Por: Jaime Iturri Salmón*
Mi amigo venía huyendo de la dictadura militar argentina, como tres años antes tuvo que tomar las de Villadiego cuando Pinochet golpeó en Chile y comenzó a ahorrar en cuentas secretas en Estados Unidos. Llegó a Santa Cruz en plena dictadura de Banzer y por esas cosas del destino fue a parar a la Universidad Gabriel René Moreno. Las autoridades de las casas de estudio superior estatales eran redomados derechistas elegidos a dedo por los militares y estaban siempre dispuestos a romperles la madre a cualquier estudiante que se atreviera a gritar “autonomía”, pero aún a un “cogobierno”, ni qué decir de los que proclamaban “democracia” o “revolución”. Y sin embargo, cuando mi amigo relató que venía de Argentina como una avanzada de los muchos que saldrían al exilio, el vicerrector de la UGRM le preguntó: Y entre esos que van a venir debe haber profesores universitarios, ¿no? Así cerraron trato, la autoridad universitaria apoyaba a mi carnal en su estadía en la ciudad oriental a cambio de que éste le presentara a catedráticos en el exilio que estuvieran dispuestos a impartir cátedra en la René Moreno. Lo que desembocó en un inmediato levantamiento del nivel académico de la U estatal cruceña. La historia me subyugó. Porque se puede ser derechista pero tener visión (algo que no ocurre ahora con los dirigentes de Podemos, por ejemplo). Al vice de la U cruceña le importaba poco que los exiliados argentinos hayan tenido que salir a tropatolones de su país perseguidos por izquierdistas y acusados de ser guerrilleros, lo que quería era la calidad académica que podían tener para enseñar a los estudiantes cruceños. Y es precisamente calidad académica un término en extinción. En más de una cátedra se ha establecido un pacto entre estudiantes mediocres y docentes ídem, mediante el cual ninguno exige mucho al otro y la recompensa es que ambos se aplauden y aunque en las actas aparezca la nota de aprobación en los hechos y frente a los desafíos se aplazan. Necesitamos una Universidad capaz de responder a las necesidades cotidianas del país. Una Universidad que en vez de tener catedráticos eternos e investigaciones que jamás se leen esté dispuesta a responder a desafíos como la industrialización del gas y la atención a las radios comunitarias. Necesitamos una Universidad donde los estudiantes lean un promedio de treinta libros por año y catedráticos cuando menos el doble. Necesitamos una Universidad que sea capaz de ir al campo y a la periferia de las ciudades, que rescate los saberes milenarios y que pueda hablar en el idioma de los humildes. Necesitamos una Universidad donde la jerarquía académica esté por encima de la politiquería. Donde los estudiantes se rajen estudiando y donde se sepa a ciencia cierta a dónde van a parar los recursos que el pueblo boliviano le da. En fin, necesitamos otra Universidad que no produzca egresados acríticos y tan mal formados que terminen conduciendo taxis y tapando algún hueco en alguna de sus paredes con un título que sirve para poco, sino trabajando con los más necesitados, con los que todo lo necesitan pero que pueden aportar con los conocimientos milenarios que los académicos deben apoyar y potenciar. Y claro para que ello sea posible, hay que comenzar a soñar que otra U es posible, luego comenzar a construirla.
*Jaime Iturri Salmón es periodista





