(Mientras en Bolivia es común entramparnos en discusiones intrascendentes y periféricas que no resuelven los problemas, nuestros vecinos avanzan a grandes pasos)

Por: Eduardo Campos V. (*)

Hablar de la nueva reforma educativa en Bolivia, es un tema no sabemos como acabara al final. Lo que si esta claro es que – una vez mas - no hemos sido capaces de sostener un adecuado debate al respecto, entrampándonos en temas periféricos, intrascendentes y descontextualizados (por ejemplo: ahora el tema es, si se va o se queda el ministro Patzi)

Mientras tanto, el mundo continua y en ese sentido la realidad de nuestros vecinos es tremendamente ejemplificadora. Veamos la experiencia chilena. El 2003, el presidente Lagos (presidente por entonces) promulgó una reforma constitucional que estableció la enseñanza media obligatoria y gratuita, como la responsabilidad del Estado para garantizar el acceso a este nivel educacional de todos los chilenos hasta los 21 años de edad. Este logro en materia educacional fue apoyado mayoritariamente en el Congreso del vecino país, en vista de constituirse en una aspiración política y social compartida por todos los sectores de la sociedad chilena. Se trata – sin duda alguna - de una experiencia, sin precedentes en América Latina que sitúa a nuestros vecinos entre los más adelantados en garantizar la igualdad de oportunidades educativas para todos.

La reforma constitucional que aplicaron los chilenos, contempló un Plan de Escolaridad Completa que incluye la entrega de una “Subvención Diferenciada Pro-Retención”, para los establecimientos educacionales que atienden a los estudiantes más pobres que cursan entre séptimo básico y cuarto medio. Además - dicho plan – contempló el reforzamiento de acciones para enfrentar la deserción escolar, el embarazo adolescente, el trabajo juvenil y la nivelación de estudios, entre otros temas

La Subvención Diferenciada Pro-Retención, se trata de un aporte adicional del gobierno a la educación. Es “Diferenciada” porque entrega más recursos a los establecimientos educativos que atienden a estudiantes más pobres y es “Pro-retención”, porque su objetivo es que los alumnos en riesgo de deserción, permanezcan en el sistema escolar y completen sus 12 años de escolaridad. Datos de la realidad chilena señalan que en los años 90, la escolaridad promedio era de 8.7 años, misma que se elevo a 9.2 años el 2000. Sin embargo, la escolaridad promedio de los más pobres se mantiene en sólo 7.8 años, por lo que se estima que cerca de 300 mil chilenos menores de 21 años, no habían terminado su enseñanza media.

Para comparar la realidad chilena con las nuestra, veamos algunos datos. En Bolivia, el promedio de años de escolaridad es de 7.4. Existiendo grandes diferencias entre el promedio rural (4.2) y el urbana (9.2). El quintil más rico de la población del país, con mejores ingresos tiene un promedio de 9.5 años de escolaridad y en las capitales de departamento (10.8); el quintil más pobre de la población, tiene un promedio de 3.6 años, siendo la rural la más baja con sólo 3 años de escolaridad.

Evidentemente las diferencias son grandes, mientras la escolaridad de la población pobre en el vecino país es de 7.8 años (segmento al cual va dirigida prioritariamente el Plan de Escolaridad Completa), en nuestro medio, el promedio nacional es de 7.4, inferior al promedio de la población pobre de chile. La población pobre de Bolivia tiene una escolaridad promedio de 4 años. Es decir no concluye ni el ciclo primario. Por ello, a tiempo de establecerse las Metas de Milenio para nuestro país, se planteó como una reto a cumplir hasta el año 2015, el universalizar la enseñanza primaria. Actualmente la tasa de término de 8vo de primaria en el país es de 71.8%.

Pero más allá de las asimetrías de ambas realidades y por supuesto de las metas que se plantean unos y otros, habrá que señalar un tema central que – por lo menos teóricamente – debe gobernar el debate y nuestras decisiones al respecto. Indudablemente se trata de ver en el conocimiento, como el principal proceso por el cual, una sociedad puede alcanzar – de la manera más segura y pronta – su desarrollo. Creo que todos (uno espera que sea así) son consientes que en el mundo de hoy, la educación es un factor determinante en la reducción de las desigualdades y la pobreza, la construcción de escenarios democráticos y la convivencia pacifica de culturas diversas. Así mismo, el conocimiento y la innovación son determinantes en los procesos productivos, en un mundo cada vez más global, interconectado y sobre todo competitivo.

No abordar el debate en ese contexto y pretender hacer de la educación un proceso de ideologización “retroactiva”, no sólo que no tendrá los impactos previstos (garantizar el acceso de todos a la educación), sino que con esas estrategias, resultan siendo los más perjudicados, los sectores que se pretende representar. Precisamente los pobres, los indígenas de este país, requieren de una educación, no tanto para reconstruir el pasado, sino – fundamentalmente - para acceder al desarrollo y bienestar, al que ineludiblemente tienen derecho.

(*) Director A. C. Cramer

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