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PLATAFORMA DE DISCUSIÓN DEMOCRÁTICA

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2 Diciembre 2006

SOLO LA PLENA CIUDADANIA NOS INCLUYE A TODOS


(Por encima de pretendidos derechos colectivos, existen derechos individuales inherentes a cada persona, que no pueden ser ignorados ni vulnerados.)

Por: Eduardo Campos V. (*)
Si bien es evidente que la sociedad boliviana – desde la fundación de la república - nunca logró significativos niveles de cohesión que le permitieran consolidar una estructura social, organizativa y política democráticas, los últimos 20 años fueron decisivos para acabar con lo poco que se tenia de Estado. Si recuerdan, la consigna neo liberal recomendada por el FMI para toda Latinoamérica fue: “achicar el estado para agrandar la nación”. Con esa visión, se transfirieron las pocas empresas estatales a manos privadas; con esa visión se limitaron las competencias estatales; con esa visión se liberaron a las fuerzas del mercado las actividades económicas, en una sociedad – como la nuestra - que no había logrado pasar efectivamente de la etapa pre-capitalista, sino en focalizados escenarios principalmente urbanos y en la que los rasgos de modernidad se limitaban a la incorporación de algunos servicios antes que a transformaciones estructurales.

La revolución del 1952, siendo indiscutiblemente el hecho político, social y económico más importante que haya vivido esta sociedad, fue incapaz de resolver lo que se denomina “la cuestión nacional”. El Estado del 52, que nacionalizó las minas, que implemento la reforma agraria y la reforma educativa, que incorporó a todos a la política mediante el voto universal, no pudo construir y consolidar una verdadera identidad colectiva y una estructura social democrática.

Como sociedad por lo tanto, nunca alcanzamos niveles efectivos de desarrollo y modernidad. Nunca pudimos pasamos de ser una sociedad altamente pedestre a una democrática y moderna. Cuando aparentemente lo podíamos hacer – luego de 30 años del Estado nacionalista – las contradicciones internas no resueltas históricamente, permitieron y hasta facilitaron que una ilusión de “modernidad acelerada” acabara derrumbado lo poco de Estado que trabajosamente habíamos construido. Fue como querer dar un salto con garrocha, que lejos de acercarnos al mundo actual, nos dejo en el pasado.

En ese escenario - a mediados de la década de los 90 y principios de la década actual – presumo que uno de los peores momentos que la sociedad boliviana ha vivido - con un Estado poco menos que reducido a la Plaza Murillo y una economía incipiente y privatizada, la des-estructuración social era inevitable. Los actores económicos internos, al no encontrar un escenario favorable para realizarse, acabaron sucumbiendo ante la informalidad, que casi de manera sistemática fue alentada por los niveles de corrupción del propio Estado. Sin los aduaneros de aquellos tiempos, no se puede explicar la crecida del contrabando que acabo con la débil industria interna; sin los negociados y reparto de tierras de los niveles jerárquicos de los partidos en función de poder, no se explica las terribles inequidades, la existencia de nuevos ricos y a la vez de tantos pobres; sin la falta de políticas públicas para el desarrollo de la agropecuaria no se puede entender los descomunales procesos de migración campo ciudad; sin la falta de estrategias de impulso a la industria nacional, no se puede explicar el crecimiento de la informalidad urbana. En fin, sin la falta de empleo de aquellos años, no se puede explicar el crecimiento de los cultivos de coca en el chapare que acabaron involucrándonos en el narcotráfico.

Fue todo eso que derrumbo el Estado. Ese Estado que ahora no puede resolver los múltiples problemas que tiene la sociedad boliviana. Pese a que los actuales circunstanciales gobernantes tengan una mayoría nunca antes alcanza de más de 50%, lo que pueden hacer, resulta siempre insuficiente. No se debe sólo a las limitaciones de los principales hombres del gobierno, ni a su visión anacrónica de organización social que pretenden implementar, es la falta de Estado lo que impide aprovechar las extraordinarias condiciones que se presentan en el escenario regional y mundial. Es la falta de Estado que genera inseguridad jurídica, es la falta de Estado que impide la convivencia pacifica, es la falta de Estado que no permite dilucidar nuestras diferencias en el marco de la democracia.

Estamos como estamos, porque nos hemos “farreado” al Estado. Y lo hicimos de variadas formar, unas veces desde el Estado mismo, destruyendo por dentro y otras desde fuera, desde la sociedad civil. Una veces quitándole competencias y credibilidad y otras con marchas, bloqueos y huelgas. Es evidente que el estado no sólo es el gobierno central, ahí están las prefecturas, los municipios, las otras instituciones del Estado, pero todas ellas, mientras continuemos siendo una sociedad con un estado centralista, muy poco podrán hacer para consolidar una sociedad democrática, incluyente, competitiva y moderna.

Vistas así las cosas, reconstruir el Estado, es claramente la tarea más importante que tenemos como sociedad y eso en términos democráticos, sólo es posible en el seno de la Asamblea Constituyente. Felizmente – luego de tantas vueltas - hemos llegado a esta instancia, no sin haber vivido momentos de zozobra, sin embargo, resulta paradójico que estando en el escenario ideal para reconstruir – re fundarlo – como algunos les gusta llamar (es lo de menos), no podamos aprovechar la extraordinaria oportunidad (la última oportunidad talvez) para incorporarnos como sociedad al siglo XXI.

Muchas diferencias tenemos, étnicas, culturales, sociales, regionales. Eso no es una novedad ni una particularidad de nuestra sociedad. Todas las sociedades las tiene, incluso mayores que las nuestras. No es por la exacerbación de las diferencias que vamos ha encontrar una salida a la crisis.

Por encima de pretendidos derechos colectivos, existen derechos individuales inherentes a cada persona, que no pueden ser ignorados ni vulnerados. Sólo el reconocimiento de la plena ciudadanía nos incluye a todos. Ante la exclusión de las visiones tribales, la inclusión ciudadana.
*) Director A. C. Cramer
eduardocamposdc@yahoo.es

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