Publicado por: Aula Libre (La Paz - Bolivia)
Por: PEDRO SHIMOSE
El Presidente —Doctor Honoris Causa por 12 universidades latinoamericanas— no es, desde luego, José Ortega y Gasset. El filósofo español publicó, en 1940, El libro de las misiones. El sugestivo ensayo titulado Misión de la universidad —tantas veces aludido y comentado por el escritor Jorge Siles Salinas— forma parte del libro. En él se habla de humanismo, libros y cultura. Sabemos de sobra lo que significan los libros para el indigenismo aymara. En cuanto a la cultura, sus ideólogos sólo reconocen la cultura aymara. Y cuando hablan de “culturas”, en plural, lo que intentan es negar la cultura boliviana, a la cual pertenece el pueblo aymara, superviviente de una civilización de carácter oral que ignoró la escritura, de la cual también carecieron los quechuas y las etnias indígenas cambas.
Ortega cierra su ensayo oponiéndose al concepto de universidad como fábrica de tecnócratas, profesionales especializadísimos que exploran el universo sin llegar a comprenderlo y nos introducen en los secretos del microcosmos sin lograr explicar el misterio del ser humano y sus pasiones. Aunque el autor de Misión de la universidad pertenece a otra época, conviene leerlo ahora para repensar la universidad. “Entonces —dice Ortega— volverá a ser la universidad lo que fue en su hora mejor: un principio promotor de la historia europea”, historia —añado yo— que no está disociada de la historia americana como creen los indigenistas. No olvidemos que fue en las universidades donde se gestó la emancipación de América. No fue en los cuarteles.
Sucede que, hace días, agobiado por huelgas de médicos y protestas universitarias, el Presidente contraatacó diciendo, según la prensa: “Ahora estoy muy feliz, muy contento por no haber ido a la universidad, tal vez a mí también me hubieran enseñado a agredir a campesinos”. Aunque dicen que dijo “tal vez”, no deja de sorprendernos el prejuicio del Presidente acerca de la universidad que, según él, (tal vez) enseña “a agredir a campesinos”. Para sostener su discurso, recordó los enfrentamientos entre grupos universitarios y grupos campesinos, en Sucre, durante los días cruentos de la Asamblea Constituyente. El Presidente habla de “agresiones de universitarios a grupos campesinos”. ¿Y si los agresores fueron los grupos campesinos incitados por el partido de Gobierno? ¿Y si los universitarios respondieron a la agresión en un acto de legítima defensa? ¿Qué tiene que ver la universidad en todo esto?
Cuando uno ha pisado la universidad queda marcado para siempre. Uno sigue siendo universitario hasta la muerte, porque la universidad no es (o no debería serlo) una máquina distribuidora de títulos. La universidad es ciencia y conciencia de universalidad; aviva el seso y despierta nuestra mente, nos enseña que, al pertenecer a una etnia, a una tribu, a una aldea, a un país, también pertenecemos al mundo, a una comunidad internacional globalizada por la economía y unida en la lucha por la supervivencia de la vida en un planeta que agoniza.
Nadie debería sentirse feliz por no haber ido a la universidad. Tampoco debería sentirse desdichado, porque no es la universidad la que garantiza el éxito en la vida. El Presidente es un claro ejemplo. Lo cierto, después de todo, es que para agredir a campesinos e indígenas no hace falta haber ido a la universidad; basta con tener poder y dar la orden de atacar a los indígenas del TIPNIS.
Por: PEDRO SHIMOSE
Por: Pedro Shimose




