Renzo Abruzzese*
“Antes era a cada cual según sus méritos, luego a cada cual según sus necesidades, más adelante a cada cual según sus deseos, hoy, a cada cual según sus defectos” (Baudrillard)
Cada época suele traducirse en una sentencia operativa cuya finalidad no es más que mostrar bajo el encanto del lenguaje el espíritu que la anima, en realidad, al imponerse como la visión oficial de una época constituye su propio “discurso de Poder”.
De algún modo el recorrido de las ideologías que cruzaron los interiores del Poder en Bolivia, se fundaron en los principios que encierra la brillante cita de Baudrillard, de hecho aquella aristocracia colonial que inauguró el nuevo Estado, allá en 1825, funcionaba sobre el resplandor imaginario de sus méritos, ciertos o no, sólo aquellos le servían como mecanismo de poder y dominación, la República se hizo en gran medida en aplicación estricta de la prescripción fundacional, “a cada cual según sus méritos”, muy pronto sin embargo los méritos por sí solos serían insuficientes, el déficit quedó al descubierto en la posguerra del Chaco al desnudar una nación sumida en la miseria a despecho de los supuestos méritos de la oligarquía liberal. La larga lucha por la liberación nacional desarrollada por los partidos de izquierda y nacionalistas dejó claro que para 1952 (año de la Revolución Nacional) la visión de Poder se organizaba en torno a un criterio diferente; “a cada cual según sus necesidades”. Toda la liberación alcanzada en esos revolucionarios años cabía en esta sentencia; la necesidad del voto universal, de la tierra para quien la trabaja, de las minas para el estado, de los obreros al poder, etc. Cuando la Revolución se deslizó a la derecha y por aquellas fuerzas superiores terminó a medio camino no fueron ya las necesidades las que servían de catalizadores del proceso histórico, otros criterios se habían instalado en el corazón del Poder y al servicio del Estado, ahora la fórmula secreta decía “a cada cual según sus deseos”. Es el tiempo del capitalismo salvaje, de la marginalidad asombrosa, del crecimiento de la pobreza a despecho de una minoría enriquecida y corrupta, el tiempo en que la ideología languidece y la política se desmorona bajo el peso de su propio desprestigio.
Finalmente se impuso la fórmula actual; “a cada cual según sus defectos”. En esta versión todo lo que puede hacer el Poder instituido pasa por enmendar algún defecto, por lo general atribuido a algún ciudadano preferentemente mestizo. Como los defectos son un atributo opuesto a la perfección y ésta es más bien propia de Dios, todos los que no comparten el discurso del defecto pertenecen al diablo, (como aquello de quien no está conmigo está contra mí) y esto deja la sensación de que el gobierno ve fantasmas por doquier, pero además, casi todos son malos y al mal se lo combate sin tregua. Es esta concepción equívoca y reaccionaria la que hace que el gobierno no logre articular un discurso de concertación y la ciudadanía perciba un sistemático afán de enfrentamiento. La historia mayor no pasa por señalar a unos como los buenos y a otros como los malos, pasa por situarse por encima del bien y del mal. Deberíamos pretender que la consigna fuera “a cada cual según sus grandezas” y habremos superado así nuestras actuales miserias.
*Renzo Abruzzese
es sociólogo.