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PLATAFORMA DE DISCUSIÓN DEMOCRÁTICA

Democracia, Equidad y Desarrollo

Categoría: Articulos de FRANCESCO ZARATTI

3 Septiembre 2012

Publicado por: Los Tiempos (Cochabamba - Bolivia)

Por Francesco Zaratti
Corren tiempos difíciles para el periodismo que no está alineado con el proceso de cambio ni ha sido asimilado mediante la “compra directa” de medios. Por esa razón y porque tengo muchos amigos periodistas y reporteros, he resuelto darles una muestra concreta de apoyo mediante un “manual del perfecto periodista”, unas simples reglas de comportamiento para que los periodistas sigan publicando y sean felices, lejos de los tribunales penales y los parafiscales que campean en la “nueva justicia”. A continuación les adelanto algunos de esos consejos.

La primera regla es entender que Bolivia vive permanentemente en campaña electoral, de modo que el periodista tiene que ponderar a quien va a beneficiar o dañar una noticia antes de publicarla. Nunca, pero nunca, trate de enfrentar al Gobierno con su núcleo duro electoral, cocaleros, cooperativistas mineros y campesinos de tierras altas, hagan lo que hagan, cumplan o no cumplan las leyes. En los hechos una noticia es publicable si favorece el proceso de cambio o daña a la oposición.

La segunda regla es aprender del círculo íntimo del Presidente la ciencia de la exegesis, o sea, de la interpretación de sus palabras y dichos. Entender cuando el jefazo habla en serio y cuando hace un chiste; cuando bromea y cuando la broma es en serio, cuando cita literalmente a un autor o cuando lo interpreta. Es todo un arte, reservado a pocos iluminados, pero hay que aprenderlo, a no ser que uno quiera arriesgarse a citar “verbatim” las declaraciones presidenciales. En ese afán de instruirse, yo mismo hice una modesto aporte en esta columna hace unos meses (“Una muestra de iranía”, 28/4/12) interpretando respetuosamente una afirmación acerca de producir energía nuclear a partir del mercurio.

La tercera recomendación para alcanzar la perfección es no confundir adjetivos con sustantivos: en el proceso de cambio el flojo no tiene flojera, el hambriento no tiene hambre y el hielo no es agua, por lo menos en Uyuni. Otros adjetivos peyorativos, como “premeditada, alevosa, cobarde, inescrupulosa, antiética”, están reservados exclusivamente a ministros de Estado cuando se refieren a una nota periodística que no les agrada. De ese modo dejará de atraer sobre usted, periodista independiente, la acusación de “manipular, mentir, calumniar o tener actitudes provocadoras, perversas y ligeras” (citas textuales de dos maestro/maestra de la comunicación en función de Gobierno).

La cuarta regla es: limítese a dar la noticia objetivamente sin cargarla de adjetivos que pueden inducir el criterio del lector. Por ejemplo, la consulta en el Tipnis, de ninguna manera es póstuma, impuesta y malintencionada, sino “educada” y “generosa” porque objetivamente tiene el único fin de llevar regalos a los pobladores, como se estila en una visita, considerando que lo demás ya está todo decidido. Asimismo, ante la insinuación de que en Bolivia no hay seguridad jurídica, mejor hacer énfasis en las seguridades que sí se tienen: seguridad de que los banqueros, petroleros, ganaderos, soyeros, cooperativistas mineros y cocaleros seguirán ganando como en la guerra; seguridad de que las calles de la ciudad amanecerán bloqueadas los lunes y viernes de cada semana (lo que da alas para un creativo periodismo de investigación); la seguridad de que en un conflicto con los movimientos sociales, el Gobierno terminará disculpándose y disculpando hasta los secuestros de personas.

Y una última, más no menor, recomendación: a pesar de que seguimos gozando de una relativa libertad de expresión, nunca, pero nunca, hables de camión en casa de juanramón.

El autor es físico

10 Diciembre 2011

Publicado por: Pagina Siete (La Paz - Bolivia)

    Por: Francesco Zaratti (^)
    No conozco otro idioma que el castellano en el cual los conceptos de espera y esperanza estén tan entrelazados que hasta se confunden. Para un inglés no es lo mismo “to hope” que “to wait for”; un francés nunca confundiría “espoire” con “attente”, y lo propio sucede con el portugués o el italiano.

    La vida es una espera. Se espera a un ser querido que llega de viaje; un hijo que madura en el vientre de la madre; la luz verde al semáforo, la atención en el Senasir o la muerte. Es un tiempo que normalmente se quisiera lo más corto posible, un tiempo aparentemente “muerto”. Por eso se llega al aeropuerto sobre la hora; los radiotaxis se pasan con el rojo y nos “colamos” en una fila. Todo para no esperar, mientras nos preparamos para otra espera. 

    Me atrevo a afirmar que una de las enfermedades del mundo de hoy es la desvalorización de la espera: se quiere todo y ahora. En ese mundo de desesperados, por ejemplo, las relaciones afectivas de los jóvenes giran en torno a tener “todo” si no a la primera, por lo menos a la segunda cita, con consecuencias devastadoras para el futuro de la pareja, debido a que se omite ese tiempo de maduración, conocimiento, gusto y placer que es el enamoramiento. 

    La espera me trae el recuerdo de mi madre: mis visitas debía anunciarlas con meses de anticipación. Ese tiempo ella lo dedicaba a compartir la noticia con sus amigas, preparar la lista de platos que me iba a cocinar, a arreglar mi cuarto como acostumbraba tenerlo en mi juventud, con la alfombra tunecina, el frasco de arena del Sahara y los posters sugerentes en la pared. Una vez quise darle la sorpresa de llegar al día siguiente de avisarle. Mi madre no me habló durante días: le había privado de la parte más linda de mi visita, la espera.

    Normalmente se espera a alguien o algo que se conoce. Hace unos días hice la estresante experiencia de esperar en el aeropuerto a un colega de Europa, al que yo no había visto antes. Hasta tuve que preguntar a un par de personas con cara de científicos (¿cómo será eso?) antes de identificarlo. 

    Pero lo más paradójico es esperar a alguien que ya “está con nosotros”. Eso es lo que, en el fondo, nos propone la Iglesia en este tiempo de Adviento: esperar a alguien que ya está aquí. 

    Hace muchos años, viviendo en El Alto, un niño me preguntó por qué Jesús nace cada año mientras él había nacido una sola vez. 

    La respuesta, que se tornó en un canto, fue que Jesús volvía a nacer en cada Navidad porque cada año el mundo lo volvía a matar. Sin embargo, Él insistía en volver a nacer porque tenía “la esperanza” de que ese año los hombres, viviendo “la espera” de su venida, cambiaran de actitud, eligieran el bien en lugar del mal, la solidaridad en lugar del egoísmo, la risa en lugar del llanto, el amor en lugar de la muerte.

    En efecto, la espera llega a cansar y a exasperar si no se convierte en esperanza. Si sólo esperamos a la persona amada por obligación, sin gozar del placer de soñar, imaginar y esperar todo lo lindo y lo nuevo que nos traerá ese encuentro, hemos vaciado a la espera de su contenido. 

    La esperanza es lo contrario de la autosuficiencia: los pobres, los débiles, los últimos viven de esperanzas, porque sienten la necesidad de ser salvados, liberados, rescatados de una vida plagada de frustrantes esperas.

    En versos del poeta granadino Rafael Guillén: 

    La esperanza es un premio gratuito/a la espera; un don casi infinito/por un merecimiento casi humano.

    (*) es físico.


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