Por:  Salvador Romero Pittari*

Mi biblioteca se ha vuelto como una diva que ha tomado peso por demás, en una época de bellezas anoréxicas, busca disimularlo pasando el exceso, gracias a las habilidades del costurero, de adelante para atrás y viceversa, pero en su dieta no se priva de nada. Así mi mujer y yo nos llevamos acarreando libros de un estante a otro sin ningún resultado, salvo hacer el ejemplar inencontrable cuando se lo necesita. O sobran libros o falta espacio. En uno de esos traslados descubrí un artículo de H. Vázquez Machicado en la monumental edición de las obras completas de los hermanos Vázquez Machicado que hizo posible A. M. Vázquez, sobre los plagios de V. Pazos Kanki y de otros escritores. El texto me interesó porque estoy trabajando este personaje de la independencia de América cuya vida resulta en los debates actuales de gran actualidad. Pazos consiguió articular su identidad aymara, que siempre destacó, con su ciudadanía cívica de patriota de las Provincias Unidas del Río de la Plata y luego de Bolivia que nunca perdió. Su religiosidad de lugareño de Larecaja con su doctorado en Derecho Canónico, acompañado de la ordenación sacerdotal, que más tarde abandonó para convertirse al anglicanismo. Fue periodista, traductor al castellano, al aymara de textos bíblicos, políticos e históricos, entre ellos El Sentido Común de T.Payne, que enmarcó la filosofía de su acción, agente diplomático y hasta promotor de revoluciones independentistas en “Las Floridas’’. Algunos de sus contemporáneos juzgaron su carácter excéntrico, sus opiniones precipitadas. Otros alabaron la moderación de los actos del altoperuano, la perspicacia de su visión política. Pazos no dejó a nadie indiferente. Sin embargo el pecado de plagio, tan corriente en aquel entonces como ahora, aunque su sentido y alcance se ha modificado, no deja de sorprender porque resultó un ejercicio vano, como revela el ensayo de Vázquez Machicado. No añadió nada a sus Memorias histórico políticas donde tomó ad peden litterae varios largos párrafos de la obra: La Revolución de 1823 y la intervención española del vizconde de Martignac. Vázquez Machicado pone lado a lado ambos textos sin excusar la falta ni ahondar el escándalo. Se trató de un engaño, además gratuito. Nuestros profesores solían decir que en literatura estaba prohibido robar, mas no robar y matar. Quien superaba el modelo daba interés a su obra y a veces hasta genialidad. Hoy la actitud y la percepción del plagio son distintas, de este cambio se ocupa esta columna. Como otros escritores de su tiempo Pazos cometió la ratería y ocultó a la víctima. Ahora las referencias no señaladas de autores precedentes se han convertido en el lenguaje corriente del arte, de la cinematografía, de la literatura. Más todavía esos guiños de ojo al público constituyen el sello de calidad de las creaciones posmodernas. Términos como “ultra referencia’’, parodia, ironía, pastiche, remake, piratería desprovistos de connotaciones negativas se aplican con valoración positiva a las realizaciones actuales, según Bouyer. Los autores contemporáneos introducen en sus obras, escenas, párrafos, ideas de otros escritores o artistas sin mencionarlos. Una manera de rendir homenaje, de ironizar o de burlarse de trabajos anteriores. Asimismo una forma de jugar con los espectadores, los lectores que se suponen formados, cultos, capaces de darse cuenta del artificio, de calificar la intención y el nuevo sentido del préstamo. El descubrimiento del “segundo grado del lenguaje’’, para muchos críticos actuales, complace y halaga la inteligencia del receptor entregado a descifrar o quizá más propiamente a recrear los significados que allí subyacen. Las ficciones de U. Eco ilustran bien la tendencia. El nombre de la rosa admite lecturas en distintos niveles desde una simple historia de crímenes en una abadía medieval hasta un complejo enfrentamiento de posiciones filosóficas, el nominalismo y el realismo de los términos, que dura hasta hoy en la oposición entre democracia y autoritarismo. Eco reconoció por otra parte haber escrito el texto de la novela haciendo un collage de citaciones de libros, sin saber hasta dónde llega una y desde dónde comienza la siguiente. En otras narraciones, pasean personajes de la novela negra americana o aparecen figuras de la historia dialogando con criaturas de la imaginación, todas aspirando a la verosimilitud. ¿Plagio? Qué va. Una complicada red de reenvíos entre autores de antes y de ahora donde campea la ambigüedad entre hechos e interpretaciones. Un signo de los tiempos en los cuales la verdad se vuelve cada vez más esquiva. G. Deborde hace un elogio a las referencias no entrecomilladas. Las citaciones documentadas corresponden a los períodos de ignorancia, de creencias dogmáticas o a los rigores de la academia. Las épocas esclarecidas se pasan de ellas, al igual que los genios sin complejos. Shakespeare, Cervantes también fueron acusados de plagio porque recorrieron la literatura tomando lo necesario para sus creaciones. Cervantes con elegancia y buen decir se mofó de la erudición inútil de los latinajos, de las notas de autores, y con gran ironía atribuyó la autoría de Don Quijote a otros narradores como Cide Hamete Benegeli, aunque el propio hidalgo de la Mancha puso en duda la paternidad de éste por ser embaucador, falsario y quimerista. ¿Entonces por qué Borges ni iba a hacer de P. Menard el autor del Quijote? No procedió de otra manera Pazos en el Compendio de la historia de Estados Unidos de América del que sólo pretendió la traducción, pero muy probablemente la compuso con materiales diversos. Tal vez Pazos, en despecho de su plagio tramposo, fue un adelantado en un mundo ya polisémico, de múltiples entradas y niveles, que su cultura y vivencias le permitieron entrever y aprender a adaptarse. Orgulloso de su identidad supo desempeñar papeles cosmopolitas, asumir ideales abstractos y hacer en literatura lo que muchos otros hicieron, sin perder sus propósitos. ¿Debo entrecomillar?

*Salvador Romero P. es sociólogo