Malas noticias

Fernando Mayorga*
Una frase célebre de la Madre Teresa de Calcuta me vino a la mente cuando, perplejo, leí la terrible noticia: Julio Iglesias declaró que sólo dejará de cantar cuando se muera. La mentada frase de la religiosa premiada con el Nobel de la Paz era: ´Hay que dar hasta que duela´, refiriéndose, obviamente, a su entrega a los pobres en las peores circunstancias. Y Julio Iglesias, español al fin, sigue ese ejemplo, pero es a nosotros a quienes nos duele y, en este caso, la bondad debiera tener límites. Y me acuerdo que esa frase fue también utilizada por un rudo y fornido defensor central del fútbol argentino que, ante la inquietante pregunta acerca de sus temerarias patadas cuando el delantero rival lo gambeteaba, soltó— suelto de cuerpo— aquello de que ´hay que dar hasta que duela´.
Se preguntará el lector a qué le viene esta mención futbolera si estamos hablando de música, pues bien, a que si no hubiera sido la infeliz puntería de un jugador merengue que propinó un puntapié a Julio Iglesias, por entonces una promesa de arquero en el Real Madrid, el tal JI no habría colgado los cachos por una lesión. Así, el mundo perdió un guardameta mediocre y ganó un esperpento de voz que nos azota desde hace varias décadas. Y en su haber tiene varios crímenes de lesa humanidad: perpetró esas versiones melifluas de las recias canciones de José Alfredo Jiménez, atentó contra el tango en un álbum que resulta una masacre colectiva, realizó esa afrenta al ballenato cuando nos secó La gota fría rodeado de mujeres bellas pero seguramente sordas y ni hablar del derroche de bilis que provocó su adaptación parapléjica de Derroche de Juan Luis Guerra y que en manos de Ana Belén y Víctor Manuel logró sobrevivir a ese escarnio. Podría seguir elaborando una lista interminable de oprobios porque el tipo fue prolífico y, para desgracia nuestra, amenaza con seguir cometiendo transgresiones a la estética.
Ante estas circunstancias resulta anacrónico nuestro método de resistencia de típica minoría: boicotear aquellos boliches que ponen discos de JI en una suerte de interdicción musical; pedir que apaguen el aparato si al entrar en un restaurante JI suena en cuatro esquinas so pretexto de la gastritis; clavar alfileres en la garganta de JI en todo afiche que cuelgue en las vitrinas de esperando algún efecto vudú; tener siempre a mano el control remoto por si JI asoma en la pantalla porque puede explotar —no el televisor sino el hígado, etc—. Cambiar de método porque la mayoría manda y JI tiene asegurados los dos tercios en la audiencia nacional que, me imagino, corresponde a ese delirante resultado de la encuesta publicada el domingo pasado en este diario que descubre que la mayoría de los bolivianos y bolivianos ´somos felices´. Cuando leí la noticia me pregunté: ¿Es posible que eso suceda pese a que escuchan fervientemente los discos de JI? Si es así, es admirable el optimismo del inconsciente colectivo. Y si no podemos evitar esa mala costumbre sólo nos resta esperar la feliz ocurrencia de un accidente que se lleve al personaje en cuestión al limbo de la contemplación o pedirle, mediante voto resolutivo, que deje de cantar… hasta las últimas consecuencias.
*Fernando Mayorga
es sociólogo.
Democracia, Equidad y Desarrollo


















