe López*
El desprestigio de la política es el resultado de la conducta de los políticos en el período pasado, que acabó con la pulverización de los partidos y el arrinconamiento de los liderazgos tradicionales, sin que se vislumbre hasta la fecha un esfuerzo de reorganización del sistema de representación ciudadana mediante nuevos partidos. Y está visto que los movimientos sociales carecen de condiciones para reemplazarlos en sus funciones primordiales.
No es necesario aplicar encuestas complicadas para saber que los partidos se ubican entre las instituciones menos apreciadas por la sociedad, pero resulta poco serio imaginar que tal valoración cambiará sin que se produzcan modificaciones sustantivas en el accionar de nuevas organizaciones políticas y sus liderazgos respectivos. La recuperación de la credibilidad ciudadana en tales organizaciones será inevitablemente la obra de nuevos líderes políticos o sencillamente no será.
La construcción del sistema de representación política de una sociedad fragmentada no es por cierto tarea fácil, ni existe receta histórica alguna al respecto. En una coyuntura de renovación de la matriz ideológica del país, no cabe duda de que será la calidad del liderazgo nacional la que deje a la postre su impronta en el resultado final y a lo largo de toda la transición que hemos emprendido.
En tal contexto, ya se pueden identificar algunos hitos importantes. Está, en primer lugar, el debate sobre las orientaciones sustantivas de la nueva Constitución Política del Estado, el cual tendría que facilitar en los próximos meses la explicitación de las diferentes corrientes doctrinales y programáticas en competencia, particularmente a la hora de presentar sus respectivas visiones de país, lo que no es una pura formalidad.
A partir de bases institucionales renovadas habrá que proceder luego a la elección de autoridades en cada uno de los niveles territoriales en que se organice finalmente el Estado, y existe por consiguiente un alto grado de probabilidad de que hasta fines de la década los bolivianos concurran en varias oportunidades a las urnas, y al menos en una de ellas elijan a los titulares de los poderes Ejecutivo y Legislativo a nivel nacional.
Los dirigentes políticos saben esto, y han empezado a actuar en consecuencia. Siendo el MAS el único partido con alcance nacional y una importante base electoral con lealtad a toda prueba, no es de extrañar que sea el primero en desplegar una estrategia que le permita consolidar espacios y además influir sobre la configuración de todo el sistema político. A tal efecto, ya ha designado a los comités cívicos y a los prefectos opositores como la expresión de la nueva derecha, lo cual lejos de ser una constatación fáctica es una expresión de deseos. Así quisiera el MAS, en efecto, que fueran las cosas, y eso podría convenir también a las pequeñas ambiciones políticas que empiezan a tejerse a nivel departamental y buscan establecer alianzas de conveniencia circunstancial.
La suma de ambas cosas no sirve sin embargo para la reconstrucción en forma del sistema político, que tomará sin duda un tiempo considerable. Es por eso precisamente que los primeros pasos deben señalar en la dirección correcta. Aunque ningún proyecto de partido moderno puede concebirse sobre las mismas bases del pasado, tampoco podrán sobrevivir a largo plazo los esfuerzos puramente electorales que carezcan de robustas afinidades doctrinales y lealtades permanentes.
*Horst Grebe L.
es economista.
Democracia, Equidad y Desarrollo


















