Por:Alfredo Gabriel Páramo

Siempre habrá mujeres —seres humanos— dispuestos a correr el

peligro de ir más allá del miedo y la opresión. Sólo dejemos, entonces,

que las brujas nos permitan volar con ellas.

¡Bruja!” Grito, acusación que, aún ahora, lanza la sociedad contra las mujeres que pretenden ser diferentes; insulto irracional, cruel, infamante... Sin embargo, “bruja” bien podría ser sinónimo de libertad, de valor, de pensar, actos que llevaron a muchas brujas a la muerte.

Algunos historiadores cristianos aceptan 500 mil víctimas; antropólogos e historiadores independientes han calculado cifras que rondan los nueve millones. Estos números hablan de genocidio, aberración, sociopatía, del sufrimiento de incontables mujeres quemadas, ahorcadas, torturadas, vejadas y robadas a lo largo de más de 300 años, tanto en la vieja Europa como en la joven América e, incluso, en Asia.

Durante décadas interminables, algunas de las mejores inteligencias occidentales, impresionantes esfuerzos seculares y religiosos, así como las instituciones más prestigiadas dedicaron sus capacidades e inventiva a una actividad netamente asesina: la cacería de brujas.

Pero, ¿quiénes eran en realidad las víctimas, las perseguidas? ¿Qué desencadenó la pesadilla? Un hecho queda claro. Ocho de cada diez personas ajusticiadas por brujería fueron mujeres; contra ellas estaba dirigido todo el odio, toda la furia. Nuestra cultura se ha ido construyendo a base de dicotomías y exclusiones. Fuimos creando estructuras de pensamiento que preconizan la racionalidad como valor supremo. Los bárbaros —esos extranjeros que para griegos o aztecas no hablan, sino ladran— fueron excluidos. También lo fueron, por supuesto, las mujeres. La represión ha sido la respuesta contra las culturas empujadas a la marginalidad, obligadas a crecer de manera subterránea, lo que las hace diferentes, subversivas en cuanto se oponen al orden cultural establecido. A través de los siglos, las mujeres han sido creadoras de cultura, aunque sin reconocimiento oficial.

La antropóloga Evelyn Reed (1905-1979), en obras como The Challenge of Matriarchy, y otros de sus colegas sostienen que fueron las mujeres quienes desarrollaron la mayoría de los oficios indispensables para la vida sedentaria, desde la agricultura hasta la construcción de casas, pero han quedado opacadas pues a diferencia de guerras, conquistas y saqueos, orgullos totalmente varoniles, sus aportes han sido eminentemente pacifistas y civilizadores.

Sin embargo, ni siquiera la reclusión forzosa dentro del ámbito doméstico ha impedido que, en distintas épocas, una cultura femenina oculta tome fuerza y se convierta en un impulso liberador. Éste fue, sin lugar a dudas, el caso de las brujas, quienes ejercieron un amplio saber adquirido por cuenta propia, aplicaron las asombrosas propiedades curativas de las plantas, inventaron sus particulares caminos metafísicos y vivieron sin someterse al yugo de los hombres. Todo esto amenazaba la estructura del poder en una época difícil, en la que toda mujer debía estar custodiada por un varón en casa, por un señor absoluto en la sociedad y un padre en el cielo. Ellas -curanderas, parteras, hechiceras- lanzaban un desafío intolerable al orden establecido.

El nazismo, esa nauseabunda aberración en la historia, vivió de la consigna “repite una mentira mil veces y se convertirá en verdad”. Eso fue, precisamente, lo que ocurrió con las mujeres. Los hombres resentidos lo repitieron hasta que se convirtieron en demonios, en amantes de Satanás. La muerte, la peste, el mal clima, las cosechas pobres, el fracaso en las guerras, todos los errores y tragedias, comenzaron a atribuírseles. Los tribunales civiles y eclesiásticos idearon torturas físicas y psicológicas con el propósito de quebrantarlas.

Las brujas podían ser increíblemente bellas o estremecedoramente feas; cualquier pretexto era válido para desencadenar la furia. Erica Jong, al final del poema For all those who died (Witches, 1981), resume el drama:

el pecado de haber nacido mujer

que es más que la suma

de sus partes

Jacob Sprenger y Heirich Kramer, dos prominentes dominicos del siglo XV, retratan al religioso culto y privilegiado de la época. Ellos, en 1486, publicaron la obra capital de la persecución, compendio de siglos de misoginia e incomprensión, el Malleus maelficarum (Martillo de las brujas) libro que asegura que ellas causan impotencia y son lascivas, que las comadronas matan niños, que cualquier mujer puede convertirse en bruja. Aunque algunos hombres murieron por ser padres, amantes o encubridores de brujas o, incluso, por haber sido encontrados culpables ellos mismos de ese delito, la palabra bruja se convirtió en virtual sinónimo de mujer.

En su obra, Kramer y Sprenger aseguran que el diablo puede llegar a las mujeres con mayor facilidad que a los hombres debido a que ellas, por su “natural falta de capacidad e inteligencia”, son fáciles víctimas de los seres incorpóreos. Ante tal afirmación, no queda ninguna duda. El sexo femenino es el enemigo a vencer, es un peligro constante para el hombre merecedor único de la categoría de “ser humano” ya que como “toda brujería procede de la lujuria carnal, que en la mujer es insaciable”, Dios limitó, según los doctos dominicos, la redención al género masculino, pues “Él ha querido nacer y sufrir en este sexo al que le ha concedido el privilegio de la exención”.

Pero no creamos que sólo religiosos de segundo orden (como califica un defensor moderno a esos dominicos alemanes) atizaban las hogueras, afilaban las cuchillas y tensaban las sogas. El 4 de diciembre de 1484, el papa Inocencio VIII proclamó la bula Summis Desiderantes Afectibus en la que ordenaba intensificar la lucha contra las brujas que “no temen cometer ni perpetrar un gran número de crímenes y sacrilegios infames por instigación del enemigo del género humano para poner en peligro sus almas, ofender la divina majestad y dar escándalo y pernicioso ejemplo a muchos”.

Torturadas, sometidas a la mayor indefensión, sin la menor posibilidad de justicia, las mujeres-brujas fueron masacradas sin que nadie hablara por ellas. Algunos perseguidores llegaron a sentirse extrañados de que seres tan “malignos y poderosos”, aliados del Príncipe de las Tinieblas, quedaran en el desamparo total durante los juicios, pero encontraron la respuesta: ellas perdían sus poderes malignos en el momento mismo en que las apresaban.

Las brujas fueron violentamente perseguidas, pero no pudieron ser aniquiladas pues siempre habrá mujeres —seres humanos— dispuestos a correr el peligro de ir más allá del miedo y la opresión. Sólo dejemos, entonces, que las brujas nos permitan volar con ellas.
* Escritor y ensayista mexicano.