Por: Claudia Benavente*
Nosotros, periodistas, confesamos que en el tren violento de la noticia diaria no recogemos el contexto, no miramos la historia, no rectificamos los datos... Nosotros, periodistas, hemos pecado. Nosotros periodistas, o algunos de nosotros, confesamos ante ti que hemos pecado. Pese al apego y credibilidad que nos ofreces siempre, atenta sociedad, hemos fallado. Cuántas veces nos hemos dejado llevar por el demonio de la pereza a la hora de una cobertura periodística que hemos dejado sin la contraparte. Tú sabes, ahora más que nunca, que nuestra condición humana no nos permite informar con absoluta transparencia sobre lo que sucede allí afuera y allí adentro; nuestra inevitable subjetividad nos hace siempre reconstruir los hechos de interés que rastreamos todos los días de la semana. Sin embargo, la presión de la competencia, las enormes ganas de una primicia nos emborrachan y tenemos malos pensamientos convertidos luego en malas acciones. Lo enseñado por la universidad, o por maestros del periodismo o lo aprendido cuando éramos cachorros periodistas, tan inocentes como bien intencionados, se escapa hoy por los cables de nuestros micrófonos, se esconde entre las letras de nuestro teclado, se sale por nuestras orejas que no quieren escuchar tus reproches. Nosotros, periodistas, estamos conscientes de que no es la primera vez que nos golpeamos el pecho. Lo hacemos semanalmente en seminarios, en talleres, en la obscuridad de la noche que nos mece en el descanso. Y aquí seguimos, acumulando tropezones que no hacen sino salpicarte la cara. Tu paciencia infinita con nosotros se olvida de las viejas metidas de pata. Tal vez no se ha olvidado de los últimos resbalones. Por eso y con franca humildad te presentamos nuestro arrepentimiento por nuestros más recientes resbalones. Nosotros, periodistas, reconocemos que en los conflictos se nos va la mano. Como cuando, sin querer queriendo, llevamos leña a la tensión entre médicos cubanos y bolivianos. Desembarcamos en centros de salud, sin previo aviso y obligando a que nos abran todas la puertas, para supervisar algunas cirugías que nos harán enfrentar un boliviano y un cubano en una pantalla doble de la televisión que muestra sin pudor al paciente y pone en el aire una discusión médica en los cinco minutos que autoriza un informativo. En ese momento, prima nuestra obsesión por ser jueces, pero después, cuando hay tiempo, llega el arrepentimiento. Nosotros, periodistas, no olvidamos que siempre se nos olvida tratar con respeto a los sectores marginados, como trabajadoras del hogar o cleferos o policías de bajo rango, y los tuteamos, los avasallamos con nuestro cartel de periodistas. También nos aprovechamos, sociedad, del componente indígena del actual Gobierno. El acento aymara de un ministro Choquehuanca o Patzi nos permite confianzas o abusos de confianza que no nos permitíamos con ministros de Sánchez de Lozada o de Paz Zamora. No son odios, son actitudes muchas veces inconscientes en un ritmo diario que es tirano con nosotros. Cuando no es la tiranía del tiempo es la tiranía de algunos propietarios de medios que nos empujan a presentar la información en función de sus intereses, y tú sabes, sociedad, que la crisis económica es aguda, que los empleos no sobran y que tenemos familias. Nosotros, periodistas, confesamos que en el tren violento de la noticia diaria no recogemos el contexto, no miramos la historia, no rectificamos los datos erróneos, no tenemos piedad cuando contribuimos a los enfrentamientos, no controlamos los verbos y los colores de nuestros titulares, como cuando decimos que un ministro “escapa” por no haber respondido a nuestras preguntas a la salida de alguna reunión, no medimos tampoco las consecuencias de alarmarte inútilmente. Por eso, pero sobre todo por mucho más, nosotros, periodistas, te pedimos perdón, sociedad. Porque no siempre hay mala leche, no siempre es consciente, no siempre es controlable. Somos periodistas sorprendidos por nuestras propias carencias, por nuestras propias debilidades. Sólo te pedimos paciencia con nuestros excesos, tolerancia con nuestras debilidades, fortaleza para el futuro. Amén.
*Comunicadora





