Por: Fernando Mayorga
En la noche del domingo, con más sabiduría que ínfulas de triunfador y conociendo las cifras de su contundente victoria electoral en la segunda vuelta presidencial, Lula se refirió a las relaciones de Brasil con nuestro país. En la víspera, en La Paz, el Gobierno boliviano había firmado los contratos con la empresas petroleras, entre ellas Petrobras, despejando dudas acerca de la capacidad negociadora del MAS y poniendo fin a las especulaciones acerca de la imposibilidad de cambiar los términos de la relación del Estado con las inversiones extranjeras. Dizque decían porque somos muy débiles. Porque estamos en proceso de desintegración. Porque se irán y nos enjuiciarán. Y. pseudos-parafraseando a un analista: “así nomás no había sido”. Pero volvamos a Ignacio Lula da Silva, presidente reelecto.
Esa noche, y con los antecedentes de los debates con su rival que pretendió cosechar votos criticando la supuesta debilidad de la reacción brasilera al decreto de nacionalización boliviano, Lula declaró: “Ustedes percibieron que había un problema con Bolivia y que había gente que creía que yo debía ser duro con Bolivia. Pues anoche llegamos a un acuerdo. ¿Para qué pelear si puedo tener una buena negociación? Yo nací así en la política”. Así es, Lula nació y se formó en el mundo sindical que implica asimilar una cultura de negociación, la misma que le permitió trazar y seguir una ruta de crecimiento y fortalecimiento político que tuvo y tiene frutos evidentes. Y su colega boliviano proviene de similar raigambre. Evo Morales es, ante todo, un líder sindical y su trayectoria está marcada por la necesidad de la negociación y se puede decir que él también nació así en la política.
Y eso explica su éxito electoral porque asumió posiciones conciliadoras y adoptó decisiones equilibradas en los momentos más duros de la crisis política de los últimos años. Basta recordar su desempeño en febrero y octubre del 2003 o en los acontecimientos de mayo y junio del 2005, para no mencionar el papel decisivo del MAS en las sucesiones constitucionales o en la realización del referéndum sobre el gas cuando la marea de la protesta social empujaba a salidas radicales. Y ese estilo se reproduce en su gestión gubernamental que se caracteriza por una estrategia discursiva que combina retórica radical y decisiones moderadas. ¿Un ejemplo? Pues, la nacionalización “legal” de los hidrocarburos que muestra un predominio de la realpolitik sobre la altisonancia de los discursos. Pero una realpolitik con ideología, esa que proviene del fondo histórico de las luchas nacionalistas. Ahora resta esperar que este estilo se reproduzca en otros ámbitos y respecto a otros temas, en particular en la Asamblea Constituyente, donde por ahora prevalece una postura indigenista que todavía no se articula de manera coherente con la mirada nacional-popular que está en la base de la nacionalización y es congruente con la cultura sindical boliviana. Esa memoria de origen permitirá que la propuesta del MAS adquiera contornos de proyecto hegemónico cuando se defina el rostro del nuevo Estado con visión de integración y con autonomía. El paso siguiente será conciliar las demandas autonómicas de las regiones con las reivindicaciones étnicas en torno a un Estado fortalecido no solamente con ingresos fiscales sino con objetivos compartidos —sentido de futuro que le dicen— por la sociedad como expresión de una comunidad nacional.
Hace unas semanas sostuve una entrevista con Fernando Calderón, quien visitó el país para dar una conferencia magistral en la cátedra Huáscar Cajías, y su mirada sobre la política actual se resumía en una invocación: sin idea de continuidad histórica no hay idea de proyecto nacional. Esa invocación personal es también un desafío colectivo.
*Fernando Mayorga es sociólogo





