Publicado por: Pagina Siete (La Paz - Bolivia)
Por: Maggy Talavera (*)
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Una frase de Joan Prats, recordada una y otra vez por Carlos Hugo Molina, retumba y martillea en los sentidos. “Es más fácil salir del error que de la confusión”, decía Prats. Y es cierto. Sucede en Bolivia desde hace ya mucho tiempo. Ahora más que antes. Una confusión múltiple que se percibe por todos lados. Tanta y tan profunda, que llega con sabor a caos. Pero no ese caos necesario que provoca cambios y hace girar las ruedas de la historia para avanzar, sino otro, provocador y artero, que frena y congela libertad y voluntades. Un caos alimentado día a día para generar más confusión, para impedir ver, reconocer y enmendar el error.
Es lo que se huele en la calle. Es lo que se percibe en los medios de comunicación. Es lo que se siente en cada círculo humano. Confusión. Una avalancha de hechos políticos, económicos y sociales alimenta esa confusión. Las miradas se extravían al tratar de fijar la atención en un problema central. Cuando están a punto de lograrlo, el estallido de otro conflicto las distrae y arrastra hacia otro objeto distante. La confusión aumenta al ritmo enloquecedor de los hechos que se reproducen, amplían y diversifican al compás de una carrera frenética y enloquecedora hacia la nada. Confundidos los hechos y los protagonistas de éstos, poco hay para decir' o para hacer y avanzar.
Así se percibe a Bolivia. Así se siente a los bolivianos. Perdidos en la confusión y más que aturdidos, imposibilitados de identificar el error que les impide hasta hoy superar las trabas que frenan su desarrollo y el fortalecimiento de su democracia. Sometidos a una dictadura del caos, que se reproduce en la lógica de dominar todos los espacios para perpetuarse en el poder. Un propósito posible de alcanzar fácilmente echando mano del caos, que permite además ir enterrando sistemática y sucesivamente cada uno de los errores y problemas no resueltos, dejando en la impunidad delitos y abusos en el ejercicio del poder. Por ejemplo, los verificados en dos hechos recientes, ambos involucrando a las fuerzas represivas del Estado: represión en Yucumo y en Yapacaní.
Ninguno de los dos hechos ha sido debidamente esclarecido. Y todo parece indicar que no lo serán, que otros hechos pronto los desplazarán y enterrarán “en lo más profundo de la tierra”. Ya ocurrió con los registrados en La Calancha, en Huanuni, en Porvenir, en Cochabamba, en Ayo Ayo, en Yacuiba, en Potosí, en Cobija, en Buena Vista, en Tarija y otros más. Cada uno en su momento fue un hecho que estremeció a Bolivia, cada uno ocupó y copó titulares de prensa, cada uno movilizó a varias ONG defensoras de los derechos humanos, cada uno tuvo su promesa de investigación “hasta las últimas consecuencias”. Pero pese a que pasó todo, no pasó nada. La confusión y el caos los han ido sepultando uno a uno, sin antes haber resuelto el problema que los generó.
Queda claro ahora que nada de todo ello es casual. Los errores se repiten, la confusión aumenta, el caos se generaliza y nadie, excepto el poder central, logra tener influencia y mando para frenar la avalancha de conflictos.
Claro también está que al poder no le interesa frenar esa tendencia, sino todo lo contrario: a mayor conflictos, mayor es la confusión y más fácil le resulta dominar la situación. Por eso el estallido de problemas en todo el territorio nacional, por eso el aliento a la confrontación entre sectores, sin hacer diferencia si son iguales o no, como lo refleja el conflicto del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro-Sécure o el padecido entre masistas en Yapacaní. Ya sabe el poder: mientras más confundidos estén, más vulnerables y fáciles de dominar serán.
Sólo que sería un error otorgarle todo el crédito de este estado de caos y confusión en Bolivia a quienes hoy se turnan en el poder central. Hay en este estado una gran cuota de corresponsabilidad de todos los sectores que no son parte de ese poder central, y que por no serlo padecen las secuelas de sus excesos y abusos. Corresponsabilidad por no estar atentos a las señales de los cambios que ocurren en el país, por no asumir con entereza y claridad las tareas asignadas en un estado de derecho –maltrecho, cierto, pero vigente aún- y dejarse ganar por la confusión. A esta mayoría le falta, sin duda, coraje para “declararse insumisa”, para no acatar una norma y decidir incumplirla, y así “no violentar su propia conciencia, con la esperanza de que se modifique alguna vez, apechando entre tanto las consecuencias que su disenso pueda comportarle”.
(*) Maggy Talavera es periodista.
Por: Maggy Talavera (*)




